
Hace unos meses se estrenó Idus de marzo, película protagonizada y dirigida por George Clooney sobre cómo un joven consultor y su idealista candidato a la Casa Blanca, se degradan en la búsqueda del poder político. El guionista del filme, Beau Willimon, reveló que, aunque la película estaba casi lista en 2008, él y Clooney decidieron retrasar el rodaje... con las esperanzas que entonces alentaba el fenómeno Obama, no parecía el momento para una película tan cínica. Ahora, en cambio, sí es el momento, explicó Willimon. Era de manual: cuanto más elevadas son las expectativas que en campaña se despierten en el electorado, más difícil será que la labor de Gobierno las satisfaga. La euforia inicial del “yes, we can”, pronto cedió al desencanto.
Obama no es santo de mi devoción. Ya en campaña, puestos en la balanza la verdad y el poder, se decantó por el segundo. Cuando el pastor Wright habló sobre el racismo y la cultura guerrerista estadounidense, pasó de ser guía espiritual a leproso social del que la familia presidenciable debía distanciarse. Al empezar su mandato, sus ideales de libertad recularon ante los intereses comerciales de su país con la dictadura china, al dar el más bajo perfil a la incómoda visita del Dalái Lama. Además, tiene razón Tzvetan Todorov cuando, en su último libro (Los enemigos íntimos de la democracia), diagnostica en las guerras “por la democracia y los derechos humanos” sostenidas por Obama, el mesianismo pelagiano que, con diferentes matices, calentó las cabezas de Napoleón o de Bush.
Aún así, quisiera que gane las elecciones. Por su valentía para sacar adelante la reforma de salud y por varias razones más que no vienen al caso. Inmadurez política es la única razón que encuentro para que aquellos que ya cayeron en cuenta de que Obama no es el príncipe azul que soñaron, lo hayan convertido en la bruja de Blancanieves, estén apáticos de ir a votar y les dé igual que quede él o gane el Lobo Feroz. Es muy simple: si al desencanto lo sigue la apatía, la abuelita de Caperucita se quedará sin seguro médico. Si, en cambio, el desencanto nos lleva a salir de ese ingenuo bosque encantado, mucho habremos ganado.
Visión romántica de la política. Acaba de salir a la venta la obra El Oficio de Político, del Catedrático Manuel Alcántara, para quien la moda de satanizar a los políticos tiene una de sus causas en la visión romántica de la política. Esta contrapone dos “modelos ideales que probablemente nunca existieron”. Por un lado, profesionales de la política, que participan en ella por interés y en aras del éxito en las urnas. Por el otro, políticos amateurs, líderes ideológicos que practican una política de principios y cuyo acento se encuentra en mejorar políticas públicas. Una construcción mental que lleva, además, a enfrentar las condiciones efectivas en que los representantes populares ejercen sus funciones, con una proyección idílica de la representación política, que en ningún lugar o momento de la historia se ha dado. Fabulación de la que nace, a su juicio, la popularidad de las candidaturas independientes, la atribución de maldades al uso de listas cerradas y el lugar común de que el voto preferencial acerca más al político a su electorado.
Hace 16 años, Constantino Urcuyo (Asamblea Legislativa, medios y opinión pública), advertía que el descrédito de los diputados se debía, en buena medida, a que esa concepción ingenua de la política como gestión no conflictiva del bien común, se desmoronaba en la “pecera” del plenario legislativo. Allí, a la vista de todos, aquella lírica se estrella contra la realidad de los intereses contrapuestos y el choque de perspectivas. Seguro que si los chefs o los periodistas estuvieran expuestos a un grado de visibilización similar en sus cocinas y salas de redacción, también lo resentirían en su prestigio.
El desencantoexpresa el abandono de las totalizaciones ideológicas y la desacralización de los principios políticos, y eso es bueno. El problema es cuando tras la experiencia no se gana en madurez y se cae en la frustración. El reto es desencantarse sin frustrarse. Reconocer en las mentiras de la política, más que el timo de unos embaucadores, algo muy profundo de nuestra naturaleza humana.
Tan profundo como la canción La primera mentira, de Silvio Rodríguez. Cuenta que estando en un bosque encantado sufrió repetidas decepciones, como maravillarse con una piedra que cantaba (para después darse cuenta que era un sapo tras la piedra el que solfeaba cual tenor) y con una fuente que parecía tener aguas de oro (cuando en realidad era el sol que en ella brillaba). ¿Por qué buscaba estas cosas? Confiesa que en el fondo “quería una princesa convertida en un dragón, quería el hacha de un brujo para echarla en mi zurrón, quería un vellocino de oro para un reino, quería que Virgilio me llevara al infierno, quería ir hasta el cielo en un frijol sembrado, y ya”. Luego dice: “Después de mil fracasos como estos me sentí muy tonto: nos habían engañado y me fui a buscar al primer hombre que mintió”. Tras una larga marcha, relata: “Cuando hallé al culpable, ah, cuando hallé al culpable, hecho un mar de lágrimas, al verme, me pidió: Yo quiero una princesa convertida en un dragón, yo quiero...”. La efectividad de las mentiras políticas (y de toda clase de mentiras) no reside, principalmente, en la estrategia con la que nos las venden, sino en nuestra honda necesidad creerlas.
Empecemos por sincerarnos: una elección no logra cambios radicales. Lo saben quienes por años soñaron con el arribo al poder del Partido dos Trabalhadores en Brasil o del Farabundo Martí en El Salvador. Ningún gobierno puede traer el cielo a la tierra. La inmadurez política consiste en hacerse esas fantasías. La verdad es que, aunque pocas cosas son tan importantes como la política (y la democrático-representativa es la mejor que conoce la humanidad), se trata de procesos con una capacidad muy limitada de cambiar la realidad. Además, mientras la gobernanza global no respete los valores democráticos que se espera de los Estados nacionales y mientras los mercados y el poder de los capitales transnacionales estén por encima del poder de la política y de los gobiernos, el margen de maniobra será aún más reducido.
Reconocimiento de nuestras limitaciones. En política conviene adoptar la antropología agustiniana (humilde reconocimiento de nuestras limitaciones) más que la voluntariosa pelagiana. Los proyectos de Hombre Nuevo terminan en infiernos. Lo sabe Ernesto Cardenal, que en Solentiname creyó ver el alba del Nuevo Día y hoy acude, al final de su vida, a la tragicomedia de Tacho Ortega. En política conviene participar con una cierta resignación cínica.
Hace unos días un amigo me dijo que no pensaba votar porque ya no había “cara en qué persignarse”. ¿Quién le habrá dicho –pensé– que el rostro de un político era un buen lugar para persignarse? Vote. Vaya a votar, pero hágalo con más responsabilidad que ilusión. Con la actitud del ciudadano que acude a entregar un mandato de cuyo cumplimiento será crítico observador y no con la actitud de quien llama a los charlatanes de la TV y da una ofrenda con la fe de recibir, a cambio, un milagro.