No todo lo que brilla es oro, dice el sabio refrán. Por eso, mejor ponerse vivo. Sin embargo, no todas las personas se ponen vivas y a veces les meten gato por conejo. Veamos.
A los países del mundo los categorizamos como ricos o pobres utilizando el indicador denominado producto interno bruto (PIB). Pero ese indicador lo que mide es el valor de la producción anual, no la riqueza acumulada, que es, en realidad, lo que quisiéramos conocer.
También, de esa medida se obtiene otra que es el PIB per cápita, que se considera sinónimo de poder de compra promedio. Sin embargo, como él no ajusta por costo de vida, se puede uno llevar la sorpresa de que en Japón $10.000 de PIB per cápita tal vez compran lo mismo que $3.000 en Nicaragua, donde el costo de los servicios (domésticos, corte de pelo, taller mecánico, jardinero, masajista) y otros son considerablemente más bajo.
Tampoco el PIB per cápita dice nada de cómo está distribuido el ingreso a lo interno del país; pueda que unos reciban mucho y otros poco. Además, y esto es igualmente malo, el PIB mide el valor de todo lo producido y quién me dice a mí que un país, como Costa Rica, donde en razón de inseguridad hay que gastar una proporción importante del ingreso en guardas, rejas y alarmas, se viva mejor que en otro donde el gasto es en paseos, libros y gimnasio.
Por otro lado, el PIB no suele considerar el costo de la “depreciación” de, por ejemplo, el ambiente, que se incurre al producir energía o llantas para la exportación; ni la pérdida de calidad de vida atribuible a presas, platinas y huecos, ruido, humo y malos olores en los centros urbanos.
Por eso es que hay que ponerse vivo respecto a lo que le dicen a uno. Pero no solo a nivel macro, sino también a nivel micro. Veamos.
Hay que saber distinguir entre afirmaciones ciertas, como, por ejemplo, la que dice que “la mayoría de las mujeres tiene más dedos en la mano que el promedio”, de las que no son, como pensar que es lo mismo la oferta que rebaja en un 30% el precio de un producto, que una que ofrece un 30% más de en la cantidad.
Para ello no es malo recurrir a las matemáticas de sexto grado. En efecto, como en el mundo algunas mujeres no tienen todos los dedos, el promedio de dedos mundial por mano es menor que cinco y, por tanto, como la mayoría tiene exactamente cinco, entonces se cumple lo afirmado. En cambio, un precio rebajado un 30% es más favorable para el consumidor que recibir un 30% más de mercancía. (Por ej., si el precio inicial del producto fuera 100 pesos, con la rebaja a 70 pesos uno podría comprar el 130% de la cantidad pagando 91 pesos, mientras que en la otra oferta lo mismo le costaría 100).
¿Qué tal una oferta que dice que operan dos rebajas al precio de los zapatos: una del 20% y una adicional, sobre el precio reducido, del 15%? ¿Es lo mismo que una rebaja del 35%? No. La del 35% es mejor. (Razón: la rebaja adicional del 15% opera sobre un precio más bajo; mientras que la del 35% opera sobre el original. Si no la comprende, consulte con su sobrino).
Y en ponerse vivo poco ayuda una computadora o un celular con calculadora. El análisis debe ser mental nada más. Por eso es que en los tiempos modernos, en que las máquinas hacen todas las operaciones desde sumar y restar, hasta dividir y sacar raíz cuadrada, el énfasis en las aulas debe estar en el razonamiento abstracto. En el arte de escribir hoy día la ortografía puede dejársele al computador (ya no es necesario, como antes, conocer las raíces de las palabras), pero difícilmente este le ayudará en el orden de las ideas. Y menos en el estilo. A ponerse vivo.