PeriodistaTodavía tengo un recuerdo muy nítido de mi abuela, que muy de vez en cuando sacaba unas copas rosadas y talladas del gran mueble que adornaba el comedor.
Cada vez que lo hacía era un verdadero ritual. Antes, había abierto el “aparador” como le llamaba, con una llave negra que extraía con todo cuidado y sigilo de su bolsillo.
Delicadamente tomaba las copas, les quitaba el polvo con su delantal que colgaba de su cintura, las miraba a contraluz y luego las ponía con sumo cuidado en la mesa del comedor.
Casi siempre era domingo y el anuncio evidente que ese día habría vino en el almuerzo.
Muchas de esas copas las recibí algunos años después como herencia, porque mi madre se dio el trabajo de traerlas de Chile la primera vez que vino a visitarme.
Aunque se tomó los cuidados para que ninguna se estropeara, dos se quebraron cuando abrimos la caja.
El olor de esas copas tiene, sin lugar a dudas, el reconocible aroma de la nostalgia.
De hecho, me apuré a llenarlas con un tinto suave cuando las tuve de nuevo, y celebré con un brindis el haberlas heredado.
Sin embargo, con los años y a punta de intentar entender el mundo del vino, caí en la cuenta de que no eran las copas más adecuadas para apreciar un vino.
Una buena recomendación es que una copa tiene que ser de vidrio o cristal transparente, sin tallados, sin dibujos ni grabados de ningún tipo. En definitiva, nada que interfiera la posibilidad de examinar visualmente la bebida que vamos a disfrutar.
La forma es determinante. Idealmente la boca de la copa debe ser levemente cerrada para que los aromas se concentren en la nariz una vez que iniciamos la cata.
Debe, además, tener un buen pie para tomarla y un cuerpo lo suficientemente sólido para agitarla con toda tranquilidad, sin que salpique al del lado.
La marca Riedel ha extremado la sofisticación diseñando copas para casi todos los tipos de vino existentes en el mercado. Las hay para los gruesos tintos, delicados blancos, perfumados dulces, burbujeantes espumantes...
Menos costosas, las copas de la marca Spiegelau, también son una buena alternativa.
Sin embargo, con paciencia y escarbando vitrinas, se dará cuenta de que existen muchas marcas y tipos que hoy día se ofrecen para todos los gustos y para todos los bolsillos.
Pero no todo es tener una buena copa, ese no es el único secreto, porque de poco sirve si la que tenemos no se cuida y asea adecuadamente.
En primer lugar nunca lave una copa de vino con detergentes o lavalozas, el agua caliente será suficiente para dejarla reluciente. De esa forma evitará contaminar el aroma de su vino la próxima vez que la use.
Lo recomendable es guardarlas en lugares secos y ventilados para protegerlas de la humedad y el encierro.
Cuando la sirva, nunca la llene... con dos tercios será suficiente, pues así dejará espacio para agitarla, contemplar y oler el vino que la inunda.
Estoy seguro de que a mi abuela esto le hubiese parecido ridículo y absurdo; sin embargo, es casi un hecho que algunos de estos consejos le cambian la perspectiva a la experiencia de disfrutar el vino. En todo caso, las copas de mi abuela siguen conmigo, y cuando quiero sentir el aroma de la nostalgia, rompo la regla y vuelvo a llenar una.