Bastaron 16 segundos para desaparecer la ciudad entera. El 4 de mayo de 1910, en medio de las sombras de una noche que apenas comenzaba, Cartago vivió la peor de sus pesadillas.
Hacía menos de una hora que el canto del
La fuerte sacudida se sintió en todo en el país, pero fue en la Vieja Metrópoli donde causó la mayor destrucción.
Humildes casas prácticamente desintegradas, suntuosos edificios partidos por la mitad y adornadas iglesias agrietadas e inutilizables, eran la huella material de la tragedia que, bajo los escombros, segó la vida de más de 700 personas. Gritos de dolor inundaron la antigua capital, hecha añicos en esa larguísima noche. El amanecer del día siguiente dejó ver el saldo de casi un mes bajo el azote de los temblores.
Fue cuestión de horas para que el país entero se conmocionara con la noticia, se decretara el duelo nacional, y muchos llegaran a Cartago dispuestos a ofrecer su ayuda. Aunque la ciudad quedó inmersa en el caos y tuvo que romperse el orden constitucional, los brumosos dieron un ejemplo de superación: antes de que terminara 1910, se limpiaron las lágrimas y la Vieja Metrópoli volvió a levantarse.
Durante todo 1909 y el inicio del año siguiente, el Observatorio Nacional registró solo cuatro temblores de poca intensidad en el país. El único fenómeno natural destacable fue una fuerte erupción del volcán Poás, ocurrida el 25 de enero de 1910.
Sin embargo, en los primeros minutos del 13 de abril, un violento sismo despertó a los cartagineses. A la 12:37 dela madrugada se produjo un sacudimiento tan fuerte para la altiplanicie de San José y Cartago que paredes enteras de ladrillo y adobe cayeron al piso. Edificios, construcciones y casas quedaron tan dañadas que fue necesario demolerlas.
La prensa de la época reportó que en San José había, al menos, 115 casas destruidas y 23 con daños severos. Edificios como el Liceo de Costa Rica y el Matadero Municipal quedaron en pésimas condiciones. Situaciones similares se vivían en construcciones de pueblos como San Nicolás, Agua Caliente, Paraíso, Tres Ríos, Patarrá, Zapote, San Pedro, San Vicente y Guadalupe.
“El sacudimiento se sintió desde el Pacífico hasta la costa Atlántica, con mayor intensidad entre San José y Cartago. A partir de 13 de abril, las sacudidas se sucedieron por centenares, con mayor o menor frecuencia, contándose cerca de 30 oscilaciones en las primeras 24 horas”, cita un informe del Museo Nacional.
Todos los días se contabilizaban, por lo menos, cinco temblores. Entre el primer sismo y el 4 de mayo, se registraron 185 movimientos de regular intensidad. La zozobra obligó a los cartagineses a construir galerones improvisados, llamados “tembloreras”, en calles y solares para pasar la noche ante el temor de un evento de mayor magnitud.
“El 14 de abril, la Municipalidad de Cartago realizó una sesión urgente en la que aprobó la construcción de galerones provisionales en los sectores oriental y occidental de la ciudad con el fin de instalar en ellos a aquellas familias que no podían construir sus propios refugios”, asegura el historiador Franco Fernández en su libro
El gobierno del presidente Cleto González Víquez emitió el acuerdo de que, dado el estado de inseguridad en el que habían quedado muchos edificios públicos, los días 14, 15 y 16 de abril permanecieran cerrados bancos y centros de enseñanza.
La emergencia vivida en el país provocó la solidaridad de naciones vecinas que, mediante telegramas enviados al Ministerio de Relaciones Exteriores, comunicaban al Gobierno costarricense su duelo y su voto de apoyo.
Incluso, el Gobierno salvadoreño tuvo la deferencia de enviar “$3.500 oro americano” para el socorro de los perjudicados por los sismos. Esa donación fue dada a conocer en el discurso que don Cleto pronunció ante el Congreso Constitucional, días antes de dejar su puesto, mensaje que fue interrumpido por dos temblores de poca magnitud.
Aunque faltaban solo unos días para que el licenciado Ricardo Jiménez Oreamuno asumiera la Presidencia de la República, el decreto del Congreso que lo declaraba como tal y establecía las 8:30 a. m. del 8 de mayo como el momento oficial de la toma de posesión pasó inadvertido para los cartagineses. Por esos días, estaban más preocupados en construir las “tembloreras” para protegerse de un nuevo terremoto, que tristemente se dio.
La tragedia pronosticada por algunos cayó sobre Cartago al final del día 4 de mayo de 1910.
Un retumbo subterráneo precedió a un violento sismo que en solo 16 segundos redujo a ruinas la vieja capital colonial.
“El movimiento destructivo fue principalmente vertical y principió repentinamente, esto es, sin choques premonitores que den a las gentes tiempo suficiente para salir de sus casas. Inmediatamente después del tremendo movimiento de arriba a abajo, siguió una larga serie de choques más pequeños, entre los cuales se sintió un movimiento giratorio”, explicó el Dr. Gustavo Michaud en un artículo publicado en la revista
La ciudad quedó envuelta en una nube de polvo que se levantó por la caída instantánea de las casas y los edificios públicos. Sus dimensiones fueron tales que muchas personas creyeron haber escapado de la muerte bajo los escombros para morir sofocadas.
“Después de un breve silencio, surgieron los gritos de terror de los desorientados vecinos que llamaban a sus parientes, y los quejidos de los heridos que por cientos habían quedado atrapados entre los adobes, calicantos y gruesas vigas. Por todos los rincones se pedía luz a gritos con el fin de buscar entre los restos de la ciudad a parientes, amigos y vecinos heridos o sepultados”, narra el libro de Fernández.
La noche se volvió caótica y eterna para los aterrorizados sobrevivientes a la catástrofe. Cuando apareció la aurora, los primeros rayos de sol dejaron ver toda la magnitud de la tragedia.
En ningún cuadrante de la ciudad quedó una casa intacta. La iglesia de Guadalupe, el Palacio Municipal, el colegio y la capilla de los Salesianos, destruidos. La iglesia de San Nicolás, el local de Escuelas Superiores, el Palacio de la Corte, la iglesia de Los Ángeles y las casas a la orilla del Parque Central, todo caído. Sepulturas abiertas y mausoleos destrozados en el Cementerio General, el panteón de Taras y los camposantos vecinos.
Miles de personas quedaron sin abrigo y solo en la plazoleta del Cuartel Militar, aquella mañana fueron tendidos más de 200 cadáveres. El devastado paisaje y el creciente número de víctimas permitieron calcular la intensidad que los sismógrafos no pudieron medir.
“El gran temblor comenzó a las 6 h. 50 y durante 3 minutos después del primer golpe muy fuerte, el seismógrafo no cesó de marcar movimientos continuos. El rumbo no pudo determinarse ni tengo seismograma que presentar: la amplitud del primer golpe fue tan grande que la aguja del aparato pegó en las paredes de la caja y se hizo pedazos” (sic), afirmó el científico Juan Rudín en su informe.
El sismo fue sentido en todo el país, aunque con menor intensidad en zonas como Guanacaste y la frontera norte.
A pocas horas del suceso, la ciudad de San José ya tenía noticias. A las 11:30 p. m., partió el primero de varios trenes que durante la madrugada arribaron a Cartago con una legión de voluntarios dispuestos a prestar auxilio.
A bordo de ese primer convoy iba el Presidente con algunos funcionarios del Gobierno. Apenas llegó al Parque Central de Cartago, donde se había improvisado una clínica de primeros auxilios para atender a las víctimas, el mismo don Cleto ordenó el traslado a San José de todos los heridos y el establecimiento de un hospital de urgencias en el Edificio Metálico.
También fueron órdenes del Gobierno declarar nueve días de duelo nacional y sepultar cuanto antes a los muertos para evitar una epidemia. Se usaron fosas comunes en el sector oeste del Cementerio General. Sin embargo, muchos vecinos enterraron a sus parientes en lo que quedaba de sus propias tumbas y mausoleos, o en fosas improvisadas, lo que hizo imposible contabilizar el número exacto de muertes causadas por el terremoto.
La orden de don Cleto se cumplió con unos 700 cuerpos, pero documentos de la época aseguran que el total de víctimas superó las 1.000 personas, casi un 10% de los 13.000 habitantes que por entonces tenía Cartago.
A muchos los sorprendió la muerte en mesas, letrinas o mientras caminan por las aceras, pues los edificios se desplomaron sobre ellos.
El 5 de mayo, Cartago fue invadido por miles de personas provenientes de todas partes del país. Unos llegaron para buscar noticias de familiares; otros, para ser testigos presenciales del desastre. Pero también hubo muchos que viajaron hasta la Vieja Metrópoli para saquear las pertenencias que rescataron los damnificados y que estaban sobre la calle o entre los escombros.
Don Cleto prohibió el paso hacia la ciudad y la villa de Paraíso, así como la venta de tiquetes de tren con destino a estas poblaciones, salvo a quienes tenían permiso para hacerlo. A pesar de esto, las medidas no lograron el fruto deseado y fue necesario tomar una más extrema: la ruptura del orden constitucional en la zona afectada hasta por 60 días.
Ese fue el ambiente de tristeza que rodeó al traspaso de poderes del 8 de mayo –día sacudido por 13 temblores–, en el que tanto don Cleto como don Ricardo dedicaron unas líneas de sus discursos a la tragedia brumosa.
“A los golpes anteriores, que parecían duros, ha venido a sumarse la tremenda catástrofe que convirtió en escombros la floreciente ciudad, cuna del país y algunos de sus pueblos vecinos. Y a las pérdidas materiales, que eran muchas, tenemos que agregar la muerte trágica de centenares de nuestros hermanos”, dijo González ante el Congreso.
“Entre los escombros de Cartago, apareció un grupo de hermanas, bellas como una Niobe, bellas como el dolor inmerecido; jóvenes, también como el dolor, que es eternamente joven. Recibieron el beso de la muerte, confundidas en el último abrazo que se dieron. Sea este nuestro símbolo: abracémonos fraternalmente, no para morir, sino para vivir...”, pronunció Jiménez.
Al día siguiente de dejar su cargo, don Cleto se integró al trabajo de la Junta Nacional de Socorros, creada para ayudar a los afectados por el sismo del 13 de abril, pero que siguió trabajando tras el terremoto de mayo.
“Bajo el régimen de excepción, a partir del 9 de mayo de 1910, se instaló en Cartago una organización bajo régimen militar. Estas fuerzas extraordiniarias, por servicios de diversa naturaleza, tenían la responsabilidad del salvamento, auxilio, orden, demolición, limpieza, sanidad o cualquier otra labor relacionada con la reconstrucción de la ciudad”, cuenta el libro de Franco Fernández.
Según el texto, fue gracias a esta organización que, “para el 31 de diciembre de 1910, no existían en Cartago edificios en ruinas ni calles con escombros, delgadas y mal alineadas; la mayoría de los cartagineses habían visto satisfechas sus necesidades materiales y en salud”.
Los vecinos pobres fueron ubicados en campamentos bajo la atención de oficiales, soldados, carpinteros y cocineras. Una guarnición militar se encargó de mantener el orden y de velar por el adecuado servicio eléctrico; la Sección Dinamitera demolió todos los edificios dañados; y el Servicio de Higiene tuvo a cargo el salvamento y transporte de heridos, así como reenterrar cadáveres, abrir desagües y mantener el aseo de la calles.
En la ciudad, se construyó un tranvía tirado por caballos para acarrear los escombros de los edificios, como ladrillo, piedra y tejas, que se utilizaron para macadamizar casi 10 kilómetros de calles y dar a Cartago una de las mejores vías del país. En total, el gasto por los trabajos realizados hasta el último día de 1910 ascendió a ¢286.414,40.
A diferencia de la reconstrucción de la ciudad realizada en 1841, Cleto González Víquez hizo un nuevo Reglamento que no permitía, dentro de la ciudad y los cantones vecinos, construcciones de adobes, calicanto o piedras, ni techos de teja de barro, pizarra, cemento o cualquier otro material pesado.
La nueva normativa incentivo el nacimiento de una ciudad estructuralmente más segura y, según un censo practicado por los militares, “en diciembre de 1910, Cartago ya contaba con 200 casas terminadas, 75 provisionales, 60 en construcción y una población de 4.400 habitantes. Se había restablecido totalmente el servicio eléctrico, se contaba con cañería de agua potable y un moderno servicio de cloacas”, recuenta el libro
Ocho meses después de la tragedia, bellas damas y elegantes caballeros paseaban por un parque central adornado con árboles y flores, como muestra de que la ciudad volvía a vivir. La estatua de Jesús Jiménez y la iglesia parroquial eternamente en construcción son los únicos elementos en pie que sobreviven hoy de aquel Cartago que en 1910 vivió la peor pesadilla de su historia.