Solteras, viudas, casadas y divorciadas; hombres y mujeres: para muchos, vestir las imágenes de Semana Santa es más un honor que una tradición.
Durante esta semana, no solo San Antonio está de cabeza. Todos los santos de todas las iglesias de nuestro país parecen estar pies para arriba..., y es que alistar las imágenes que desfilan en las procesiones es un trabajo largo y complicado.
Hay que sacarlas de las bodegas, limpiarlas, maquillarlas, vestirlas y peinarlas, y lustrar las coronas y los resplandores... Además hay que montarlas en las andas, alistar las flores y cuidar una infinidad de detalles. Por eso, para llegar a tiempo con todo, algunos trabajan desde principios de enero.
Es necesario organizarse pues, en solo siete días, los santos salen en diez procesiones, al menos los de la iglesia de San Miguel Arcángel, en Escazú. "Yo empecé con el año a alistarlos y sé que, al final, igual voy a estar en carreras; pero me apuro porque quiero participar también en las liturgias", contó Edgar Montoya, sacristán de ese templo.
Parece difícil, sin embargo, que a Montoya le alcance el tiempo. Esta Semana Santa, solo al Nazareno debe ponerle cuarto mudas distintas. "El martes sale de blanco con túnica roja, los ojos vendados y una caña de castilla entre las manos. El miércoles se viste de morado, lleva corona y resplandor y va con las manos atadas a la columna. El jueves, en cambio, se viste de vino y lleva el resplandor pero no la corona; finalmente, el viernes va vestido de gala con el vestido rojo, que es el más antiguo y está todo bordado con hilos de oro", explica Edgar. Al trabajo que tiene por delante, le suma las horas que pasa dando clases de estudios sociales en el West College y el arreglo del vestuario de las otras doce imágenes que tiene a su cargo.
A pesar de tener que batallar con todas esas responsabilidades, Montoya está más contento que cansado. Para él, como para muchos hombres y mujeres de nuestro país, haberse quedado para vestir santos es, verdaderamente, un privilegio.
"La primera vez que vestí al Nazareno, casi me muero. Me emocioné mucho. Lo abracé y de todo. Sentí como si el mismo Dios estuviera enfrente de mí", recordó Ana, quien colabora con las tareas de la parroquia de Nuestra Señora de las Mercedes, en Betania.
Tanto Edgar como Ana son solteros, pero ambos se ríen cuando alguien relaciona su estado civil con sus ocupaciones. "En esto está metido todo tipo de gente: viudas, casadas y divorciadas, viejitas y jóvenes, mujeres y hombres. Lo que cuenta es la fe. Eso de que es solo para solteras es únicamente una chota", replica Montoya.
Pelucas y maquillaje
Entre los que se acercan a cada procesión, pocos son los que se imaginan cuánta gente y cuanto trabajo están detrás de cada uno de los Santos llevados en las andas. Aun en parroquias pequeñas, como la de Ana, el trajín comienza muy temprano.
"Lo primero que hacemos es una oración para pedir al Señor que nos guíe y nos ilumine en cada detalle: desde la escogencia del color de las flores hasta la preparación de las imágenes", explica Ana. En su closet, durante todo el año y entre los vestidos, ella guarda la ropa de la Virgen, y sobre el escritorio de su cuarto tiene la peluca.
"Las pelucas hay que comprarlas lacias y mandarlas a un salón de belleza para que las ricen. Tiene que ser una buena peluquera para que se vean lo más natural que se pueda. Además, hay que colocarlas con muchísimo cuidado: no vaya a ser que, con el movimiento, a algún santo se le vea la calva", refiere Edgar, quien, además, coloca pestañas postizas a las imágenes. "Las pegamos con lo mismo que usan las mujeres, y aguantan bastante. Imagínese que este año no tuvimos ni que cambiárselas", añade el sacritán.
El maquillaje es también muy importante. Tanto en Escazú como en Betania intentan no pintar a las figuras, pero, a veces, no tienen más remedio que hacerlo. "Si se escarapelan de camino, hay que procurar que no se note. Claro está, como la gente las ve de lejos, muchas veces no hace falta recurrir a eso", comenta Montoya, y agrega que, sin embargo, de vez en cuando, la pintura se vuelve indispensable. "Una vez, un compañero tuvo que trasladar a San Juan de la iglesia a la casa cural, como a 25 metros. Lo hizo con mucho cuidado y no hubo problemas, pero, una vez dentro de la casa, le pidieron que moviera al santo. Al levantarlo, no se fijó, le dio contra el techo y se le cayó la cabeza. Como no había tiempo para restaurarlo, lo pegamos como pudimos y, con maquillaje disimulamos la cosa".
En el nombre del...
Preparar a los santos es lo que se dice un trabajo pesado. Ni Ana ni Edgar podrían hacerlo solos.
"Para subir la figura de la bodega a la iglesia, hacen falta como ocho hombres bien fuertes. Luego, diez mujeres nos encargamos de vestir a la Virgen y al Nazareno. Tenemos que ponerles la ropa por la cabeza porque las piernas son de palo y no tienen movilidad. Primero colocamos el fustán, después el vestido y el manto; les amarramos las manos; le colocamos la peluca, la corona y el resplandor. El año pasado, al Nazareno, apenas regresamos de la procesión, le quitamos todo porque había cosas que iban a utilizar en otra iglesia. Este año, gracias a Dios, tenemos nuestra propia imagen", cuenta Ana con gratitud por sus vecinos, quienes, en esa Parroquia -como es pequeña-, tienen un papel fundamental. Entre todos y con colectas pagaron los vestuarios de las dos figuras que poseen.
"Las procesiones de Semana Santa son una forma muy sencilla de evangelizar. Durante este tiempo, todo el mundo está pendiente de la iglesia; y, como los seres humanos estamos acostumbrados a que todo nos entre por los ojos, las imágenes deben estar lo más perfectas posible", concluye Edgar.
Tanto él como Ana se muestran muy satisfechos con su trabajo, y no es para menos: ellos hacen cuanto hacen en el nombre del Padre, del Hijo y de su propia comunidad.