PeriodistaPodríamos decir que el Viognier es una rareza, descubierta hace poco y con mucho potencial. El origen de esta variedad es un misterio, que resulta tan difícil de desentrañar como complejo e interesante es describir el vino que produce.
Respecto de su llegada a Francia, se cree que los griegos la pudieron traer al Valle del Ródano junto al Syrah.
Pero la versión más legendaria atribuye el logro al emperador Probus, quien devolvió a los galos el derecho a cultivar la vid casi dos siglos después de que Domiciano ordenara cortar los viñedos. Sería él quien, en el año 281, habría importado la cepa desde Dalmacia a la región de Condrieu (Francia).
En la actualidad, y aunque Argentina no dedica grandes extensiones de cultivo para esta variedad, si es notorio que en el mercado se encuentran excelentes exponentes, provenientes sobretodo de Mendoza y San Juan.
Delicado y elegante, el Viognier es una variedad de racimo compacto y fruto pequeño. De difícil cultivo y escaso rendimiento, se ha adaptado perfectamente a muchas zonas por el mundo.
Hay quienes dicen que el Viognier tiene una gran capacidad para evolucionar favorablemente en el tiempo: si en su juventud resulta licoroso, al cabo de dos o tres años puede volverse más seco.
Resulta muy bueno para beberlo joven, pero –aunque no es una variedad de gran longevidad– también es interesante cuando goza de los favores de una breve crianza en barrica de roble.
El Viognier se casa muy bien con la gastronomía mediterránea a base de pescado y, como el torrontés, va muy bien con la cocina asiática y vegetariana.
Esta rareza blanca, según muchos, sería la cepa que enfrente el eterno reinado del Chardonnay.