El vestido del amor
El domingo 11 de diciembre del 65 hice mi Primera Comunión. El viernes anterior, por la noche, mi mama, Consuelo Meseguer de Garzona, qdDg., volvía de trabajar, se cayó e hizo una herida profunda, en la rodilla derecha, de unos 8 cm. Ella me iba a hacer el vestido. Se suturó solita, (mi papá era médico y le había enseñado muchas cosas de medicina), y calladita cosió mi vestido el sábado 10, en una máquina sin motor, de pedales, a veces con las dos piernas, a veces con la izquierda, y al final, a mano. Yo estaba muda, como aún me quedo cuando me impresiono mucho o algo me duele en el alma.
Papá no podía saber de la herida porque, como es lógico, no le iba a permitir coser. Sólo recuerdo que hice mi Primera Comunión vestida con el vestido de una princesa: hilos de oro, piedras preciosas, todo lo que sólo el amor puede adornar. Probablemente, en la realidad, fuese el vestido más sencillo de todos, pero estaba hecho con el amor de mi mamá, con su dolor y sacrificio. No hubo fiesta ni recogí un cinco, pero no me importó: ¡pude hacer mi Primera Comunión! Y a la fecha lo único que me importa es este doble recuerdo de amor.
Ercilia Garzona Meseguer, Cartago.
“Yo hice la Primera Comunión en la capilla de Sor Maria Romero, el 7 de diciembre de 1976. Ese día mi mamá me dio un rosario de plata para que lo llevara colgado en la mano. El problema fue que, como parte de la ceremonia, todos los niños teníamos que depositar una cala en un gran jarrón al pie del altar. Yo no me di cuenta de que el rosario se me había deslizado de la mano cuando dejé la cala, y como creí que lo había perdido, mi mama me pegó una gran regañada. Después el rosario apareció, pero ya yo había salido en todas las fotos ¡con la cara hinchada de llorar!”.
Maricruz Pereira, Moravia, San José
“Hice la primera comunión en el año 75 en la Escuela Osejo, con un muy sencillo vestido debido a la falta de dinero de mi mamá. Al finalizar la ceremonia e ir a San Jose nos topamos con una Señora quien a viva voz dijo: ¡Pero que machita mas linda! y acompaño sus palabras con una reluciente chapa de dos colones la cual me regalo sin conocerme!!!”.
Martha Rodriguez Agüero, Coronado
“La anécdota no ocurrió propiamente el día de mi primera comunión si no años después.
Por cosas del destino mi hermana guardo el librito y el rosario de mi primera comunión ella vivía en un apartamento en Heredia. Hubo un incendio donde se quemo prácticamente todo. Pero en los escombros y cecinas se encontró el librito y el rosario intactos no les paso nada. Libro que conservo en mi cuarto y el rosario me resguarda al pie de mi cama”.
Juan Carlos Salas Carballo, Heredia
“Fue en el año 1963 en la Parroquia de Puntarenas. No fue un domingo, sino un sábado; no fue un día de diciembre, sino el 14 de setiembre; no fue por la mañana sino a las seis de la tarde; las niñas vestíamos un traje corto porque al padre Barboza le parecía que el traje largo era más gasto. Para cerrar con broche de oro, cuando iba para la Iglesia ya llevaba en mi bolsita, la moneda del Tío Ale, que nos visitaba todos los sábados”.
Carmen Frías Quesada, Tibás
“Mi primera comunión la hice en la iglesia San Agustín en Cinco Esquinas de Tibás con el recordado padre Guillén allá por el año 1965. Recuerdo la ilusión de mi madre con todos los preparativos anteriores a la ceremonia, pues soy el mayor de tres hermanos, el esfuerzo económico que tuvo que hacer para comprar todas las cositas, incluyendo mi vestido entero. El día de la ceremonia, al llegar a la iglesia, no se porque razón tropecé y me caí justo a la entrada, con tan mala suerte que se me hizo un hueco en el pantalón del tamaño de toda la rodilla derecha. Pasé toda la ceremonia traumatizado por el dolor pero creo que no era tanto de la rodilla, como de ver el hueco en mi pantalón. Al finalizar la ceremonia nos fuimos a casa y pasé el resto del día muy triste, sin salir a la tradicional recogida de dinero entre los familiares y amistades”.
Oscar Mario Corrales,
“Yo hice la primera comunión el 2 de julio de 1973, En la Iglesia de María Auxiliadora en Cartago, y el café que nos hacían era a las 2 p.m. y en mi casa me alistaron un almuerzo, pero jugando en la calle con mis hermanos caí al caño y mami me lavo el vestido y lo secó con plancha para poder ir a la fiesta. (eso solo lo hacen las mamás), por supuesto iba húmedo mi vestido”.
Olga Eugenia Alvarado Herrera, Cartago,
“Desde niña fui una persona con un alto sentido crítico de la vida, por el año 1974 , igual que ahora, se acostumbraba que la primera comunión se hiciera después de un período de catecismo. Sin embargo, cuando llegó el momento de realizar los preparativos para la ceremonia, me di cuenta de que todo el mundo estaba más interesado en el vestido que llevaría, que en el acto más importante que era recibir por primera vez “El Cuerpo de Cristo”, así que me negué a hacer la primera comunión. Mis papás eran divorciados, y yo pasaba mis vacaciones en casa de mi papá, así que en el verano de 1976, como todavía no había querido hacer la primera comunión, mi papá me hizo prometerle que no pasaría de ese año. Le prometí la haría a fin de año, pero mi padre murió el 3 de mayo, antes de que yo pudiera cumplir con la promesa. Así que el día de su novenario, el 12 de mayo de 1976, con 11 años de edad, le rendí un homenaje póstumo y le cumplí la promesa haciendo mi primera comunión ese día. Lucí un sencillo vestido blanco de diolén, que mi mamá me hizo, aunque ella no pudo asistir. Así que sólo una de mis tías, el sacerdote y por supuesto mi padre desde el cielo, pudieron darse cuenta del acto que realizaba. Ese día es inolvidable porque así le cumplí la promesa a mi padre y yo realicé el acto sencillo que deseaba”.
Ana Felicia Benavides Arroyo,
Era el ocho de diciembre del año 50. Pasé toda la noche viendo mi hermoso vestido de tafetán y encaje colgado de un gancho. Al llegar la mañana, mi tía insistió que estaba algo arrugado, y al aplancharlo, HORROR, lo quemó en la parte de la espalda. Todos en la familia entramos en un shock que no puedo describir. Rápidamente la tía que me lo había hecho encontró un pedazo de tela y tapó con ésta el pedazo quemado. Al fin llegué a la Iglesia de la Soledad con mi vestido puesto. Por supuesto llegué tarde y recibí la mirada de desaprobación de la maestra. Como al reparar el vestido no le quitaron el pedazo quemado, todo el resto del día pasé sintiendo la tela quemada que rozaba mi piel, porque, además por la precisa, habían olvidado ponerme la camiseta.
Flora E. Meneses de Verdesia, Zapote
La primera Comunión (1973, Cóbano Península de Nicoya)
Esa mañana como siempre, sufrí la tortura habitual del peinado, lo único diferente fue que me pusieron talco en cantidad. Debí sospechar algo, porque soy particularmente alérgica sobre todo si estoy en clima caliente. Luego vi venir la picazón disfrazada de vestido blanco hacia mí, entre las sonrisas complacientes de mis familiares. Para cuando llegó el turno del velo, ya había llorado un par de veces y me habían recetado un par de coscos. (Golpes)
Vestida como un pequeño ángel blanco, pero… con sarna, salimos para la iglesia, durante la caminata hacia la iglesia entendí la magnitud del sufrimiento bajo el sol y el creciente calor de la península de Nicoya. Ya en la iglesia el mono con sarna o sea yo, no paraba de rascarse. Entre los accesorios llevaba una flor blanca (cala), que servía según descubrí para rascarse en zonas difíciles. En la salida de la Iglesia y yendo hacia el lugar del banquete me encontré con unos vecinos que me convencieron de tomar una desviación. Mis compañeros de aventuras solicitaban mi colaboración para ir a realizar un rescate, debido a que por el calor la laguna se estaba secando y los peces y renacuajos necesitaban ser movilizados hacia sectores que aún tenían agua.
Al empezar a trabajar en la laguna descubrí que los zapatos blancos se ensucian con mucha facilidad, ni que decir las medias, y para entonces el vestido del ruedo a las rodillas estaba café verdoso y pesado, así que con un poco de ayuda me quité semejantes estorbos y los tiré entre la hierba alrededor de la laguna. Así, con menos ropa empecé a llenarme la camiseta de peces medios vivos y caminaba por el barro hacia la laguna de abajo. Después de varios viajes se hizo evidente que necesitábamos ayuda. Uno de mis compañeros en labores de salvamento tuvo una genial idea, usar el velo que tanto me estaba estorbando. Fue gracias a ese pedazo de tela que se asemejaba a una red ( casi), que logramos salvar a la mayoría de los peces y futuros sapos de la laguna.
Concluida la labor de rescate, me presenté al banquete con el vestido puesto(...), los zapatos, medias y el velo en la mano...Pero feliz de haber realizado mi labor de rescate.
Varios días después encontré en la laguna el bolsito con el devocionario y el rosario que tan cuidadosamente había dejado allí guindando de una rama de un árbol de guayaba.
Anita Matamoros Solórzano, El Carmen Guadalupe
“Fue el 03 de julio de 1983, después de efectuada la Eucaristía, mi mamá preparó un rico almuerzo para celebrar el acontecimiento, cual fue la sorpresa que al estar almorzando, sentimos que todo se movía, estaba temblando, al retirarme de la mesa, un cuadro cayo, sobre el plato donde aun quedaba mi comida, quebrándolo en seis pedazos, iguales a los niños y niñas que en ese momento me acompañaban en la mesa. Mi hermana Johana era apenas una bebé menos de un año, se encontraba en el coche, tal era el susto de mi mamá que en lugar de sacarla con el coche, trataba de alzarla pero todo se movía, mi papá se quedo debajo de la puerta principal, con una mano sosteniendo el marco, como para que no se cayera, no se quito de ahí, hasta que dejo de temblar. Y al queque no le pasó nada, creímos que se había caído, pero estaba intacto. Lo ocurrido ese día fue un poco triste ya que fue un terremoto y su epicentro fue localizado en Rivas de Pérez Zeledón a pocos kilómetros de nuestra casa”.
Hellen Blanco Ureña, Pérez Zeledón
Mi Primera Comunión fue un 8 de diciembre (Día de la Purísima Concepción), por lo que la víspera , se acostumbraba quemar pólvora en algunos barrios y en el que yo vivía no era la excepción; Doña Mireya era la vecina que nos tenía acostumbrados a todos los chiquillos del barrio a tan esperado juego de pólvora. Ese 7 de diciembre, cuando se estaba quemando uno de los tantos “volcanes”, alguien lo tomó y lo lanzó al aire aún encendido, yo no me percaté de esto y el susodicho proyectil me cayó en el pecho, provocándome una fuerte quemadura de la que hoy todavía guardo una cicatriz en el pecho y una fobia al uso de saco y corbata, ya que al día siguiente con quemadura y todo, tuve que desfilar en la iglesia La Dolorosa y luego hacer las visitas de rigor a todos los familiares y amigos de mis padres, en un muy caluroso y casi eterno día. Hoy más de 35 años después, cuando miro a los orgullosos niños lucir sus trajes, viene a mi memoria aquella fatídica Primera Comunión.
Pablo Alb. Bolaños González, San Sebastián
Comunión incompleta. Cuando estaba en 3° grado un amigo de mi mamá le hizo el favor de hablar con el padre de Montes de Oca para que mi hermano y yo pudiéramos hacer la Primera Comunión, una catequista nos dio un librito a cada uno para aprendérnoslo todo de memoria para cuando el padre nos preguntara. Al final si logramos hacer la primera comunión pero cuanto lamento que mi mamá no haya podido meterme en clases de catequesis como debió haber sido.
Mary Cruz Brizuela, Desamparados
Tuve la dicha de hacerla con Monseñor Román Arrieta (qdDg), cura párroco en Grecia. El año no lo recuerdo y fue en un lugar que se llama Rincón de Salas de Grecia, en la escuela de ese lugar, ya que no había iglesia. Mi catequista fue Doña María Isabel Araya de Bolaños (qdDg). Me acuerdo que después de recibir el Sacramento y caminar varios kilómetros con mi papá y otros chiquillos, llegué a mi casa y después de almorzar mi madre me mandó donde mi abuelita, que ese entonces tenían finca en Cataluña de Tacares de Grecia. Iba en impecable camisa blanca, pantalón azul, bien calzadito. Después de recibir la bendición de ella, me encontré con mis primos que vivían cerca y otros que se encontraban ahí. Me quité los zapatos y nos pusimos a jugar fútbol en el potrero, en un momento resbalé en una boñiga de las vacas de mis abuelos y caí acostado en medio de ella. La camisa me quedó verde. Me fui a lavar la ropa en una acequia que pasaba cerca y más verde se me puso la ropa, sobre todo la camisa. No se imaginan la vergüenza que sentía que me viera mi abuela y sobre todo el temor en llegar a mi casa, por lo que me esperaba.
Salí en carrera para mi casa con todo el miedo del mundo, mi mamá no me castigó seguro por lástima porque era el día de “Mi Primera Comunión”, pero ganas le faltaron.
Esa es mi triste historia del día más lindo de mi infancia. Espero que sea del agrado de ustedes, aunque lo que me pasó no se lo deseo a nadie.
Guido R. Arce Ramírez, Carrillos de Poás
Hace 57 años hice mi primera comunión junto con mis hermanos mayores Elieth y Carlos. Visitamos a nuestro tío, Abraham Valverde quien les dio a ellos un billete a cada uno y a mí una moneda, por lo cual llegué llorando a mi casa ya que yo creía que a ellos les había dado más. Luego mi padre me explicó que les había dado un billete de ¢2 a cada uno y a mí una moneda por el mismo monto, con lo cual terminó el llanto.
Luis Alfredo Valverde J.
Mi Primera Comunión fue el domingo tres de diciembre de 1953 a las 6:30 a.m. en la Iglesia Catedral de Alajuela.
Con la presencia del Obispo Juan Bautista Solís y cientos de padres y familiares; 48 niños y niñas de 9 años o más, recibieron en una solemne eucarística, presidida por Monseñor Clodoveo Hidalgo la Sagrada 1era. Comunión.
Estos niños vivían el momento más importante de su vida, después de una preparación muy especial, en ese tiempo se llamado la explicación.
Eran tiempos diferentes, donde se comulgaba en ayuno, y se juntaban los ricos y los pobres, pero los aspectos de extremos en el vestir no coincidían, se preferían una presentación elegante y sencilla, que el Sacramento lo requería. Ese día inolvidable estrené pantalones largos y me puse zapatos por primera vez.
Yo vivía en los alrededores de la Iglesia, sin embargo llegué tarde porque no podía caminar bien y al final de la Misa en la entrega de certificados me llamaron de primero, con la compañía de mi mamá.
Rodrigo Castillo González