En el centro comercial Avenida Escazú se exhibe una colección de litografías basadas en pinturas que Pablo Picasso realizó a inicios de 1969 sobre láminas de cartón corrugado y otros materiales de empaque. Se trata de obras curiosas por su inusual proceso de elaboración.
La historia es así: Picasso recibió un cargamento de materiales de trabajo, posiblemente bastidores o lienzos para la serie Mosqueteros, que sería exhibida en 1970 en el Palacio de los Papas, en Avignon.
Aquellos materiales llegaron en cajas de cartón corrugado que, una vez desarmadas, quedaron en muy buen estado. Las láminas del rústico material de empaque tentaron al viejo pintor, quizá recordándole los lejanos tiempos del inicio de su carrera, cuando no tenía dinero ni para comprar telas.
El caso es que, a lo largo de los siguientes seis meses, el malagueño pintó 29 “retratos imaginarios” a la aguada.
El impresor Marcel Salinas le pidió luego autorización para trasladar esas pinturas a litografías, las cuales ejecutó laboriosamente a lo largo de los siguientes tres años; en ocasiones se llegó a necesitar catorce láminas para reflejar fielmente los colores de la pintura.
Poco antes de morir, Picasso autorizó la impresión de 500 copias litográficas de cada retrato. Una de esas 500 carpetas se exhibe ahora en Costa Rica y pertenece a la colección Ortiz-Gurdián, de Nicaragua.
Picasso venía saliendo de un período de intensa producción de grabados en metal. En 1968 había hecho nada menos que 347, con temas eróticos, de teatro y de circo. Sin duda, después de tanto tiempo entre ácidos y tinta negra, el gran pintor colorista pugnaba por salir de nuevo a la luz.
Su prodigiosa creatividad se plasmó entonces, a lo largo de 1969, en las 140 pinturas que componen la serie Mosqueteros, aunque no todos sus personajes cultivaron el selecto oficio inmortalizado por Dumas.
De aquellos legendarios personajes, ¿qué le interesaba tanto al artista? Claramente, su carácter pintoresco, tanto en el sentido visual como en lo que tienen de aventurero y fantasioso. En realidad, más que los personajes mismos, a Picasso lo seducían, le divertían, los trajes, los tocados y los atuendos del siglo XVII, y la elaborada coquetería de los personajes –hombres y mujeres– de la corte y de las armas de aquellos tiempos.
En sus últimos años pintaba con la misma libertad y el mismo goce con que lo hacen los niños. Seguramente se habría sentido halagado por el consabido comentario: “Eso lo pinta hasta un niño”.
“Claro que sí: es el niño que llevo dentro el que pinta esos cuadros”, hubiera dicho. “Ojalá todos los viejos pudieran pintar con la determinación, el desenfado y la frescura con que lo hacen los niños”.
Todos los personajes de la serie están representados de frente –como en los cuadros infantiles– y cada uno de sus detalles formales es un capricho.
Lo que sorprende es la inmensa variedad de caprichos que se le ocurrían a Picasso con un pincel. No sigue norma alguna; todo es improvisación. Incluso en un mismo cuadro pueden coexistir característi-cas de estilo de distintas épocas del mismo Picasso.
A menudo se parte de una mancha, sobre la que luego van implantándose colores y formas en una abigarrada armonía, como crecen las plantas en un bosque tropical. Es como si el artista nos desafiara a imaginar de cuántas maneras distintas puede representarse un personaje, utilizando los colores simples y los trazos esquemáticos que usan los niños.
Casi siempre crea con humor: el omnipresente bigotito a lo Velázquez, la rumbosa seriedad del gran personaje vestido de payaso, los asombrados ojos de dos pupilas'
Picasso debe de haber gozado ochenta pintando esas figuras. Había dicho en 1968: “Me divierto infinitamente inventando estas cosas. Me paso las horas dibujando, observando a mis criaturas y pensando en las locuras que harían”.
En su inmensa obra, Picasso plasmó la biografía visual de un siglo que, a su vez, condensó la experiencia humana de todas las épocas; pero su obra también es la biografía de un hombre que vivió con intensidad asombrosa.
Es grato ver que al final de esa vida y esa obra prevalece el simple gozo de crear, el juego.