Nunca practicó dos vicios al mismo tiempo. Su padre la previno sobre hombres y el alcohol, pero no le dijo nada de las mujeres y la cocaína. Fue más un personaje, que una actriz.
Tallulah Bankhead probó todos los excesos. Fumaba como una ramera; bebía como un marinero; organizaba fiestas que duraban días y solía pasearse desnuda para demostrar que era una rubia natural.
Su talento brilló en Broadway y en el West End londinense, hizo pocas películas y le divertía el cine. Eran los años 20 y ella encajaba a la perfección en esa década libertina y procaz.
Procedía de una familia de la élite demócrata de Alabama, donde nació el 31 de enero de 1902. Su padre, el senador William Brockman Bankhead, fue vocero del Congreso y un influyente político.
Hija de tigresa sale pintada. Adelaide, la madre de Tallulah, estaba comprometida cuando fue a comprar un vestido de novia en Alabama. Ahí conoció a William y dejó botado al novio. Se casaron en 1900. Un año después nació Eugenia y más tarde Tallulah, pero a las pocas semanas murió Adelaide. La niña era una cagafuego y hacía lo necesario para llamar la atención. Para calmar los ímpetus juveniles la mandaron a tres conventos diferentes en Nueva York y Washington, pero ese árbol no lo enderezaba nadie.
A los 15 ganó un concurso de belleza y se marchó a Nueva York a probar en teatro. En 1918 filmó
Una vez un periodista le preguntó qué habría sido de no ser actriz y respondió: “Dudaba entre madre superiora, puta o presidenta de los Estados Unidos. ¡Espero que pongas en tu libreta que habría hecho de maravilla las tres cosas!”
Por deslenguada su carrera se estancó y una tarde fue a consultar un astrólogo, quien le predijo que el éxito lo encontraría más allá del mar, aunque tuviera que irse nadando. No fue necesario. Se marchó a Inglaterra y ahí le dieron un papel en
En Londres actuó en 24 obras y las combinó con una vida de francachela, en la que hombres y mujeres entraban y salían por igual. Fue amiga de Lady Astor y de los monarcas ingleses. Estaba en esas cuando en 1931 los estudios Paramount la contrató porque el cine sonoro necesitaba mujeres, bellas, con buena voz, y la de ella era profunda, casi varonil.
Tallulah era una mezcla de Marlene Dietrich y Greta Garbo y según ella regresó a Nueva York solo por las ganas de “hacer el amor con Gary Cooper”, el mismo que la infectaría de gonorrea.
Gran parte de su vida la contó en un artículo que escribió en la edición del 25 de junio del 1951 de la Revista
La llegada de Tallulah a Nueva York solo fue comparable con la de María de Médicis a Marsella –el 3 de noviembre de 1600–, pero no había un Rubens para inmortalizarla. Filmó, sin pena ni gloria,
Solía llegar sin ropa interior al escenario y los compañeros se quejaban porque les mostraba la entrepierna, y no sabían si eso era un problema de vestuario o de peluquería.
El círculo de críticos de Nueva York le concedió un premio por esa película; filmó otra,
Para dar rienda suelta a sus instintos compró una casa estilo Tudor en Bedford Village, Nueva York, que llamó “Ventanas”, porque tenía 75. Se gastó un Potosí en la decoración, remodeló los jardines y construyó una enorme piscina, alrededor de la cual solía pasearse desnuda. En esa mansión vivió rodeada de mascotas.
Su provocativa forma de vida inspiró el personaje de Margo Channing, interpretado por su enemiga Bette Davis, en la película
En 1951 la estrella descubrió que Cronin había alterado la contabilidad en su beneficio y le birló unos $10 mil; Tallulah echó a la estafadora y el columnista de chismes Walter Winchell la felicitó por tomarse el asunto “deportivamente”, lo cual no le agradó al fiscal Frank Hogan, quien la animó a entablar un juicio.
Le fue horrible. El abogado de Cronin alegó que el trabajo de ella consistía en comprar “marihuana, cocaína, alcohol y sexo”, eso sin contar las revelaciones íntimas que hizo sobre la vida de la actriz. Al final se demostró la falsedad de los testimonios y la secretaria fue condenada y pidió clemencia a Tallulah.
Por ese tiempo pagó $30 mil a Richard Maney para que escribiera sus memorias, las cuales dictó mientras fumaba y tomaba botellas de whisky. El libro causó un
Años después Denis Brian y Jeffrey Carrier escribirían sendas biografías de la actriz:
Los años y el trajín pasaron la factura a Tallulah, que añoraba los tiempos en que podía lucir su cuerpo de odalisca sobre la tapa del piano, pero los efectos de la gravedad eran inexorables y sus pechos comenzaron a ir en la dirección opuesta a sus ideas. Por eso se puso implantes.
Malhablada como Carole Lombard; irónica como Mae West. Tallulah era un jíbaro y en lugar de boca tenía una cerbatana con dardos envenenados. Sus frases punzantes desollaban a quien se atreviera a destapar esa letrina.Al referirse a su vida disipada apostilló con su voz de lija: “Solo las chicas buenas escriben diarios, las malas no tienen tiempo.”
Una vez se enteró de que Bette Davis andaba esparciendo rumores sobre ella y advirtió: “Cuando la agarre le voy a arrancar uno a uno todos los pelos de su bigote.”
Solía contar que tenía tres fobias: “Odio ir a la cama, odio levantarme y odio estar sola”. Aparte de los hombres tenía fijación por las mujeres negras y se enganchó con dos celebridades: la actriz Hattie McDaniel y la cantante Billie Hollyday. Es más, fue la primera mujer blanca en salir en la portada de una revista para negros: Ebony, en 1952.
Al final de sus días Tallulah era solo una caricatura de sí misma. Fumaba unos 150 cigarrillos diarios y tomaba whisky por botellas.
Vendió su casa y compró un apartamento en Nueva York, para vivir solo con tres empleados y recibir la visita de jovencitos hasta el amanecer. Trasnochaba viendo telenovelas y se levantaba a las cuatro de la tarde.
Pronto llegaron las complicaciones de salud y el médico le diagnosticó un enfisema. Aún así, aceptó filmar dos películas
Se refugió en su departamento y solo salió en 1966 para un baile y en 1967 actuó en la serie televisiva
En diciembre de ese año contrajo fiebre asiática, no respondió a los antibióticos y fue internada de urgencia en el hospital St. Paul’Churchyard, donde murió.
Al día siguiente, el periodista Murray Schumach, de