Los cuatro hornos del campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau, en Polonia, cremaban 720 cadáveres por hora; 17.280 al día y en las fosas aledañas se “procesaban” 8 mil más, en un alarde de “productividad” nazi.
Del genocidio sistemático contra judíos, cristianos, gitanos, enfermos y todo el que no fuera ario, Leni Riefenstahl no vio nada, no escuchó nada y no le contaron nada, ella fue solo una cineasta que buscaba la belleza y la perfección. Arte puro.
Amiga íntima de Adolfo Hitler, de Joseph Goebbels y de otros nombres que pronunciados en el infierno producen escalofríos, Leni ofrendó su talento cinematográfico en el altar del Tercer Reich, que iba a durar mil años, pero no llegó ni a la docena.
Anna María Sigmund, en
Balletista fracasada, actriz depurada y directora excelsa fue compinche de Goebbels, quien le hizo el pasillo para que produjera filmes de propaganda fascista sin límite de gastos y de creatividad.
Su vida fue un largometraje. Vivió 102 años, 60 de los cuales los pasó acosada y procurando borrar las huellas de un pasado maldito.
Fue la nazi que se negó a morir. Sobrevivió al hundimiento del Reich, los Aliados no pudieron condenarla a la horca pero la mandaron tres meses a un hospital siquiátrico para “desnazificarla” con electrochoques. A los 97 años, cuando rodaba un documental autobiográfico, su helicóptero se estrelló en África y se rompió varias costillas.
Cuando cumplió 100 años dijo a la revista alemana
¡Qué vida tan apurada! A los 21 había sido bailarina, a los 24 actriz; a los 29 fotógrafa y directora de cine y a los 34 años alcanzó el climax profesional. A la edad en que otros languidecen en un asilo, Leni tomó un segundo aire. A los 60 años viajó a Sudán en busca de la tribu de los Nuba; a los 72 aprendió a bucear; a los 80 escribió sus memorias; a los 90 era paracaidista y se dio el lujo de tener un amante 40 años menor que ella.
Maldecida y admirada en partes iguales. La revista
El connotado guionista Budd Schulbert la entrevistó en 1945 tras ser arrestada por el VII Ejército Norteamericano y demostró que mintió cuando alegó ignorar los excesos del nazismo. Según ella hizo todo lo que Goebbels quería por miedo a ser enviada a un campo de concentración, pero Shulbert le preguntó por qué iba tener miedo a un lugar que según ella no existía.
El acta de ese interrogatorio militar afirmaba que Leni “nunca comprendió, ni comprende ahora que su arte dio expresión a un régimen espantoso y contribuyó a su glorificación.”
“Siempre anduve en la búsqueda de lo insólito, de lo maravilloso y de los misterios de la vida”; así empieza la biografía de Riefenstahl, una mujer polémica que innovó el arte cinematográfico y aún hoy el cine digital se beneficia de sus aportes.
Durante medio siglo mantuvo una guerra de trincheras con sus enemigos, que nunca le perdonaron ser la única directora capaz de hacer palidecer a sus rivales masculinos del sétimo arte.
A pedido expreso de Hitler dirigió dos emblemáticos documentales:
Con el apoyo de la maquinaria de Goebbels demostró su talento detrás del lente. En
El cineasta René Clair recordó que el presidente Franklin D. Roosevelt vio el filme y comentó: “No exhiban esta película. Consérvenla, pero no la muestren. Si el público llega a verla, quedará convencido de que los nazis son invencibles. Es una película que desmoraliza nuestro esfuerzo bélico.”
“Los efectos especiales ideados por la directora todavía influyen en el cine documental; el movimiento de masas fue al estilo de Hollywood y al final editó un libro que contenía 16 fotos de Hitler y 37 de ella” según Sigmund.
Lo mismo sucedió con su cinta sobre las Olimpíadas de Berlín. Grabó 400 mil rollos de película con encuadres jamás vistos; sus imágenes se movían a veces con lentitud, en otras aceleraban y en unas daban marcha atrás como si fueran un ballet.
Su equipo fílmico lo componían 60 personas. Ordenó excavar fosos para hacer tomas desde el piso y captar los cuerpos atléticos. Utilizó un dirigible para vistas panorámicas. Un técnico inventó una cámara para grabar desde el agua los saltos desde el trampolín. El trabajo de montaje duró casi dos años.
El estreno de Olimpia fue el 20 de abril de 1938, justo el día que Hitler cumplía años. ¡Qué maravillosa coincidencia!
Voluntad de hierro, dura, ambición ardiente y multiplicidad de intereses jalonaron la vida de Leni, nacida en Berlín en 1902.
Era tan inquieta que los pasajeros del tranvía en que viajaba con sus padres, rogaban a estos para que callaran aquella niña que parloteaba sin cesar.
Desde los cuatro años mostró sus talentos artísticos; fue la mejor estudiante de secundaria en matemática, gimnasia y dibujo. Llevó en secreto clases de ballet, se rompió tres veces el tobillo y mientras se reponía de una de tantas lesiones ingresó, para distraerse, a una función de cine que le cambió el rumbo a su vida.
Tuvo como maestro al célebre director Luis Trenker con quien debutó como actriz en
Superada la etapa de actriz dirigió
Ese año conoció a Hitler; más tarde pasó un fin de semana con él en el Báltico y este le encargó filmar
Meses antes del final de la Segunda Guerra Mundial se casó con Peter Jacob, un capitán de los cazadores de montaña, notoriamente infiel y cuya correrías eran bien conocidas por Leni, que se lo aguantó a duras penas.
Al final de la guerra sus bienes fueron confiscados, vivió en un cuartucho junto a su madre, se divorció de Jacob, le prohibieron ejercer su profesión y el resto de su vida afrontó 50 juicios que fallaron al intentar demostrar su pasado nazi.
Cansada de ser una paria se marchó a Sudán en busca de los Nuba, unos negros con cuerpos esculturales cubiertos solo con ceniza, que revivieron los viejos demonios de una raza superior. En los preparativos de esa expedición conoció a Horst Kettner, un camarógrafo 40 años menor que ella y se convirtieron en inseparables compañeros.
Vital y atractiva, de ojos y manos en perpetuo movimiento; coqueta y despierta celebró sus 100 años en medio de un escándalo por negar el Holocausto y una demanda por haber utilizado esclavos gitanos como extras en su película
En el ocaso de sus días encontró nuevos retos en los deportes subacuáticos y tomó impresionantes fotografías de la flora y la fauna marina para producir Impresiones bajo el agua.
Jodie Foster, Steven Spielberg y hasta Madonna mostraron interés en llevar la vida de Leni al cine, y darle el puesto que merece como una de las mujeres más extraordinarias del siglo XX.
Leni Riefenstahl fue una mujer marcada, temible como una cruz gamada, una siniestra vestal del Tercer Reich y una proscrita que vivió entre la fama y la verguenza.