Parece una historia escrita de antemano: la mayoría de los críticos de cine y del público en general coincide en que, este año, será el momento de El señor de los anillos. Esto es: que a la tercera va la vencida, no hay vuelta de hoja, le toca a El retorno del rey y a su director, Peter Jackson, disfrutar de las mieles que los dioses del Oscar ofrecen al arte.
Esa afirmación es algo más que un chisme. La alta calidad mostrada por la tercera película de la saga anillesca, según la novela de Tolkien, supera todos los parámetros creíbles: El señor de los anillos es cine para siempre, y el Oscar no lo puede ignorar.
La primera película de la trilogía fue superada por Una mente brillante, en el 2001, porque -al fin y al cabo- no dejaba de ser un riesgo premiar a la primera cinta de una saga, sin saber qué seguía.
La segunda de la serie tenía en contra ese estigma de que era una película sin principio ni final, amén de que Hollywood quiso premiar la recuperación del musical con Chicago, en el 2002.
Piedra en el zapato
Esta vez no hay pretexto. Solo está al frente la alta calidad de otra película: Río Místico, de Clint Eastwood. Para El retorno del rey, este filme del genial Eastwood es la piedra en el zapato, no solo por la gran validez conceptual que tiene, sino por la limpieza narrativa de que hace gala con un tema muy duro y actual: el análisis de la sociedad estadounidense.
En contra de Río Místico pesa, como si fuera la relación de contrarios, la alta calidad del final tríptico del anillo. Y algo más. Río Místico es documento político en algunas decisiones. Así, Clint Eastwood escogió para su elenco a actores que se hubieran manifestado públicamente contra la invasión a Iraq.
Ya se sabe: Hollywood de pronto es liberal y progresista, pero casi siempre es una institución conservadora. Esto es algo que también puede pesar con el actor Sean Penn, postulado por Río Místico.
Velas al viento
Lo que sí está claro es que las otras películas nominadas no están a la altura artística de la dos citadas. Allí: Perdidos en Tokio es un estudio cariñoso sobre la soledad humana. Llega dirigido por Sofía Coppola, luego de fracasar como actriz y de triunfar como realizadora desde su anterior filme: Las vírgenes suicidas (1999), mujer que cuenta con el respaldo de su padre, el gran Francis Ford Coppola.
También está Capitán de mar y guerra, dirigida por el australiano Peter Weir, quien logró un filme comercial que combina bien con la buena calidad y el mejor gusto. Es la aventura con una buena puesta en escena, en un relato sobre las guerras napoleónicas en altamar, con velas al viento lejos de las costas del mundo.
Allá de la leyenda
De alguna manera, la postulación sorpresa de este año lo viene a ser la película Alma de héroes, dirigida y escrita por Gary Ross, con la historia de un caballo de carreras llamado Seabiscuit, un animal más allá de la leyenda. Es un largometraje espectacular, humano y amoroso, con el fondo de la crisis económica de los años 30 en los Estados Unidos.
Con esas cinco películas tendremos el Oscar en la categoría más recordada a lo largo de los años.
Así es y así será. Esta vez, parece una historia que ya está anillada.