Caras vemos, corazones no sabemos. Era el caballero perfecto. Atildado. Fino. Circunspecto. Pero en el desván de su alma habitaba un ser frío, astuto, perverso y perturbado.
Sus amigos fueron la aristocracia del terror clásico: Bela Lugosi, Drácula; Boris Karloff, Frankenstein; Lon Chaney Jr., el hombre lobo. Una trilogía de espanto, que aún produce escalofríos y eriza la piel de los hombres más hombres.
Lionel Alfred William Atwill, conocido como
El
Aquel hombre culto que se envanecía de comprar obras de arte, con los estipendios de sus filmes, escondía un demonio lascivo de voz meliflua y estudiadas poses.
Las víctimas de sus nefastos encantos fueron las mujeres. Según él: “Todas aman al hombre que temen y son como gatitos. Lo que desean es un sillón mullido junto al fuego, delicadas tazas de leche, ocio perfumado' ¡Y un amo!”
Su desbordado libido fue la causa de su caída. Una orgía organizada en su mansión de Malibú, en la Navidad de 1940, lo precipitó al averno de la prensa sensacionalista y lo arrastró por los estrados judiciales, terminando en el lodo del descrédito y desterrado al inframundo de las películas de tercera categoría. “¡El monstruo estaba muerto!”, señaló Rafael Dalmau en
Lionel nació en Inglaterra, en 1885, en un hogar acomodado cuyos padres lo impulsaron a cursar la carrera de arquitectura; pero él prefirió la tablas y la vida bohemia del teatro, llegando a interpretar obras de Henrik Ibsen, William Shakespeare y Bernard Shaw, cuenta el libro
A los veinte años gozaba de buena experiencia artística y decidió irse de gira a Estados Unidos. En 1915 ya era conocido en Broadway donde fue protagonista en el montaje de una pieza inspirada en Jack el destripador –célebre asesino en serie en el Londres de fines del siglo XIX–. Sus personajes eran todos retorcidos. El de
Para 1931 ya tenía una carrera consolidada en el teatro, sobre todo con
En plena depresión económica los norteamericanos preferían ir al cine –a rumiar sus amarguras– más que gastar los pocos centavos en comida o pagar cuentas. De ahí el éxito de
Warner Brothers hizo clavos de oro con estos temas y aprovechó el aire aristocrático de Lionel para dos filmes emblemáticos:
La escena cumbre de esta última marcaría el clisé de todas las películas de terror venideras; Fay Wray, experta en alaridos histéricos, intenta huir del maligno Atwill y presa del horror desgarra con sus uñas el rostro de su enemigo y deja en carne viva la cara oculta del monstruo. Presagio sin duda de la faceta oculta de Lionel: ángel y demonio.
Atwill pasó por todo el repertorio de figuras asesinas: doctor chiflado en
Los matices de su voz eran la delicia de los guionistas, porque recitaba los diálogos con unas entonaciones siniestras y perfectas.
Anger comentó que aparte de lunáticos, depravados y dementes, Atwill interpretó personajes más serios como el discreto don Pascual, amante nada menos que de Marlene Dietrich en
La vida sentimental de Lionel era tan enrevesada como sus personajes. Se casó cuatro veces. Phyllis Relph fue la primera en 1913, con ella tuvo un hijo –John Anthony quien murió en la guerra–; le siguió Poppy Wyndham, con la que duró ocho años. Ella le salió bastante casquivana, ya que la sorprendió “in fraganti” con su favorito, Max Montesole.
Tras su divorcio logró pescar a Henrietta Louise Cromwell Brook MacArthur, una exquisita
Louise y Lionel eran una pareja de fantasía. Ella descendía de Oliver Cromwell, regicida del siglo XVI que mandó a decapitar a Carlos I y abolió la monarquía inglesa.
Más allá del dinero, la alcurnia, la fama y las amistades lo que unía a Lionel y Louise era el desenfrenado apetito sexual y el gusto por lo exótico y las relaciones peligrosas, explicó Anger.
Recién casados tuvieron su primer berrinche a causa de Elsie. ¡No! No era ninguna corista, ni
Ante las preguntas de un reportero sobre gustos tan prosaicos y como esto afectaba a su mujer, les dijo: “ Todas las mujeres besan la mano que las somete. Yo no soy de los que las tratan con dulzura.”
Tanta misoginia acabó con la relación y Louise dejó tirado al marido y se marchó a buscar vida en Washington, donde condujo un popular programa de radio especializado en sátira política, llamado
Después que Louise alzó vuelo, Lionel quedó a sus anchas en su fastuosa casa de Malibú, comprada a instancias de su amigote James Whale, aficionado a perseguir y desnudar chiquitos.
Lionel se refugió en la mansión junto a Elsie (la pitón), una docena de lujuriosos perros, una guacamaya llamada “Cópula” y todos los fines de semanas lo visitaba una horda de jovencitas dispuestas a regalar sus encantos a cambio de una oportunidad en la tierra de la fantasía, describió Dalmau.
Para su desgracia, Atwill organizó una velada artística en los primeros días navideños de 1940 inspirada en antiguos ritos pre-cristianos, llena de extravagancias, con un pianista ciego que tocaría
Al ritmo de Strauss los convidados quedaron en cueros, tapados púdicamente con sus joyas.
Algunos contaron que Lionel tenía una piel de tigre para el desfogue de los sentidos, alimentados visualmente con la proyección de películas pornográficas, entre ellas
Días después de la
Resulta que Sylvia estaba en “estado de buena esperanza” y no sabía cuál de todos los invitados era el padre de la criatura. Las dos damas amenazaron a la estrella con montar un escándalo y sacarle hasta el último centavo.
El caso se fue a los tribunales y Atwill tuvo que declarar y jurar que nunca, bajo ningún concepto, había proyectado películas porno o hubiese realizado algo indecoroso en esa fiesta, que al final resultó ser –según los testigos– una
La dignidad, compostura y profesionalismo de Atwill lo salvaron por los pelos de una condena por violación y corrupción de menores.
Al cabo de un año volvió la pesadilla. El tal Carpenter, enojado porque le había ido mal y nadie le echó una mano, decidió “abrir el pico” y contó al fiscal la verdad de lo que ocurrió esa noche, acompañada de una lista de los asistentes y todos los detalles escabrosos acontecidos.
De esta no escapó Atwill. Fue acusado de perjurio, mentir deliberadamente a un juez y finalmente, fue condenado el 15 de octubre de 1942 a cinco años de libertad vigilada, bajo la severa mirada de la Brigada contra el vicio.
Si bien Lionel apeló la decisión y al final fue exonerado de todos los cargos, su carrera quedó destruida. En Hollywood le dieron un portazo y como un paria acabó sus días en Nueva York, filmando películas de ínfima categoría, como la serie
La muerte le llegó en 1946, disfrazada de neumonía. De un manazo cegó aquellos ojos satánicos y apagó la maligna voz que provocó tanta zozobra, pero también tanta ilusión.