
En 1809, desde Nicaragua, el sacerdote Florencio Castillo escribió a su hermano Rafael, situado en Costa Rica, para indicarle que ya había recibido al “mulatillo” legado de la mortual de su madre, Cecilia. Este esclavo se llamó José Cornelio Castillo y, junto a su amo, llevó una vida muy intensa. Así, José Cornelio fue testigo de la lucha que don Florencio entabló en las Cortes de Cádiz (España) en favor de sus hermanos de raza que ya gozaban de la libertad. Una de esas luchas sucedió precisamente hace 200 años.
El 4 de setiembre de 1811, Florencio Castillo pidió la palabra para defender los derechos ciudadanos de los negros y los mulatos libres del imperio español. Las Cortes de Cádiz habían declarado la igualdad de los americanos frente a los españoles de la Península, pero hubo aspectos que no reflejaron la mencionada igualdad.
En el caso que nos ocupa, algunos artículos de la Constitución, especialmente el 22.°, privaron de sus derechos políticos a los negros y a todos los que por alguna línea tuvieran sangre africana pues no los reconoció ciudadanos. La intención principal de los diputados españoles era evitar que América tuviera más diputados en el Congreso; sin embargo, los defensores de los negros y los mulatos libres desbordaron este aspecto: fueron más allá; valoraron la dignidad de esas personas y el gran aporte que brindaban a la Corona española.
Hombres, no esclavos. El contacto que Castillo había tenido desde niño con los esclavos de su casa le permitió conocerlos de manera más humana. En Nicaragua y Honduras había observado sus capacidades intelectuales, su alta moral, su fe y su empeño en el trabajo. Todo esto lo ayudó a concluir que negros y mulatos eran iguales a los otros sectores de la sociedad, y lo determinó a luchar por el respeto a su dignidad.
Sus estudios religiosos y filosóficos le permitieron prepararse para refutar los argumentos de los españoles. Castillo apeló entonces a razones tomadas de las ciencias exactas y del derecho natural, el civil y el canónigo. Por ejemplo, desde la física experimental, atacó cualquier intento de defender la desigualdad basada en el color de la piel.
Un argumento privaba de la ciudadanía a esa parte de la población porque era descendiente de esclavos. En cambio, don Florencio apeló a la historia y mencionó los orígenes multiétnicos de los españoles, orígenes que tornaban a todos candidatos a sufrir la discriminación.
Además, Castillo resaltó la contradicción de sus oponentes, quienes sí concedían la ciudadanía a los siervos que había en España, pero no a los americanos.
Los españoles quisieron dejar a negros y mulatos americanos fuera de los censos que se aplicarían para saber cuántos diputados le corresponderían a América. Por su parte, el sacerdote costarricense sostuvo el principio de que la ciudadanía se adquiría por nacimiento.
Castillo también demandó el derecho de mulatos y negros americanos a elegir representantes que los defendieran en los congresos. De lo contrario, “no se diga que son parte integrante de la nación; dígase más bien que son esclavos o que no son hombres”, añadió Castillo.
Además, defendió la alta moral de esos americanos al indicar que esta debía “atribuirse a la religión que profesan”.
Benemérito. Suplicando a las Cortes deponer los prejuicios que tuvieran sobre dicha parte de la población, Florencio Castillo expresó las siguientes palabras, que van más allá de una defensa fría y legal:
“Nosotros hemos nacido entre aquellas gentes, nos hemos criado con ellas y acabamos de dejar su compañía, y todos los diputados americanos tuvimos el honor de hablar [...] de su bella índole, honradez y aun de sus virtudes, de su buena disposición para las artes, de su aplicación a la agricultura, a las minas y a todo género de labor”.
Todo esto justifica que Castillo escribiera a las autoridades costarricenses para exponerles que, como diputados americanos, no estuvieron de acuerdo con dicha injusticia pues no encontraron razón “para privar a muchos semejantes nuestros de esos derechos que deben ser comunes a todos los que sufren las mismas cargas”.
Al fracasar todos los esfuerzos para que se diese la ciudadanía a los negros y sus descendientes libres, don Florencio hizo una proposición a favor de ellos aprovechando la única puerta que dejaron abierta los españoles para que pudiesen obtener la ciudadanía: la carrera de los méritos, camino difícil porque hasta entonces se les habían cerrado los canales oficiales para hacer méritos.
Castillo propuso que, “si no basta a consolar del todo a aquellos infelices habitantes, [el Congreso] pueda a lo menos enjugarles las lágrimas”. Pidió que los originarios de África y los que por algún lado llevaran su sangre pudiesen ser “admitidos a matrículas y grados de universidad, podrán entrar de alumnos en los seminarios, serán admitidos en las comunidades religiosas de ambos sexos, y en todas las demás corporaciones, oficios o empleos en que por constitución o ley se requiere la cualidad de español, como no sea de aquellos que exijan la de ciudadano o nobleza”. Dicha petición fue concedida.
La lucha por los derechos de los negros y mulatos libres del padre Florencio reveló la altura de su nobleza y su visión de la dignidad humana, que defendió desde un cristianismo humanizador.
El sacerdote dio la libertad a su esclavo, José Cornelio Castillo, para ser consecuente con sus ideas. He aquí una razón más de por qué Florencio Castillo es benemérito de la Patria y merece que se relean sus discursos a favor de los negros y mulatos.
El autor es historiador. Suyo es el libro 'El presbítero Florencio Castillo, diputado por Costa Rica en las Cortes de Cádiz' (2010).