El futbol es un juego (y, para que nadie tenga dudas, se dice de inmediato –casi en las fronteras de la redundancia– que hay once jugadores). Y juego implica pasatiempo, diversión, entretenimiento, distracción, recreo, esparcimiento, solaz... Porque juego es la acción y efecto de jugar, y jugar –según el DRAE– es "hacer algo con alegría y con el solo fin de entretenerse o divertirse".
¿Es el futbol un juego? No hablo del que practican los muchachos en las calles del barrio –con balones y porterías metafóricos, entre imprecaciones de vecinos y automovilistas–, en los patios de las escuelas, en las canchas abiertas...
Me refiero al otro futbol, al que engendra pasiones, delirios, frenesíes; al que es capaz de parar la Tierra porque un guardameta brasileño detuvo un penal decisivo; al que enciende millones de televisores en todo el orbe para que la mitad de los seres humanos (la otra mitad están tal vez matándose en una guerra estúpida) puedan ver el milagro de una Copa Mundial; al que desata odios y esculpe amistades; al que edifica imperios financieros, crea constelaciones deslumbrantes y otorga salarios de ocho cifras, superiores quizás al PIB de algún país tercermundista...
¿Es este futbol realmente un juego?
Cuando el futbol, nuestro futbol, nació en Gran Bretaña, obviamente la totalidad de los elementos componentes del juego se denominaron en la lengua local. ¡Faltaría más! La popularidad de este deporte corrió más rápidamente, en los diferentes países, que la respectiva adaptación léxica. En estos dorados comienzos, el redactor deportivo de un medio en español contaba cómo el forward , tras un hábil dribbling al back , había lanzado un potente shoot , que no pudo detener el goalkeeper ; por suerte para el team , el lineman no observó el claro offside , y el referee concedió el goal ...