Era una pícara de siete leguas. Llegaba todas las noches a su casa con una sonrisa de anuncio de pasta dental y un aire relajado. Encarnaba la felicidad absoluta y, si no hubiera sido porque su marido encontró accidentalmente su diario, habría sido el cornudo perfecto.
Su perdición fue la exactitud y el celo contabilista con que llevaba el libro mayor de sus canas al aire, que fueron muchas y que documentó con el esmero de un estadístico.
Mary Astor engañaba a su marido, el cirujano Franklin Thorpe, con el buenazo de su vecino, el dramaturgo y escritor de comedias George S. Kaufman, un pentatlonista sexual que siempre estaba listo para esos lances y dejaba sin aliento a la insaciable estrella, que describió en sus notas personales con pelos y señales sus correrías de alcoba.
Dios los cría y el diablo los junta; por algo Astor recibió –en 1941– el Óscar a la mejor actriz secundaria por su papel en
Astor poseía la serena belleza de una diosa griega y fue inmortalizada en un retrato de Rolf Amrstrong, en 1933, afamado pintor de actrices y modelos de Hollywood. Así quedó para la eternidad: cabello rojo ondulado, frente limpia, cejas delineadas sobre unos ojos café que atisban las profundidades del corazón; el conjunto del rostro revela una mujer tierna, ingenua y delicada, apenas para ser tocada por palabras muy suaves.
“Presionada por sus ambiciosos padres, a los 14 años participó en concursos de belleza y a los 17 debutó en el cine silente con
Lucile Vasconcellos Langhanke era su nombre real; nació en Quincy –Illinois– en 1906 y fue educada en la casa, donde aprendió a tocar piano y las buenas maneras de una señorita burguesa.
De poco le sirvieron los consejos maternos porque durante el rodaje de
Mary fue de las pocas divas que logró superar la barrera del sonido cinematográfico; educó la voz, aprendió a cantar, relanzó su alicaída carrera a partir de 1930 y compartió el cielo de Hollywood con santones como Frederich March, Humphrey Bogart y Clark Gable. Ya había sido pareja artística de Douglas Fairbanks, William Powel y Gilbert Rowland, para envidia de muchas.
En 1936, filmaba
Resulta que en el fondo de una gaveta de la cómoda, entre la ropita de encajes y tafetanes estaba escondido un librito encuadernado en cuero azul, con una letra primorosa color púrpura y que en 200 páginas contenía los devaneos de su –hasta ese momento– fiel mujer.
En
Malas noticias. El oscuro objeto del deseo de Mary era Kaufman, a quien conoció en el Hotel Algonquin de Nueva York una tarde que salió de compras para matar el rato.
Mary fue por lana y salió con un venado. El idilio tenía tres años, ocurría con el vecinito, en las propias narices del infortunado y solo Dios sabía si en su propia casa. ¡Bahh! Naderías de un marido celoso.
Bien lo decía Oscar Wilde: “No hay nada como el amor de una mujer casada. Es una cosa de la que ningún marido tiene la menor idea”.
Esa noche el cornudo esperó sentado a su mujer. La encaró. Le echó la retahíla. Se flageló moralmente y exigió la cabeza del amante, chorreando sangre y en bandeja de plata. Thorpe quería que el libro azul quedara, para siempre, en blanco.
Ella lo escuchó como quien oye llover y como buena mentirosa aceptó la verdad. Después escribió: “Durante varios días estuvo destrozado y al final sacó su último cartucho: te necesito, me dijo llorando”. En realidad, afirma Rafael Dalmau en
La mosquita muerta siguió con su idilio y Thorpe quiso vengarse y comenzó a salir con jovencitas; mientras, preparó la demanda de divorcio y amenazó a su pareja con quitarle a la pequeña Marilyn, la hija de ambos de apenas tres años, reseñó
Mary amaba a la niña y moderó sus lances; se fue a vivir aparte pero el médico se quedó con el diario y adelantó tropas: lo dio en canapés a las fauces de la prensa. El juicio de divorcio duró quince días en agosto de 1936, con los periodistas como caja de resonancia de los vericuetos eróticos de Mary y las cacerías nocturnas de Thorpe, con cuanta “starlet” se le atravesó.
De primera entrada los abogados del galeno presentaron como prueba de infidelidad el diario azul; el honorable juez Goodwin J. Knight le echó un ojo, arqueó una ceja y lo consideró un texto pornográfico y de carácter privado. Rechazó el legajo y más bien ordenó que fuera quemado en los hornos del juzgado. En 1952 varios oficiales supervisaron la destrucción del manuscrito.
Mary ripostó y sus defensores llevaron al estrado a la nana de Marilyn quien contó las discusiones enfermizas del ofendido y Norma Taylor, una buscona que vivía con Thorpe y andaba por la casa con las uñas pintadas de rojo, como único vestuario. Según la doncella, Taylor y otras rubias dormían en la habitación del señor.
La prensa describió, según el diario azul, el encuentro furtivo entre Astor y Kaufman, tras varios días de no verse: “Me recibió en pijama y caímos uno en brazos del otros. Se excitó en un instante. Nadie me había quitado la ropa tan rápidamente. Fue maravilloso hacer el amor toda la tarde”.
Lo que faltó de escribir el público lo rellenó con su imaginación y como a una perra flaca que se le pegan todas las pulgas, salieron a relucir todos los amoríos de Astor, desde que fuera la querida de Barrymore –a sus inocentes 18 años– y la dejaran botada para casarse con Dolores Costello.
Las lúbricas frases de Astor pasaron a ser parte del folclore nacional: “¡Ah!, las noches en el desierto”; “Lo vi y me desplomé como una tonelada de ladrillos.”; “¡Lo pasamos de locura!”; “Tenía años de no manosear un hombre en público.”
Tras la ordalía la diva ganó el juicio, recuperó la patria potestad de su hija, la casa, una renta de $60 mil y más bien el público asumió las andanzas sexuales de Mary como parte de un novelón periodístico.
Le llegaron mejores papeles; filmó con Humphrey Bogart
Thorpe pasó a engrosar la lista de sus exmaridos. El primero fue Kenneth Hawks, quien se mató en 1930 en un accidente de aviación; el tercero fue el montador cinematográfico Manuel del Campo y por último el empresario Thomas Wheelock, con el que vivió diez años de 1945 a 1955.
Una vez liberada de sus infelices matrimonios, del alcoholismo y de la depresión descubrió, muy tarde, el verdadero amor de su vida: la escritura. Publicó cinco novelas y dos autobiografías:
Según la nota necrológica de
Al morir debió haber tenido una enorme sonrisa, al recordar aquellos locos años de juventud y antes de cerrar sus ojos al ayer leyó en el infinito lo que un día escribió en su diario azul: “¿Acaso alguna mujer fue más feliz que yo?”.