A VECES HAY QUE oxigenarse, huir del humo y el asfalto. Los Bajos del Toro, del cantón de Valverde Vega es un buen lugar para encontrar aire. Un territorio listo para ser disfrutado se encuentra entre el Parque Nacional del Volcán Póas y la Reserva Juan Castro Blanco.
La carretera solo nos ofrecía curvas, pero la vista de las montañas era inevitable. Las nubes se amontonaban por debajo de nosotros y el verde intentaba cubrir la carretera. Un trozo de neblina quiso meterse por la ventana, todo aportaba para sentirse como en el cielo.
En los pueblos pequeños todo el mundo se conoce. Así que no fue difícil llegar a la pesca de truchas "Nené", propiedad de Freddy Salazar. Él nos estaba esperando con su sombrero puesto y la sonrisa a flor de piel. El papel de anfitrión lo desempeñó a la perfección.
Primero, nos llevó a las piletas cargadas de truchas. Según él, siembra 40.000 de estos peces cada año. Siete piletas las albergan de acuerdo a su tamaño, esto para no correr el riesgo de que se coman unas a otras. El oxígeno es muy importante para tener un buen producto, explicó Salazar. Así que para obtener truchas sabrosas, un pequeño canal de agua del Río Toro va a dar a los estanques, ya que esta agua contiene más oxígeno. El resto del líquido lo obtienen de un manantial que se encuentra dentro de la propiedad.
El alimento cae en el agua y las truchas provocan un tumulto, todas saltan buscando un poco de comida. Este año intentará producir los peces él mismo. Las más grandes ya andan jugueteando en el agua, buscando un nido, para soltar sus huevos color naranja.
Lluviosos milagros
Pasados unos momentos, nos decidimos a explorar la naturaleza. Un portón se abre y nos adentramos en el bosque húmedo. Un trillo recorre la orilla del río Toro que unos kilómetros más abajo ya es navegable. En este torrente de agua también nadan las truchas, pero estas no se pueden pescar, porque el río está vedado.
Los árboles de aguacatillo y los poró atraen a los pájaros. Poco a poco nos vamos alejando de las aguas y seguimos subiendo sobre un manto de hojas. Nuestro guía tuvo que quitar ramas, troncos pequeños y algunas plantas.
Salazar nos contó que en la noche se escuchan los coyotes y que incluso algunos vecinos dicen haber visto tigrillos.
Recorrimos un kilómetro y medio en el bosque, bajo la llovizna. De regreso decidimos hacer otro recorrido pero esta vez en caballo. Así que montamos y nos fuimos cabalgando por otro sendero, un poco más corto.
En ese lugar, la lluvia cae en cualquier momento y sin aviso alguno, como diría un lugareño " de las tejas para arriba nadie sabe nada".
A esas horas ya el estómago exigía alimento después de tanta actividad. Las truchas salieron del estanque para caer a la sartén. Minutos después estábamos todos a la mesa como en familia. En la sobremesa nos enteramos de que este señor se mete en todo, con el fin de buscar el desarrollo. La Asociación Pro- Camino Ecoturismo de Toro Amarillo, es una de sus actividades, con ella buscan mejorar los caminos. También trabaja con el Instituto Costarricense de Turismo, en la elaboración de un corredor turístico que comprenda comunidades aledañas. Y que no se diga que los hombres no saben cocinar ni un huevo. Freddy cocinó las truchas y su amigo Toño lavó los platos.
Como allí la seguridad alimentaria es ley, probamos guaro de nance, hecho en casa. Un sabor dulcete llenó la boca, por más está decir que estaba fuerte. En uno de los horcones cuelga una fotografía de una saca de guaro. Pícaro el dueño, comenta que cuando le preguntan dónde está, él contesta que se dice el santo, pero no el milagro.