EL FIN DEL MUNDO parece haber llegado y unos extraños jeroglíficos lo anuncian. Lo que no se sabe es si son señales divinas o si, más bien, son mensajes de extraterrestres que han llegado a la Tierra. En medio del dilema, se va estructurando el argumento de una película que mezcla el género fantástico con el terror psicológico y que nos llega con el título de Señales.
Se trata de la tercera cinta que llega al país del afamado realizador hindú-estadounidense Manoj Night Shyamalan (se pronuncia xámalan), quien gusta del misterio como eje temático de sus filmes, tal y como lo demostró con creces en El sexto sentido (1999), donde el más allá se confunde con la realidad del más acá, y en El protegido (2000), donde los tonos misteriosos tienen que ver con el mundo de las historietas dibujadas.
Ahora, en Señales, Shyamalan se comporta como guionista, productor y director, amén de que se guarda un pequeño e importante personaje para él (suficiente para evidenciar que no es buen actor), y nos narra una historia a partir de unos extraños signos que aparecen en las tierras sembradas de maíz del reverendo Graham Hess. Allí los tallos se doblan sin romperse mientras dibujan figuras con líneas y círculos.
Estos tipos de señales fueron anunciados y explotados por la televisión allá por los años 80, escandalillo para asustar y aumentar audiencias, pero que no pasó a más. El director Night Shyamalan retoma ese breve momento televisual para alargarse con un relato que incluye criaturas alienígenas y personajes que viven el terror desde el aislamiento de su finca: milpa enorme.
Así es: el horror va por dentro de los personajes, arrinconados ante hechos de difícil comprensión. Ellos son el reverendo Graham Hess (encarnado por Mel Gibson), quien arrastra un retiro de la fe luego de la muerte de su esposa; su hijo Morgan (Rory Culkin), niño asmático a quien le llegan fácil los libros sobre visitas espaciales; su hermanita Bo (Abigail Breslin), la más pequeña de la familia; y el tío Merrill (Joaquin Phoenix), hermano de Graham.
Cierto que el filme peca por una morosidad cansina al narrar (con diálogos que se lerdean en una solemnidad inútil), por lo que se le siente lento; sin embargo, también es cierto que Night Shyamalan impone su estilo de hacer cine, donde los acontecimientos se arman poco a poco (como si fueran dosis de homeopatía), mientras la historia camina con pausas deliberadas y (sobre todo) con un manejo casi perfecto de la cámara y de la música (para sugerir estados de ánimo).
Advertencia: hay que ponerle ojo a aquellas señales extrañas que de pronto nos llegan. ¿Qué hay detrás de ellas? Aprendamos de la película.