¿Sabe usted qué tienen en común una tarjeta del día de los enamorados, un trofeo del campeonato escolar de papi-fútbol, el vals de los quince y la Nigüenta? ¿En qué se parecen los ositos de peluche, el tutú de las bailarinas, un llavero de Mickey Mouse y la foto de la graduación con toga y birrete? Sí, todos son objetos cotidianos y, además, cada uno de ellos forma parte del universo del kitsch.
Y es que el kitsch está presente en nuestras casas y nuestras oficinas, en las vitrinas de las tiendas y las pantallas de los televisores; nos hace suspirar o enternecernos hasta las lágrimas. Kitsch son los objetos que coleccionamos y los recuerdos que atesoramos en la memoria.
Esta tendencia no implica una valoración positiva o negativa. "Muchas veces se ha hablado del kitsch como el arte del mal gusto pero, en una época como la actual, afirmar que existe un buen gusto y, por lo tanto, un mal gusto, es absurdo y hasta elitista", afirma Ileana Alvarado, curadora de los Museos del Banco Central.
En muchas de nuestras casas, podemos reconocer recuerdos de bautizos, comuniones, bodas, tés de canastilla y fiestas de quince años; calendarios Pilsen y relojes cucús, adornos de peluche, de cristal y de plástico.
¡Qué amor!
Kitsch es una palabra alemana que se ha extendido por el mundo como los cascanueces en forma de piernas de mujer, propios del género. Originalmente, kitschen o Verkitschen es vender gato por liebre, dar algo diferente de lo que se había pedido, es decir, "falsificar".
Según el kitschólogo Abraham Moles, "el kitsch se muestra vigoroso durante la promoción de la cultura burguesa, en el momento en que esta cultura asume el carácter de opulenta, es decir, de exceso de los medios respecto de las necesidades, cuando la burguesía impone sus normas a la producción artística". El kitsch por eso nace con cachetes de angelito, de bebedor tirolés, de Estatua de la Libertad impresa en un plato.
Se opone a la simplicidad y, si no se opone a la utilidad, la complica (por ejemplo, la cara de Cristo en una paño no tiene nada de absorbente).
Los objetos kitsch, según Moles, se agrupan por abarrotamiento sin orden ni ley, bajo presión. Los principios del kitsch son la inadecuación, la acumulación, la masificación (objeto de gran tienda que cualquiera puede tener y al precio justo), y el confort.
Kitsch son las obras de arte convertidas en objetos de la vida cotidiana: por ejemplo los estuches de anteojos con la imagen de La Gioconda o El Pensador de Rodin reproducido en un afiche publicitario. Pero también es kitsch la Naturaleza cuando exagera los amaneceres sobre el mar; las fotos de la familia en las cataratas del Niágara y los caballos con la crin al viento y galopando sobre la playa.
Kitsch es toda imitación flagrante, como las columnas de falso mármol, la fórmica que simula la madera veteada, Disneylandia. ¿Colores kitsch? Rosado pastel, verde calipso, amarillo huevo, lila lechoso, todo lo que evoque la fiesta de quince años y el traje de bodas.
Kitsch son los demás
"El kitsch se renueva tal y como se renuevan las modas y el comercio. Nunca va a desaparecer porque nos adorna la vida, nos genera placer, nos da felicidad", expresa Alvarado y se regocija, porque, en definitiva, quien reniega del kitsch cae, de inmediato en una actitud kitsch.
Porque, como explica el artista plástico Miguel Casafont, no solo los objetos son kitsch sino también las actitudes y las mentalidades de la gente. "Hay quienes no pueden ver una pintura abstracta sin buscarle formas escondidas. Quienes escuchan música clásica para relajarse y leen para que les entre sueño. Hay mujeres que van al Teatro Nacional envueltas en pieles y, en mitad de la función, sacan un abanico. Quienes hablan de tú o intercalan en sus conversaciones frases en inglés y francés".
Según Casafont, el kitsch es un universo de objetos y emociones y, ni la moda ni el arte están exentos de pertenecer a está categoría. "El arte contemporáneo cae en el kitsch cuando imita en exceso tendencias foráneas, cuando se insiste en desterrar a la pintura, cuando se crea en función del mercado o, simplemente, cuando los materiales nos dicen más que las obras".
¿Somos kitsch?
El kitsch está en todas partes y, en nuestro país adquiere diversas formas:
En la calle: los buses con nombres como "El gran Garfield", "Josué Alexánder" o "El príncipe de Heredia", los múltiples adornos que sobre el dash (tablero de instrumentos) y el espejo retrovisor ponen algunos taxistas.
En las tiendas: la costumbre de celebrar la Navidad a partir de octubre con nieve y venados; los almacenes donde, por la misma suma de dinero, se puede adquirir desde un portarretrato de cristal hasta unos zapatos de tacón.
En la peluquería: uñas y pestañas postizas, el manicure y pedicure que incluye palmeras, lazos y otros dibujos, las extensiones, las pelucas y los peinados para fiesta que, por obra y gracia de la laca, no se deshacen en toda la semana.
En la casa: los colores pastel de las fachadas, los enanitos, fuentes y leones de jardín, el exceso de columnas y arcadas.
En la televisión: quienes cocinan sin quitarse los anillos; la ropa de faraón que usa el fortachón de A todo dar; quienes hablan de tú o quienes después de una temporada en el extranjero vienen con nuevo acento.
En el registro civil: la combinación de nombres como Greivin, Minor, Gean Carlo, Yorleny o Tifanny con apellidos como Fuentes, Chinchilla o Campos.
El adiós: los ataúdes forrados de peluche y las esquelas que incluyen poemas y acrósticos.
Fuente: Entrevista con varios artistas plásticos.