6 noviembre, 2011
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Fue el marido de todas las esposas y el esposo de todos los maridos. Amante de Rodolfo Valentino y de Greta Garbo, era el sueño húmedo de miles de mujeres y la pesadilla viril de cientos de hombres.

La víspera del día de brujas, el 30 de octubre de 1968, un par de chulos callejeros, los hermanos Paul y Tom Ferguson, lo machacaron a golpes, lo torturaron, lo vejaron y dejaron su antiguo rostro de Adonis hecho un puré de carne y sangre.

Ramón Novarro, cuya belleza fue un amanecer en su propio día, murió ahogado en su propia sangre, con la garganta traspasada por un consolador de grafito estilo art déco, un recuerdo autografiado de Valentino, aseguró David Bret en Valentino, a dream of Desire.

El par de buscavidas acompañó al viejo actor a su casa, en Laurel Canyon –Hollywood–, para tener un ménage à trois que degeneró en un aquelarre cuya víctima propiciatoria fue Novarro, venido a menos desde hacía muchos años, pero con fama de tener dinero para pagar su devaneos eróticos.

Más que aventuras con un pisaverde, lo que deseaban Paul y Tom era robarle a la exestrella $5 mil en efectivo; en realidad solo lograron llevarse $45 que el anciano tenía en su billetera.

En el cuento El asesinato de Ramón Vásquez , de Charles Bukowski, se recrea el crimen de Novarro: “...agarró el bastón y empezó a atizarle en todas partes: en la cara, en el vientre, manos, nariz, cabeza, por todas partes, sin preguntar ya nada sobre los cinco mil. Ramón tenía la boca abierta y la sangre de la nariz rota y de otras partes de la cara se le metió en ella. La tragó y se ahogó en su propia sangre. Luego se quedó muy quieto y el batir del bastón tuvo muy poco efecto ya”.

Novarro tenía sus buenos ahorros, porque tras su retiro del cine, allá por la década de los 30 del siglo XX, había invertido sus fabulosas ganancias en bienes raíces.

La lengua sibilina de Louella Parsons aseguró en una de sus columnas en el New York Morning Telegraph, en 1923, que Novarro tenía ese año un salario de $1.250 semanales, con la posibilidad de incrementarlo a $4.000 o $5.000 al siguiente. El oráculo de la chismografía anduvo cerca porque en 1925, cuando filmó la segunda versión de Ben Hur, le pagaron $10.000 a la semana.

Era toda la plata del mundo pero así como venía se iba porque Novarro tenía dos vicios: la buena vida y los chavalillos. Ya era un reconocido homosexual en Hollywood, en tiempos en que el vicio nefando –a tono con San Agustín– era peor que la lepra.

Los publicistas de la Metro Goldwyn Meyer (MGM) trataron de maquillar la doble vida de su estrella más taquillera, incluso inventaron un romance entre él y Greta Garbo, durante la filmación –en 1931– de Mata Hari.

Ambos eran actores exclusivos de la MGM. Novarro dijo que Garbo “era todo lo que uno podría soñar. Además de hermosa es seductora, llena de misterio, con una lejanía que solo los hombres comprenden... ella ha prometido que nunca se casará.” La mutua simpatía de las dos luminarias fue menos por el supuesto romance y más porque la Garbo era lesbiana y el otro homosexual.

El divo

José Ramón Gil Samaniego nació en el lugar exacto para definir su destino: Durango, México. Tres años después de que en 1895 los hermanos Lumiére presentaran en París La salida de los obreros, técnicos de los estudios Edison filmaron la primer película en aquella ciudad mexicana y se llamaba, para variar, Un tren llegando a Durango.

El padre del futuro divo del cine mudo era dentista. Como a Pancho Villa, con sus charros y adelitas se le ocurrió liderar la revolución mexicana, el patriarca don Ramón tomó a su mujer Eleonor Gavilán, a sus 13 hijos, lió sus bártulos y se marchó –no a París como Manuelita la tortuga– sino a Los Ángeles, en 1916. Ramón tenía 17 años y era un Ganímedes.

Como el hambre ignora las vocaciones, el “mojado” hizo de todo: lavaplatos, mandadero, mesero, cantante, pianista, gerente, sonidista y al fin extra en una película de Cecil B. De Mille.

Por aquellos agitados días Alice Terry y su esposo, el director Rex Ingram, vieron el potencial del todoterreno de Novarro y lo promocionaron como el rival de Rodolfo Valentino, el primer latin lover del cine americano.

Catapultado por su papel de Rupert de Hentzau en El prisionero de Zenda, en 1922, Ingram le pidió que cambiara el apellido por uno más fácil de pronunciar y así pasó a Novarro; unos dicen que inspirado en su gran amigo Gabriel Navarro y otros en la ciudad española de Navarra.

Los contratos le llovieron merced a su porte, su voz, sus maneras y el donaire latino, de moda en la tierra de los sueños de luz y celuloide.

Fue el espadachín francés Andre-Louis Moreau, en Scaramouche de 1922; pero llegó al vértice de su carrera con el papel de Judá Ben Hur, en la segunda versión homónima del libro de Lewis Wallace. La tercera, y más conocida, fue la de Charlton Heston, en 1959.

La cinta, que costó seis millones de dólares en 1925, recuperó los tópicos de la primera –realizada en 1907 por el pionero del cine Sidney Olcott–: el accidente de las tejas, la adopción de Ben Hur por Arrio el tribuno y la celebérrima carrera de cuadrigas filmada en las playas de Nueva Jersey.

Y por si fuera poco en 1926 murió su álter ego, Rodolfo Valentino, y quedó solo en la arena para actuar en joyas como El príncipe estudiante; El pagano; Amantes y Mata Hari.

Su educada voz le permitió dar el salto al cine sonoro y le fue bien en la producción de musicales, uno de ellos El gato y el violín contenía la primera escena filmada en technicolor de tres capas. Un año después, en 1935, Becky Sharp o La feria de la vanidad sería el primer largometraje realizado a todo color.

Tras acabar su contrato con MGM probó como guionista, productor, director; pero comenzó a caer por la cuesta de la decadencia y el vicio. Fundó la productora RNS e invirtió 200 mil dólares en la película Contra Corriente, especie de homenaje a Rex Ingram.

En el crepúsculo de su carrera colaboró con su primo Julio Bracho en la película La virgenque forjó una patria, de 1942, donde interpretó al indio Juan Diego. Erró en el cine de clase B e hizo papeles pobres en series de televisión como El Gran Chaparral y Bonanza.

De su antigua gloria no sentía orgullo; en una ocasión le dijo al guionista y escritor de Films in review, Homer Dewitt Bodeen: “A excepción de El pagano, en la que solo canto... y algo de Canción de la India y de buenas partes de Feyder’s Daybreak –ciertamente la conclusión es– no me gustan mis películas.” Según Más allá del paraíso, una biografía del actor escrita por André Soares, la vida disipada lo arrastró al licor e incluso fue detenido muchas veces por conducir borracho.

En el juicio por un accidente vial dijo a los periodistas: “ La vida ya no tiene ningún significado para mí...”

La última noche

En el Hollywood conservador e hipócrita de su tiempo, Ramón Novarro no era homosexual, ni gay, ni siguiera “rarito”, era un maricón. A duras penas ocultó sus amoríos, entre ellos el que tuvo con Herbert Howe, conocido escritor de esos años; eso sin citar los revolcones con Valentino.

Más allá del paraíso abunda en los detalles que ocasionaron la indigna muerte de Novarro; describe el cruel escenario y las descarnadas declaraciones de los dos cretinos implicados y condenados a cadena perpetua por el crimen de un mito viviente.

Novarro era habitué de los servicios de prostitución homosexual en Los Ángeles; en una oportunidad contó a uno de esos jóvenes que haría una remodelación casera por valor de $5 mil.

Los hermanos Tom y Paul llegaron a la residencia del actor y sin decir agua va comenzaron su terrible tarea. Azuzado por el vino y la codicia, Paul tomó de los pelos a Ramón, lo zarandeó, lo obligó a cometer actos innombrables, lo vapuleó y arrastró hasta su habitación donde terminó de rematarlo con un navajazo en el cuello y una dosis de bastonazos.

Dejaron la casa patas arriba en su frenesí por encontrar los $5 mil, pero no hallaron nada. Mientras Paul trituraba a Novarro, Tom llamó a su novia por teléfono para contarle lo que pasaba. La policía localizó a la joven en Chicago y esta los delató.

Antes del juicio Paul, de 22 años, intentó convencer a su hermano, de 17, para que aceptara los cargos y a lo sumo recibir un año de prisión por ser un adolescente. El truco no resultó y ambos fueron juzgados y sentenciados a prisión perpetua.

El mayor de los Ferguson confesó: “ cuando Novarro me besó entré en pánico homosexual... estaba demasiado ebrio para ser civilizado. Reaccioné con mis niveles morales más primitivos... es lo que la sociedad te enseña... tras golpearlo me giré alrededor y me senté en el sofá”.

Además del cuento de Bukowski, el trágico fin de Ramón inspiró la brutal escena de un asalto casero en la película La naranja mecánica, de Stanley Kubrick; también La última noche de Ramón Novarro, del director Carlos Asorey.

Ramón Novarro fue el Narciso del cine mudo; quiso abrazar su imagen en el agua, pero el remolino de Hollywood se lo tragó, cuando dejó de serle útil, y pagó caro, como todos, el oropel de la fama. 1