21 agosto, 2011
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Todos tiemblan. Aún bajo tierra es una mala muerta. Se agita y amenaza con volver y empezar otra vez. Sola, convertida en una huérfana de 88 años, amargada y artrítica, dependiente de la morfina y clavada frente al televisor –por miedo a los fantasmas pasados– acabó sus días la mujer que enseñó a las otras a vestir libres y ligeras.

A punta de hilo, aguja y tijera Gabrielle Bonheur –Coco– Chanel tejió una historia de folletín que comenzó en un orfanato francés en 1883, siguió en un conventillo, pasó por un cabaret y creció en las alcobas de todo aquel que fuera útil a su orgullo y ambición.

En noviembre de este año saldrá a la venta Coco Chanel: una vida íntima, de Lisa Chaney, una biografía que levantará más de una ceja al revelar detalles insospechados de la modista que cambió el siglo XX con sus ropas y su perfume.

“Una abierta actitud hacia la bisexualidad, un affaire con Salvador Dalí y otro aún más sonado con un alemán del que se sospecha fue espía nazi” son parte de los jugosos aspectos del libro, según lo que ha declarado Chaney.

Agradable sin ser bella, menuda, pelicorta y con un carácter ácido, Coco transformó el armario de las encopetadas damas europeas, quienes pasaron de usar un vestuario estilo acorazado Potemkin, a uno más sencillo y cómodo, menos recargado y con un alto grado de distinción.

Chanel sacó a los modistos y costureras del taller para colocarlos bajo los focos del glamour y tutearse con sus acomodados patronos, acostumbrados en esos años a tratarlos como seres anónimos, apenas capaces de tomar medidas y coser sus encargos.

La lista de sus clientes era un tratado de astronomía: Brigitte Bardot, Marlene Dietrich, Katherine Hepburn, Jackie Kennedy, Elizabeth Taylor, Grace Kelly, Gloria Swanson y Marilyn Monroe; esta última duplicó las ventas de Coco al decir que para dormir solo se ponía unas gotas de Chanel No.5, el ícono de los aromas que inventó en 1921.

Su círculo de amistades incluía literatos, poetas, bailarines, artistas y aristócratas. Igor Stravinsky, Sergei Diaghilev, George Bernard Shaw, Jean Cocteau y hasta el Segundo Duque de Westminster, Lord Grosvernor. De este fue amante pero él la cambió para casarse con la núbil y fértil Loelia Mary Ponsoby; enterada del desplante la modista espetó: “Hay muchas duquesas de Westminster, pero solo una Coco Chanel.”

Deslenguada y punzante, nunca escribió sus memorias pero dejó un enorme legajo de entrevistas para que sus biógrafos rastrearan los avatares de su vida, desde que nació el 19 de agosto de 1883 en el hospicio de Saummur, Francia hasta que murió de vieja, el 10 de enero de 1971, en su lujoso apartamento del Hotel Ritz.

Blanco y negro

A Gabrielle Bonheur Chanel la apodaron Coco; unos dicen que era el apelativo cariñoso de sus tías, otros lo remiten al nombre de una canción que interpretaba cuando fue cabaretera en 1905; sus enemigos afirman que el mote deriva de “cocotte”, es decir: mantenida.

¡Qué importa! Coco odiaba su miserable origen; procuró maquillar su pobre pasado como hija de un verdulero de carretón y una lavandera que murió de tuberculosis cuando ella tenía 12 años.

“Quería suicidarme. Durante mi infancia solo ansié ser amada. Todos los días pensaba en cómo quitarme la vida, aunque en el fondo ya estaba muerta. Solo el orgullo me salvó”, confesó una vez Chanel.

Como buena modista tejió una trama de mentiras y cuentos para enterrar los años que pasó en el orfanato donde la tiró el padre, junto con sus cuatro hermanos.

El abandono paterno, la muerte de la madre y la soledad espiritual marcaron el desprecio que ella tuvo hacia la vida, relató Edmonde Charles-Roux en El siglo de Chanel. Según el libro, Coco detestaba a la familia: “No me gusta. Se nace en ella pero no con ella. No conozco nada más espantoso que la familia.”

Ese odio lo tradujo la diseñadora en una feroz lucha por liberar a la mujer de los rígidos guardarropas de la Belle Epoque; durante los años 20 y 30 del siglo pasado cambió el mundo femenino a golpe de tijeras y dejó el arco iris con dos colores: blanco y negro, según lo explica Inmaculada Arrea en La revolución de un estilo.

Recortó las enaguas para enseñar las pantorrillas, desplumó sombreros, impuso los pantalones reservados solo para los hombres, diseñó chaquetas sin cuello y suetas flojas; inventó la bisutería, carteras y bufandas, recortó cabellos a la garconne y creó el perfume más célebre de la historia: Chanel No.5.

Por aquellos años, Coco era el “stupor mundi” de la moda europea; aunque ya era una rica empresaria decidió incursionar en el promisorio negocio de los aromas femeninos.

Ella buscaba el Santo Grial de las fragancias. Como Jean-Baptiste Grenouille –el personaje de la novela de Patrick Suskind– buscaba un olor fresco y duradero que sintetizara la esencia de la mujer.

El origen de Chanel No.5 es mitológico. Cierto día de verano Coco andaba de vacaciones en la Costa Azul con su amante de turno, el gran duque ruso Dimitri Pavlovich. Ahí conoció a Ernest Beaux, quien fuera el perfumista de la triste casa real rusa de los Romanov.

Beaux aceptó el reto de la modista y después de varios meses le presentó diez muestras, numeradas del uno al cinco y del 20 al 24. Coco las aspiró y escogió la número cinco, que contenía un líquido dorado mezcla de jazmín, rosas, sándalo y vainilla. Ese olor la llevó de su anodina vida en el convento hasta la lujosa existencia de una amante, cuenta Justine Picardie en La vida secreta de Coco Chanel.

Sin un amor

Coco Chanel tuvo muchos amantes, pero ningún marido. Cuando las mujeres solo tenían dos caminos, casarse o ser unas mantenidas, ella utilizó el segundo para abrirse paso por otro: trabajar.

La pícara campesina que a los 17 años entró a un convento donde las monjitas le enseñaron a coser, pronto traspasó la débil línea que separaba a una dama de una cortesana.

Con la ayuda de su talento y de los hombres que la rodearon arrancó una cruzada para convertirse en el fénix de la moda. Tras dejar el convento y un breve paso como vendedora de tienda, entre 1905 y 1908 probó suerte como cantante en un cabaret, sin mayor éxito debido a que carecía de buena voz y el plante no le ayudaba: ojos negros, bajita, enjuta, pálida y con un carácter endemoniado.

En esos menesteres conoció a Ettienne Balsan, un chulo que prefería los caballos a las damiselas pero que enloqueció a la provinciana. Pasó unos meses con el vividor y pronto se fugó con el gran amigo de Balsan, el millonario judío Arthur –Boy– Capel quien le ayudó a establecer su primera tienda de sombreros que llamó: Chanel. Capel terminó casándose con la hija del barón de Ribblesdale y mantuvo a Coco como amante, hasta que el pobre se mató en un accidente vial.

Ella pronto conoció al duque Dimitri, un noble moscovita venido a menos que huyó de la policía rusa por participar en el asesinato de Rasputín. De nuevo fracasó porque este se hizo el ruso y se casó con la millonaria norteamericana Audrey Emery.

Suerte no le faltaba a Coco, puesto que conoció al Segundo Duque de Westminster, quien le propuso matrimonio en 1931. El asunto se complicó porque si Capel buscó una mujer de la nobleza y Dimitri una millonaria, el inglés quería un heredero; lamentablemente Chanel era estéril, puntualizó Noel Cowärd en su libro Vidas Privadas.

Casi a los 49 años conoció a Pablo Iribarnegaray, dedicado a las caricaturas y quien fue el amor de su vida. Todo iba bien hasta que al vasco se le ocurrió morirse de un infarto y Coco volvió a quedar sola, esta vez para siempre.

Lisa Chaney revela que Chanel fue amante de un misterioso alemán, Hans Gunther von Dincklage. Este era 17 años más joven que ella y vivieron momentos apasionados en París; Coco le decía “gorrión” a Hans, pero este más bien era un soplón que pronto la conectó con Theodor Momm, un oficial nazi que supervisaba las producciones textileras francesas.

Un artículo del periódico alemán Der Spiegel aseguró que Momm le propuso a Chanel un plan para persuadir a Winston Churchill y negociar un acuerdo secreto de paz con los disidentes opuestos al Tercer Reich, antes de que la tropas rusas entrarán a Berlín al final de la Segunda Guerra.

Esas sospechosas relaciones políticas y amorosas llevaron a Coco al exilio en Suiza y a estar varios años alejada del mundo de la moda.

Solo regresó en 1954 para enfrentarse a Christian Dior y rescatar el trono de París, rehízo el imperio Chanel e impuso de nuevo su estilo en las calles.

Pero el tiempo no pasó en balde. Tenía 71 años, estaba avejentada, lucía maquillada como un maniquí del cine mudo, sus fracasos sentimentales la amargaron y despotricaba contra todos.

Terminó refugiada en su habitación del Hotel Ritz, solitaria como en el hospicio de Obazine y atemorizada por el ayer. Según sus declaraciones “me horroriza ir a acostarme. Hace diez años que no me han besado en la boca.”

Su despótico reinado sobre la moda fenecía y urdía fantasías sobre un padre tierno y cosmopolita, amorosas tías acaudaladas, mansiones campestres, lánguidas tardes de piano, vino y rosas.

A las nueve de la noche del 10 de enero de 1971 solo su empleada la escuchó decir: “Así es como se muere”. Millonaria y célebre, amiga de todo el que era alguien, ninguno de ellos acudió a su funeral en Lausana. Así pasa la gloria del mundo.