París, 19 feb (EFE).- Francia prepara una serie de actos para conmemorar el 90 aniversario de la batalla de Verdun, uno de los más sangrientos episodios de la Primera Guerra Mundial y cuya memoria las autoridades francesas quieren convertir en un mensaje de paz.
Presente en el ideario colectivo francés, la batalla de las trincheras de Verdun resume por sí sola para muchos historiadores la Gran Guerra (1914-18) y el recuerdo de los 300.000 caídos en el lugar mantiene viva la llama de la memoria.
El departamento de Meuse, al noreste del país, ha querido convertir este 90 aniversario en un acto de amistad franco-alemán.
No en vano fue en ese escenario donde en 1984 el presidente francés Francois Mitterrand y el canciller alemán Helmut Kohl enlazaron sus manos en un gesto que ha pasado a la historia como el símbolo de la reconciliación entre los antiguos adversarios.
Los actos de conmemoración se iniciarán el próximo martes con un concierto de la soprano estadounidense Barbara Hendricks, cuya voz resonará en la catedral de Verdun 90 años después de que lo hiciera la lluvia de obuses de la artillería del emperador Guillermo II.
El presidente francés, Jacques Chirac, inaugurará en junio un monumento en honor de los musulmanes caídos en la Primera Guerra Mundial, un memorial de 500 metros cuadrados en pleno campo de batalla.
Los combatientes judíos muertos en esa contienda tienen ya su propio monumento, cuya profanación en 2004 suscitó, por cierto, una enorme indignación en toda Francia.
Numerosos conciertos de orquestas francesas y alemanas, exposiciones y otros actos se sucederán a lo largo de año.
El historiador Serge Barcellini afirma que los franceses celebran con más gusto los hechos históricos ligados a la resistencia que las grandes victorias.
Quizás se explique así que, frente al silencio casi sepulcral con el que se conmemoró en diciembre pasado el bicentenario de Austerlitz, considerada la victoria más ingeniosa de Napoleón, se conmemore ahora con más bombo y platillo el costoso triunfo de Verdun.
Considerada como la primera batalla industrial de la historia, Verdun está arraigada en la memoria de toda Francia porque el peculiar sistema de relevo de tropas impuesto por el general Philippe Pétain hizo desfilar por ese frente a millares de soldados.
Todas las localidades francesas tienen algún muerto en Verdun, se dice en Francia, en cuyos cementerios o plazas cada 11 de noviembre, día del Armisticio de 1918 hay ceremonias ante los Monumentos a los Caídos.
Las hostilidades comenzaron en la madrugada del 21 de febrero de 1916, cuando el general Erich Von Falkenhayn ordenó un bombardeo masivo de Verdun con la intención de abrir una brecha en la línea de defensa francesa y poner así fin al "status quo" de la guerra de trincheras.
Arropado por el efecto sorpresa, el Ejército alemán avanzó raudo y obligó a Pétain a reaccionar.
Confiada en la solidez de la que había sido una de las más inexpugnables plazas francesas, Verdun estaba escasa de efectivos y los bombardeos alemanes dificultaron la llegada de refuerzos.
Pétain organizó una ruta de abastecimiento que pronto fue bautizada como "vía sagrada" y que, unida al laberinto de canales existentes bajo Verdun desde el siglo XVII, permitió a la ciudad resistir al avance imperial.
Los combates se sucedieron y el campo de batalla de la Meuse sirvió para experimentar algunas técnicas novedosas de guerra: la infantería alemana utilizó por primera vez lanzallamas y la artillería probó las bombas de fosgeno, un gas que en pocos segundos provoca la muerte.
Pese a la crueldad de la batalla, las tropas francesas resistieron el tiempo suficiente para que la intervención inglesa en el río Somme, algo más al norte, abriera otro frente en la guerra.
Obligados a prescindir de parte de sus tropas de Verdun, los alemanes recularon frente a la ofensiva de las tropas francesas, que recuperaron sus posiciones.
El 15 de diciembre de 1916 se consideró terminada una batalla que dejó un campo de muerte y en el que desaparecieron nueve pueblos bajo el peso de los obuses. EFE
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