Cinco emparedados y un termo con café. Treinta y tres horas y media de viaje. Como un águila solitaria atravezó 5.800 km. de neblina, borrasca y agua. París era una fiesta; rodeó la Torre Eiffel y aterrizó en medio de una muchedumbre frenética, en el aeropuerto de Le Bourget.
Eso le bastó para ser la primera celebridad del siglo XX. A su regreso a Nueva York recibió 3.5 millones de cartas de sus admiradores, que apodaron “Lucky” alsuertudo Lindy. Era Charles Lindbergh, el piloto del Espíritu de San Luis, quien entre la madrugada del 20 de mayo de 1927 y el atardecer del 21 viajó, sin escalas y por primera vez solo, entre Nueva York y París, como destacó el
Apenas tocó tierra americana su amigo, el archimillonario Harry Guggenheim, le organizó un “tour” por 92 ciudades, pronunció 147 discursos y participó en más de 2.000 km. de desfiles. El baño de multitudes continuó con una gira de buena voluntad por América Latina.
El viaje de Lindbergh influyó en áreas que poco tenían que ver con los vuelos; ese fue el caso del cine sonoro, que aprovechó la hazaña del aviador para presentar, en el Teatro Roxy de Nueva York, la película con el despegue del monoplano y –en junio de 1927– proyectó la multitudinaria bienvenida al piloto.
Lindbergh fue un pionero y un visionario que cambió la historia de la aviación, desde las primeras aeronaves de madera hasta el impulso que dio a las investigaciones de Robert H. Goddard, para el desarrollo de los misiles, los satélites y los viajes espaciales.
También fue un fecundo escritor y ganó el Premio Pulitzer en 1954 con su obra
Durante su “tournee” por América Latina, conoció en México a Anne Morrow, hija del embajador norteamericano y se casaron. En 1930 tuvieron a su primer hijo: Charles Augustus Lindbergh Junior, que sería su mayor alegría y tragedia.
Cuando Charles apenas gateaba, ya los hermanos Orville y Wilbur Wright hacían piruetas en el aire con un remedo de avión; a los ocho años vio al “atarantado” de Lincoln Beachey hacer rizos en el aire y comprendió que el cielo era el límite y él sería su dueño.
Creció en la granja de sus padres, Charles August y Evangeline Lodge. Ninguna cigueña lo trajo de París a Detroit –Michigan–, el 4 de febrero de 1902. El papá era congresista y la mamá maestra de química. Merodeó por 11 escuelas diferentes y en una carta –de 1922– su padre afirmó que era “negligente” y un “estudiante mediocre”.
Con el título de ingeniero mecánico bajo el ala se matriculó en una escuela de aviación; con valor y temeridad hacía acrobacias sobre las alas de los aviones, se lanzaba en paracaídas y por cinco dólares daba un “vueltín” a los aventureros, relató él mismo en
A empujones juntó $500 y en 1923 compró un Curtiss JN-4 que apodó “Jenny” y trabajó para una compañía aérea de Nebraska; tres años después repartía el correo entre Chicago y San Luis.
Tal vez, en esas solitarias travesías pensaba en “ocurrencias” y concibió la audaz idea de cruzar de un continente a otro, solo. Años atrás el capitán John William Alcock y el navegante Arthur Whitten, a bordo de un bombardero modificado, cruzaron el Atlántico desde Terranova hasta Irlanda, entre el 14 y 15 de junio de 1919, según la
Lindbergh parecía más un albatros, –por lo larguirucho– que un águila, pero se lanzó en picada tras su sueño y para' ganarse los $25 mil que el magnate Raymond Orteig ofreció a quien volara directo de París a Nueva York o al revés. Muchos lo intentaron y yacen en el fondo marino.
A él lo trataron de orate y le costó financiar el proyecto; aportó dos mil dólares de su bolsillo para diseñar y construir el monoplano que lo elevaría a la gloria.
De inmediato la prensa vio una veta noticiosa y siguió los pormenores del plan con altas dosis de sensacionalismo. Al fin, rodeado de curiosos y periodistas que esperaban verlo derrumbarse, la nave despegó del aeródromo Roosevelt de Long Island al amanecer del 20 de mayo de 1927. Salió como quien va a la esquina a comprar el pan: sin radio, sin paracaídas, con unos mapas recortados, una silla de mimbre por asiento, desvelado por la emoción y muerto del susto por la espesa neblina y la pertinaz lluvia, tal como lo describió en
En la biografía de Scott Berg,
La fama y la fortuna velaban su sueño, hasta que la sombra de la pesadilla aterrizó en su vida la noche del 1 de marzo de 1932, cuando dijo a su esposa: “Ana, robaron a nuestro bebé”.
Todos los días la familia Lindbergh evadía el acoso periodístico. Eran la pareja de moda y querían llevar una vida sencilla. Compraron una propiedad de 158 hectáreas en una región boscosa de Nueva Jersey para descansar los fines de semana y criar al aguilucho de 20 meses, Charles Augustus Lindbergh.
La niñera Betty Gow fue la última en ver al niño en su cuna, la tarde del 1 de marzo de 1932. En la noche vio la cuna vacía. Voló donde los padres. En la ventana había una nota que exigía un rescate de $ 50 mil, según el reporte oficial.
Una nube de policías, periodistas y entrometidos inundó la casa. Lindbergh utilizó todas sus influencias para controlar las investigaciones preliminares y eso entorpeció todo el proceso. Varios estafadores y charlatanes aprovecharon la zozobra de los padres para cobrarles dinero a cambio de información falsa.
La celebridad transó con un tal “John, el del cementerio”, para entregarle la plata y recibir al pequeño. Si bien el aviador cumplió, el bebé no estaba donde el secuestrador les dijo.
El circo mediático estrechó el cerco. Tres meses más tarde, un camionero se bajó a orinar a unos seis km. de la casa de Lindbergh y entre los árboles, tirado en un agujero vió un bulto; era el cadáver putrefacto de un niño, mutilado por los animales silvestres, irreconocible.
Lindbergh duró menos de tres minutos en reconocer los despojos; bastó una deformación en los dedos del pie derecho y unos pedazos de pijama. Una rápida autopsia reveló que el niño murió la noche del secuestro, tal vez cuando lo sacaron del cuarto y lo bajaban por una escalera, el bebé cayó y se partió la cabeza.
Al cabo de dos años la policía capturó a Bruno Hauptman, un carpinero de origen alemán, que pagó en una gasolinera con uno de los billetes del fallido rescate. Una batería de abogados dirigida por el fiscal general de Nueva Jersey, David Wilentz, pulverizó la defensa de Hauptman, a cargo de Edward Reilly, un picapleitos alcohólico.
Las inconsistencias del caso y las pruebas circunstanciales cedieron a la presión de la opinión pública y el acusado fue condenado a muerte. Anne Morrow pidió clemencia para el condenado, pero el 3 de abril de 1936 lo achicharraron en la silla eléctrica. El caso del secuestro fue tan impactante que Agatha Christie se inspiró en él para su libro
El
Eso revivió las pretensiones de Kenneth Kerwin y Harold Olson, quienes reclaman ser aquel niño. Según el primero, la niñera y su amante lo secuestraron; el segundo dice haber sido abandonado en una barca.
Los Lindbergh se refugiaron en Inglaterra y tuvieron cinco hijos más. En el 2003 la agencia Reuters y el diario
Así como una vez emprendió un viaje solitario hacia la gloria, el 26 de agosto de 1974 Charles Lindbergh aterrizó para la eternidad en Maui, Hawai, donde reposan los restos de un hombre que: “prefería los pájaros a la aviación.”