20 noviembre, 2011
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Llegaron como águilas. Se fueron como gallinas. Así huyó de México la poderosa fuerza expedicionaria yanqui, que al mando del General de los Ejércitos John Pershing, fracasó en 1916 en su intento de capturar al quinto jinete del Apocalipsis: Pancho Villa.

Como Villa nunca estudió historia, ni fue a West Point, ignoraba que solo los canadienses durante la guerra anglo-americana, en 1812, osaron invadir Estados Unidos y quemaron Washington.

Pancho Villa no era ningún pendejo. El 9 de marzo de 1916 cruzó la frontera, llegó a Columbus en Nuevo México y con 500 hombres entró a galope y a punta de tiros hizo justicia, molesto por el apoyo gringo al presidente Venustiano Carranza.

¡Para qué lo hizo! El mandatario Woodrow Wilson montó en santa cólera, ordenó a Pershing, curtido en mil batallas y más tarde comandante en jefe de las fuerzas americanas en la Primera Guerra Mundial, que le trajera la cabeza de aquel zarrapastroso.

Este huyó a Chihuahua. Ahí anduvo a salto de mata mientras lo buscaban 12 mil soldados de infantería, caballería y marines; un batallón de artilleros y otro de aeroplanos, respaldados por un contingente de 150 mil efectivos, apostado en cada poro de la frontera.

Casi un año después tuvieron que retirarse sin haberle visto ni el sarape a Villa, quien hambriento, mal herido y con el ánimo en el cogote sobrevivió y acrecentó su leyenda: justiciero como Robin Hood, estratega como Napoleón y mujeriego como Don Juan.

Seis años más tarde, el 20 de julio de 1923, lo que no pudieron los extraños lo hicieron los de casa. Por encargo del Presidente Alvaro Obregón un equipo de sicarios descargó 150 balazos sobre el automóvil que conducía Villa, en el pueblo del Parral, y le pulverizaron el corazón.

Así murió un hombre que fue bueno, malo y feo. Bueno por carismático, talentoso y generoso. Malo, por vanidoso y obsesivo. Feo, por intolerante y cruel.

La sombra del caudillo

Apenas era un muchachito cuando murió su padre Germán Arango y se tuvo que hacer cargo de su mamá Micaela Arámbula y sus hermanitos, Antonio, Hipólito, Marianita y Martina.

Doroteo Arango, tal era su nombre, nació en el Rancho de la Coyotada –estado de Durango– en 1878. Su papá fue el hijo bastardo de Jesús Villa y dicen que de ahí tomó el apellido, para luego agregarle Francisco y labrar el hipocorístico Pancho Villa.

La leyenda suplantó a la historia, el mito al hombre, la verdad y la mentira se mezclaron para mostrar un ser plurifacético, a ratos sensible, en otras violento; altanero y sencillo; tan valiente como cobarde y que solo se conocía cuando descargaba el golpe, contó Friedrich Katz, autor de una biografía homónima.

De acuerdo con el escritor alemán, Villa es el personaje mexicano más conocido en el mundo, junto con Moctezuma y Benito Juárez.

Villa dictó su propia historia a Manuel Bauche Alcalde y en ella aseguró que la tragedia de su vida comenzó el 22 de setiembre de 1894, cuando tuvo que dispararle a su patrón, Agustín López Negrete, porque abusó de Martina.

“No le bastaba el sudor de sus siervos... el amo, el dueño de las tierras que por nuestro esfuerzo eran productivas y fecundas, necesitaba también de nuestras hembras...llevando su despotismo hasta la profanación de nuestros hogares” , dijo su biógrafo.

Huyó de la hacienda a la serranía; vivió de la rapiña y fue lobo del hombre, pero lo que robó lo compartió “con los pobres”. Quiso sentar cabeza y buscó trabajo en una mina; más tarde laboró como albañil pero de nuevo regresó a su vida de forajido y, allá por 1910, se matriculó con la Revolución Mexicana.

Chihuahua era un polvorín y detonó al grito popular de “¡Viva la revolución!, ¡Muerte a Porfirio Díaz!” el dictador que tenía décadas en el poder, liderados por el nuevo héroe: Pancho Villa.

Surgió así “el general invencible” que se dedicó, con su ejército de 40 mil dorados –como llamó a su tropa– al pillaje de trenes, bancos, comercios para repartir lo robado entre los miserables.

Fue el primero en la vanguardia y el último en la retirada; su audacia y astucia en la guerra la retrató el periodista John Reed, en México Insurgente, una crónica de esos aciagos años. La conquista de ciudad Juárez, utilizando un tren enemigo al estilo del caballo de Troya quedó en los anales militares, al nivel de Aníbal en Cannas.

Como gobernador de Chihuahua fortaleció la División del Norte, su ejército personal, reorganizó el estado, emitió moneda propia, redactó leyes, fundó escuelas, repartió tierras, nacionalizó empresas y rechazó la presidencia del país porque apenas sabía leer y carecía de educación.

Katz asegura que Villa nunca se apropió de las riquezas públicas, si bien le gustaba la buena vida y aceptó sin reparos el lujoso auto Packard que le regaló Lázaro de la Garza, su representante en Estados Unidos. Construyó y expropió casas para sus esposas y amantes; reconoció y apuntaló a todos sus hijos, amigos y cuantos le caían en gracia.

La decadencia moral del caudillo, según Katz, comenzó a partir de 1915 con la disolución de la División del Norte. Villa toleró la violencia, los fusilamientos masivos, la crueldad, el contrabando de armas, los asesinatos, la corrupción y el odio. Así manchó su leyenda blanca.

La pasión del centauro

“A la mujeres, ni todo el amor, ni todo el dinero” aconsejaba Pancho Villa. Bien lo sabía este Don Juan de la sierra, que según sus biógrafos tuvo 29 esposas y 25 hijos, de acuerdo con las cuentas de Francisco Martín Morenos en su libro Arrebatos carnales.

Entre cabalgatas interminables y el humo de los fusiles, quedaba un ratito para el corazón, pues Villa tenía tres grandes vicios: los buenos caballos, los gallos valientes y las mujeres bonitas.

Los más exagerados le endosaron 75 esposas, pero solo diez quedaron en la lista de la historia: Luz Corral, Juana Torres, Pilar Escalona, Asunción Villaescusa, Austreberta Rentería, María Amalia Baca, Manuela Casas, Soledad Seáñez, María Anaya y Guadalupe Coss.

Luz Corral fue la más fiel de todas: aceptó casarse con el caudillo y estaba preparada para el diluvio de queridas, amigas, compañeras, viudas e hijos que le cayeron encima.

Ella aceptó las reglas del juego mientras fuera la “esposa querida y respetada” según relató en sus memorias.

Aunque crió a varios hijos de Villa, para nada le gustó enterarse que el padrote de su marido se había hecho de otra esposa, Juana Torres, con quien vivía en Chihuahua, al tiempo que ella esperaba en El Paso mientras le construían una casa más cómoda. La verdad era que Pancho andaba de jarana con la tal Juana.

Soledad Seáñez describió a Villa como un amante apasionado y cariñoso, al punto que llevaba su retrato cerca del corazón hasta el día en que murió acribillado.

“Aquel montón de mujeres vivían enamoradas de Pancho, se morían por acostarse con él, por tener un hijo suyo o porque las mirara siquiera. Cuando le daba la mano a alguna o les dirigía la palabra, se alocaban toditas y causaban la envidia de las demás” escribió Rosa Helia Villa en la biografía novelada de su abuelo Itinerario de una pasión.

El chofer del general, Juan Carlos Caballero, reveló a la agencia EFE –cuando cumplió 108 años en un asilo de Monterrey– que “yo lo llevaba a visitar hasta cinco novias al día y tenía mucho aguante pa’las viejas.”

Este viejo socarrón contó detalles de la vida íntima de Villa; uno de ellos fue que dormía en un sitio diferente cada noche y ahí cambiaba de lugar hasta doce veces, por miedo a que lo asesinaran.

Pero justo por visitar a uno de sus lances amorosos, Manuela Casas, encontró la muerte. A las 8:30 del 20 de julio de 1923 conducía tranquilo su auto Dodge Brothers por la calle Juárez, en Hidalgo del Parral. Llegó hasta la Gabino Barreda y ahí, desde lo alto de las habitaciones 7 y 9, cuatro tiradores lo rociaron de balas.

El que a plomo vive, a plomo muere. Los restos de Doroteo Arango –Pancho Villa– fueron llevados al Hotel Hidalgo; maquillaron el cuerpo para los oficios fúnebres y fue enterrado sin mayores honras. Junto a él, lloraron Luz Corral y Austrebertha Rentería, unidas por el dolor y el amor al mismo hombre.

Pasaron los años. Una noche –en 1926– saquearon el sepulcro de Villa y le cortaron la cabeza al cadáver, para que el centauro no volviera a la vida y cabalgara de nuevo por los montes, los desiertos y las praderas vaciando su bandolera, como aquel bandido bueno que, donde ponía el pie, brotaba sangre.