Antiguos mitos de Oriente representaban la creación como el triunfo de la luz sobre las tinieblas. El amanecer, entonces, anunciaba la prosperidad conquistada por Marduk o Baal. Hoy sabemos que las auroras no siempre anuncian días soleados, pletóricos de vida. A veces, es todo lo contrario. Por ejemplo, en relación con la actual coyuntura venezolana, presiento que “tras la noche, vendrá la noche más larga”.
El verso es de la canción “Al alba” de Eduardo Aute, y es de adecuada cita por la homonimia de su título con el del proyecto regional chavista y por el parentesco ideológico de sendas alboradas. Si bien el poeta español pensaba en el garrote vil del franquismo, cada vez son más quienes advierten rasgos fascistas en Hugo Chávez. Así lo señala Enrique Krauze en su obra “El Poder y el Delirio”. Con agudeza y erudición, rastrea los verdaderos referentes del gobernante de Miraflores, para concluir que estos no se encuentran ni en el marxismo ni en el socialismo, sino en el fascismo.
Empieza Krauze mostrando lo desenfocado de la lectura que Chávez hace del maestro de Lenin, Plejánov, obviando las razones que hicieron de este el primer crítico del rumbo tomado por los bolcheviques.
Plejánov deploraba que su idea del “gran hombre” que discernía el destino histórico del pueblo y lo lideraba, estuviera, en el leninismo, degradándose al rasero del sha de Persia. Una concentración del poder que Juan Linz teorizaría luego con el nombre de sultanismo y que (contrario a la alianza de Chávez con Ahmadineyad), por los principios humanistas del socialismo, debería provocar repugnancia en la gente de izquierda.
Bolívar y Marx. Pero el más contundente golpe asestado por Krauze al andamiaje retórico chavista, montado sobre categorías marxistas y culto a Simón Bolívar, es cuando cita la opinión de Marx sobre el venerado padre de la Gran Colombia. De Bolívar, Marx escribió que era “un palurdo, un hipócrita' un botarate, un aristócrata con ínfulas republicanas, un ambicioso mendaz'”. Sin obviar el desprecio del filósofo alemán por los nacientes países hispanoamericanos, hay un aspecto de su pensamiento que explica la aversión hacia Bolívar: su crítica al poder autocrático, así como su repudio al culto a la personalidad y la supersticiosa postración ante la autoridad.
En efecto, lo que Marx había deleznado sobre el golpe de Estado de Napoleón III (“Francia solo parece escapar del despotismo de una clase para reincidir bajo el despotismo de un individuo”), lo denunció en Bolívar: “Bolívar dio rienda suelta a su propensión al despotismo, introduciendo un Código Boliviano, una imitación del Código Napoleónico. Lo que proponía realmente era unificar toda Sudamérica, en una república federal con él como su dictador”.
Pero contrario a Marx, hubo en Europa quien valoró a Bolívar como “un hombre indispensable' un Ulises”. Ese fue Thomas Carlyle. El mismo ensayista que suspiraba por el puritano Cromwell, el mismo que vio en Rodríguez de Francia, dictador paraguayo, “un hombre enviado por el cielo”; el mismo que tanto inspiró a Hitler. Carlyle, atraído por los caudillos que encarnan el alma de sus pueblos y los guían con puño de hierro e incuestionable autoridad, llamó a Bolívar “el Washington de Colombia”.
Fascinación fascista. Krauze advierte que esa fascinación por el liderazgo autoritario no es solo patrimonio ideológico de la derecha latinoamericana, sino, además, de los fascismos. Chávez ha dicho: “El caudillo es el representante de una masa con la cual se identifica, y al cual esa masa reconoce sin que haya un procedimiento formal, legal de legitimación”. Cree que su pueblo es un ser colectivo, esto es, homogéneo, con un destino, y él se siente “entregado absolutamente a ese ser colectivo”.
No sin razón, Luis Miquilena, izquierdista venezolano, que logró la liberación de Chávez, lo mantuvo económicamente y lo acercó a Fidel Castro, afirma, decepcionado, que quien hoy gobierna Venezuela no tiene nada de marxista y que, más bien, es “una mezcla de Perón y Mussolini”.
Más que lucha de clases y crítica del poder, en el discurso chavista asoma el racismo (la genuinidad latinoamericana pasa, ahora, por la ascendencia indígena o negra), el militarismo (las raíces de su revolución, ha dicho, permanecen en el cuartel) y el nacionalismo (encubierto en discursos patrioteros anti-imperialistas). En un artículo llamado “Raza, Botas y Nacionalismo”, Mario Vargas Llosa lamenta que sea ese el cóctel fascista que alienta Chávez.
Tontera chavista. Isaac Felipe Azofeifa, que sí era de izquierda, escribió: “Nunca está más oscuro que cuando va a amanecer”. El problema es que, en este caso, lejos de oscurecer, los fuegos artificiales han encandilado a muchos que, desde hacía tiempo, yacían desesperanzados bajo un cielo sin estrellas.
El chavismo ha entusiasmado a sectores de izquierda tan honestos como desinformados. En sus desencantados oídos, hartos de estériles formalidades democráticas, ha calado el grito de Chávez: “La democracia liberal no sirve, pasó su tiempo, hay que buscar nuevos modelos”. La suya será, ha dicho, la verdadera democracia, la del pueblo.
Esa tontería me recuerda al sociólogo Alain Touraine, según el cual “hablar de una democracia antiliberal es una expresión contradictoria que designa mucho más a un régimen autoritario que a un tipo particular de democracia”. Aun así, hay motivos para ilusionarse. Cuando Norberto Bobbio escribía que “la desconfianza y la ignorancia recíproca de las dos culturas' la cultura liberal y la cultura socialista, están desapareciendo”, no se equivocaba. Líderes como Juan Bosch, Rómulo Betancourt o, más recientemente, Michelle Bachelet, confirman esa observación. Chávez, que de izquierdas tiene poco más que unas calculadas poses, no eclipsa esa esperanza.