SOLO DE CAMINO NOS dimos cuenta de que se hacía de noche. Quedaba algo de luz antes de comenzar a subir, pero se nos hizo tarde pues las montañas se perdían en recovecos interminables que subían cada vez más. A cierta hora del día, cuando la claridad es más incierta que las sombras, hasta Escazú puede parecer un lugar absolutamente desconocido.
Llegamos a Tiquicia con la sensación de estar perdidos, con el asombro dos pasos más adelante y la manivela ceñida a los puños. Aunque llegamos por el camino equivocado, supimos inmediatamente que habíamos dado con lo que buscábamos.
Un abismo de luz y oscuridad se extendía sobre el techo de la vieja casona, hundida en el declive del terreno, entre el aire frío de las piedras y las luciérnagas. La noche es una droga blanda que siempre nos hace creer que está de nuestro lado, y ahí estaba ahora, frente a nosotros, recién nacida y desplegada sobre el horizonte con su lengüetazo brillante.
Alajuela, Heredia, San José, Pavas y Desamparados eran sólo un puñado de nombres hechos polvo. A nuestros pies, la imagen de las ciudades era un abismo de hierro fundido, un caos apacible donde lo humano estaba limitado a su mínima expresión. ¿Cómo agradecer semejante oportunidad?
Bajamos hasta la casa y nos encontramos de lleno en los salones de Tiquicia, que, además de bar y restaurante, es un mirador fabuloso desde el cual se ve todo lo que no se puede ver a simple vista y donde nada es lo que parece porque a lo lejos todo parece estar en calma.
Es curiosa la sensación de avanzar al borde de algo, especialmente de algo tan inmenso como la ciudad donde uno vive. De un salón a otro, tras los enormes ventanales del local, la visión se imponía con cierta entrega. No había punto de contacto entre nosotros y la ciudad, y, sin embargo, daban ganas de hacer las paces.
Tal vez a la luz del día no quede nada de esa magia alucinógena que llega con la noche, donde hasta los carros y los edificios son baratijas minúsculas, pero es seguro que, incluso de día, este mirador es la mejor manera de echar un vistazo a nuestra geografía interior.
Ojo sedado
A estas alturas ya lo sabíamos casi todo: la calma no existe, solo las apariencias, y Tiquicia -como su nombre lo indica- estaba preparada para darnos el espectáculo. (Para quienes aún lo ignoren, Tiquicia es el término acuñado por nosotros mismos para referirnos a la Costa Rica que todos llevamos dentro.)
Ejercitar la visión es una de las posibilidades del lugar, la más excitante, pero también se puede comer y beber. Aunque el concepto "típico" es uno de los perfiles de Tiquicia, el ambiente superó la intención nacionalista.
Las bancas al aire libre, la amplitud de las estancias y la cantidad de luz inservible que lanza la ciudad sobre el pico de la montaña son cosas que se alejan irremediablemente del formato de "restaurante típico". Habrá muchas tejas, fotografías en sepia y adornos que llegaron con un siglo bajo el brazo, pero no es suficiente para completar el cliché.
El local es un todo dividido por las partes, y cada parte tiene su propio anzuelo.
El auténtico bar del negocio está en un rincón estratégico del caserón -podría decirse que en la esquina del volcán Barva-, y la distancia anímica entre el bar y el resto es tan evidente que, más que una distancia física, parece una brecha generacional. A modo de taberna rústica, el bar ofrece música de moda y unos mostradores anchísimos, ideales para encaramarse y bailar como si la patria nos lo demandara.
Pero las posibilidades no se agotaban ahí, ni en una noche. El menú típico -que incluye gallos, picadillos, arroz con leche y otras muestras de ciudadanía- es una opción que convida sobre todo a familias y a grandes grupos de turistas, que se ríen en otro idioma alrededor de las saludables mesas de madera. De hecho, dos veces por semana se ofrece un espectáculo denominado Noche tica, donde los extranjeros hacen catarsis folclórica con el punto guanacasteco.
Lo que sucede siempre en Tiquicia, invariablemente, es una visibilidad plena sobre el mar urbano. No importa si es de día o de noche, todo se reduce a esto: movimientos en falso o luz intermitente. El alivio consiste en que, con semejante distancia, nada es más grande que el tamaño de un puño.