Lo que un visitante primerizo observa con solo un recorrido general por Monteverde es suficiente para entender por qué este distrito del cantón central de Puntarenas es considerado “uno de los lugares más bellos del mundo”.
Lo dicen propios y extraños y lo aseguran publicaciones tan prestigiosas como
Ubicada 184 kilómetros al noreste de San José, esta boyante meca turística era, hasta mediados del siglo pasado, un caserío entre montañas, habitado por unas cuantas familias.
Las imágenes del Monteverde de antaño se antojan impensables hoy, al observar el vasto desarrollo turístico que incluye todo tipo de magníficas edificaciones. Estas se mezclan con humildes y coquetas casitas de colores, que cumplen con un cometido vital: el rescate de la esencia del Monteverde antiguo.
Pero el pulmón de este paraíso, cuya oferta de novedosas atracciones sigue en aumento, es la espectacular riqueza natural de las 4.000 hectáreas que forman el área protegida de la Reserva Biológica Bosque Nuboso Monteverde.
Sin embargo, no todo son buenas noticias, pues al tiempo que
Casi como un grito de protesta, la conocida publicación escogió el bosque nuboso de Monteverde como uno de los 100 sitios que hay visitar antes de que uno muera o el lugar desaparezca.
El ránquin sitúa este tipo de bosque de nuestro país en el lugar número 38 del mundo.
El dato se publicó en una edición especial de la revista, donde se recopilan las mejores imágenes de los sitios que podrían desaparecer o cambiar radicalmente a consecuencia de los estragos que está sufriendo el planeta.
El reportaje describe a Monteverde como el hábitat de una multitud de animales y plantas, donde viven más de 100 especies de mamíferos, 400 tipos de aves y miles de insectos.
Explica que, si la temperatura del planeta continúa incrementándose, las nubes se elevarían a una altitud superior, lo cual impactaría “sustancialmente” a las especies que habitan en el bosque y este paraíso natural estaría amenazado.
“Para el año 2080, las precipitaciones en Costa Rica podrían disminuir entre un 5 y 10 por ciento y la temperatura podría aumentar en 2,5 grados centígrados”, señalan.
Por lo pronto, los habitantes de Monteverde trabajan arduamente para mantener el desarrollo en armonía con la naturaleza, que han venido propiciando desde hace años.
Monteverde es el distrito número 10 del cantón central de la provincia de Puntarenas y está ubicado en la sierra de Tilarán.
De acuerdo con información de la cámara de turismo local, la zona tuvo como primeros colonos a familias costarricenses que eligieron la agrestre región para instalar su hogar, allá por 1920.
A mediados de 1950, nueve familias cuáqueras, provenientes de Estados Unidos que llegaron al país en busca de un lugar pacífico, encontraron en este lugar lo que buscaban.
Para entonces, la región se denominaba Cerro Plano, pero los cuáqueros lo rebautizaron desde el momento en que avistaron la zona casi por accidente, cuando se dirigían a Guanacaste en busca del lugar ideal. Según los lugareños, desde las alturas, los nuevos colonizadores se refirieron al lugar como “ese bello monte verde”... y hasta la fecha.
Hoy, la zona concentra un sinnúmero de posibilidades de turismo ecológico y de placer. De hecho, la belleza del paisaje provoca en el visitante una especie de “amor a primera vista”.
En medio del imperante verdor y de todo tipo de coloridas flores silvestres que nacen espontáneamente a la vera del camino, se lucen las construcciones que le dan una identidad única al lugar.
Estas son una mezcla del estilo de los chalets de los Alpes suizos con las casitas levantadas en las faldas de los volcanes Turrialba e Irazú, aunque en Monteverde, el entusiasmo y el ingenio ha dado para mucho y los diseñadores empíricos y expertos se han dado gusto construyendo en todos los estilos.
Los lugareños se rigen por una filosofía “de surgimiento” muy particular, la cual los diferencia de otros destinos turísticos de Costa Rica, mayoritariamente liderados por extranjeros. Aquí, el lema es “Monteverde para los monteverdinos” y esto es un hecho en la práctica: puede afirmarse que el 90% de los negocios está en manos de locales, gente que “se quitó las botas de hule y se puso la camiseta de pequeño empresario turístico”.
Lo de “pequeño” es relativo, pues en Monteverde existen proyectos únicos en el país, como el
La oferta culinaria es amplia en lo típico y en lo internacional, así como la variedad de
Abundan también las alternativas de hospedaje: desde hostales que cuestan ¢5.000 la noche, hasta hoteles y chalets de cinco estrellas cuyos precios oscilan entre $200 (¢109.000) y $400 (¢218.000) la noche o más, según el paquete que el turista elija.
Las visitas guiadas a las reservas biológicas, los
El
Como corolario, se ofrece una degustación de quesos que pretende enseñar al visitante las diferencias entre los muchos tipos.
Lo cierto es que las posibilidades de exploración de Monteverde son realmente numerosas. No pueden faltar las visitas al Refugio de Vida Silvestre, así como cabalgatas ecológicas y las caminatas diurnas y nocturnas para explorar la riqueza de la flora y fauna de la zona.
El aporte de los cuáqueros –cuyos descendientes son parte vital de la sociedad monteverdina– es ponderado en todo momento por los líderes locales al hablar del “despegue” de Monteverde.
Pero también es cierto que los monteverdinos aprendieron bien las lecciones de los pujantes estadounidenses y por eso, el grueso del comercio está hoy en manos de lugareños.
Uno de esos pioneros locales es Johnny Guzmán Zamora, propietario de la Pizzería Johnny, que está entre los restaurantes más tradicionales –y prestigiosos– de la zona. “Tienen que ir a restaurante italiano que hay allí”, es la advertencia que se escucha al pedir recomendaciones.
La sorpresa inicial es que el propietario sea un lugareño que salió hacia la capital a la edad de 20 años solo para regresar con un título de economista agrícola bajo el brazo y, a partir de entonces, tomó la sartén por el mango, literalmente.
Tanto Muñoz como otros empresarios exitosos, empezaron de cero; experimentando, y así crecieron y se expandieron.
Hace dos décadas, convencido de que el desarrollo turístico allí sería una bola de nieve, Johnny decidió poner “una ventana” de venta de pizza, pues no había negocios de este tipo en la zona.
La historia es larga y jugosa, pero, en síntesis, esto fue lo que ocurrió: el trabajo le permitió adquirir experiencia como chef y empezó a crear sus propias recetas de pizza con ingredientes muy costarricenses.
Luego empezó a cosecharlos, poco después hizo una huerta y así nació un ejemplar modelo de turismo ecológico en armonía con la naturaleza.
Hoy el negocio, espacioso y elegante, produce absolutamente todo lo que necesita la cocina: desde el queso hasta el café y la granola. Incluso tienen un establo donde producen carne orgánica de res.
La filosofía de Muñoz, además de “cocinar con amor” es llevar lo mejor y más saludable de su finca hasta la mesa de los comensales.
Historias similares se repiten una y otra vez al hablar del crecimiento turístico en Monteverde.
Como la de Arnoldo Beeche Salazar, propietario de El Establo, el hotel más grande y uno de los más lujosos del lugar. “Mire yo soy muy franco para hablar. A mis 58 años, puedo decirle que el Monteverde de antaño, en el que yo me crié, era una montaña de quinta categoría. Vivíamos en condiciones precarias, muy pobres, sin poder satisfacer las necesidades básicas”. Y asevera que la conservación ecológica de la que se enorgullece hoy la región se debe, justamente, al desarrollo turístico.
“El aliado más grande que tiene la naturaleza es el desarrollo, obviamente el desarrollo sostenible. Pero si un pueblo no tiene esa alternativa lo que hace es destruir el bosque para sembrar y comer”, agrega Beeche, quien cuenta que el ostentoso hotel El Establo empezó siendo exactamente eso: un “puestico” de alquiler de caballos.
“Yo no creo mucho en que fuimos visionarios. En realidad, muchos vinimos a jugárnosla y a luchar por crear un destino turístico, y bueno, la cosa salió bien y el pueblo surgió”, reflexiona.
Treinta y siete años después de haberse “quitado las botas de hule” para probar con su pequeña caballeriza, El Establo es un emporio de 170 habitaciones y todos los servicios imaginables.
En todo caso, la oferta hotelera, con opciones de tres y cuatro estrellas, es abundante, así como la gama de restaurantes. El problema es, justamente, elegir.
La magnificencia también abunda en las alturas.
Entre las ofertas de
Se trata del Sky Trek, que, al igual que los negocios más boyantes del lugar, estáen manos de lugareños. Se le considera uno de los mejores de Latinoamérica.
Don Rodrigo Valverde, uno de los codueños, explica cómo la tecnología y el crecimiento del negocio permitió que el
Los más avezados tienen la opción de las cuerdas o el
Don Rodrigo dice sentirse muy orgulloso al ver la reacción que provoca en los turistas el espectáculo-aventura que ofrecen.
Si bien es cierto el ingenio, el trabajo y la inversión local y extranjera han hecho que hoteles, restaurantes, galerías, casas y todo tipo de negocios se luzcan con sus diseños exquisitos, también es verdad que hay una oferta turística más austera, con numerosos interesados.
El centro de Monteverde, Santa Elena, es un encantador pueblito lleno de contrastes. Ahí se mezclan edificaciones de madera de más de medio siglo de existencia con exóticos restaurantes; unos junto a los otros.
Igualmente, el crisol de personajes que pulula en las angostas pero acogedoras calles incluye desde el vendedor ambulante y el ama de casa que anda de compras, hasta el campesino más humilde, desdentado y bonachón; el mochilero extranjero y desaliñado y el turista clase A.
La vida social del centro se concentra, sin duda, en la famosa pensión Santa Elena, cuya sencilla fachada de madera la hace parecer una pequeña pulpería. Pero no. Se trata de una vieja edificación que se prolonga en un terreno interminable y cuenta con 34 habitaciones.
Las más baratas, con algunos sectores comunes compartidos, cuestan $7 (¢3.800) la noche. Otras de mayor tamaño y con un poco más de comodidades, pueden andar en los $17 (¢9.265) por persona.
El encanto del lugar está en su apariencia desenfadada: la figura de una Nigüenta yace junto al póster de un famoso
La nubosidad constante y la lluvia – que a veces no deja ver el sol durante el día– terminan de darle un aire idílico al sitio.
No faltan en el corredor la música encendida y con buen volumen a todas horas, y la escena de los turistas departiendo en hamacas y bancas improvisadas.
Desde ahí, quien así lo desee da inicio a su propia aventura selvática, sin guías ni
Diego Rodríguez, uno de los encargados de la pintoresca pensión, nos confirma lo que todos los demás lugareños dicen: “Monteverde ha sido, hasta ahora, para los extranjeros. Aquí pasa de
Para Arnoldo Beeche, este fenómeno tiene que ver con dos situaciones: por tradición, los nacionales tienden a buscar las playas cada vez que pueden irse de vacaciones, y posiblemente exista la presunción de que Monteverde, por su popularidad entre los extranjeros, es un destino muy caro.
“Eso no es así, aquí hay opciones para todo el mundo, tanto en alojamiento como en lugares para comer”, razonó Beeche.
Si de alternativas se habla, de nuevo volvemos al abanico que ofrece Monteverde para el visitante y que incluye
Uno de los más llamativos es The bat jungle (La jungla del vampiro), una enorme edificación que alberga varios ambientes en los que se simula el hábitat de los murciélagos.
Durante 45 minutos, expertos ofrecen el
Pero como en Monteverde todo parece estar diseñado para un disfrute sensorial interminable, al lado del edificio donde se hace este singular paseo, se ubica una espaciosa galería-chocolatería, donde son saciados los paladares con una espumosa bebida de receta tan deliciosa como secreta.
Por algo la casona pregona en su fachada que es “La casa del chocolate”.
Es evidente que, a partir de la década de 1990, los monteverdinos se dedicaron a pensar en grande, y lo lograron.
Pero además, su localismo se desborda, en el buen sentido.
Como dijo uno de los empresarios entrevistados al describir su hoy vistosísimo pueblo natal: “Definitivamente, Dios aquí sacó el ratito para hacerlo bien”.