
Auge de negocios
El caso de la ferretería Macaya y los almacenes Steinvorth y Knohr.
El desarrollo urbano y el auge económico que vivía el país gracias a la bonanza del café, a finales del siglo XIX y principios del XX, provocó que gran cantidad de nacionales y extranjeros se vieran tentados a abrir negocios en Costa Rica. Por eso, muchos locales comerciales comenzaron a florecer en el casco capitalino; entre ellos, la ferretería Macaya, cuyo teléfono, en 1918, era el 21.
Este edificio, construido en 1908, pronto se convirtió en punto de referencia para los costarricenses, pues, además de los artículos que allí se ofrecían, el inmueble -hoy conocido como La Casona- hacía gala de una arquitectura propia de la época. Similar es la historia que se teje en torno al almacén Steinvorth (donde por muchos años estuvo la mueblería Urgellés y Penón). Con el teléfono 110, este local era propiedad de don Guillermo Steinvorth, un alemán que abandonó su patria en 1871 y llegó a Costa Rica tras un viaje de cuatro meses en el barco La Venus .Aquí, fue contratado inicialmente por don Juan Knohr, también alemán y dueño de un lujoso almacén (teléfono 217). Allí laboró unos meses, mas no tardó mucho en abrir su propio local y adquirir renombre entre los costarricenses. Don Guillermo fue uno de los fundadores del extinto Banco Anglo Costarricense.
Boticarios
Solo en San José había 13 farmacias a principios del siglo pasado.
Las boticas que se abrieron en aquellos años también son un reflejo de las preocupaciones y necesidades que afectaban a nuestros abuelos, pues ya había varios de estos negocios en San José y en las principales cabeceras de provincia.Entre las 13 que funcionaban en la capital para 1918, la historia de la Botica Francesa (teléfono 101) llama la atención, pues allí trabajó José María Zeledón, el autor de la letra del Himno Nacional. El Benemérito de la Patria atendió dicho negocio hasta 1924, cuando comenzó a desempeñarse en varios cargos públicos. Al parecer, le ayudaba a su primo José Castulo Zeledón, quien, en realidad, era el dueño de esa botica, ubicada en la esquina suroeste del Parque Central.En Cartago, otro prócer de la patria también atendía a los clientes tras el mostrador de la conocida botica La Central (teléfono 32). El doctor Maximiliano Peralta, cuyo nombre lleva el hospital de Cartago, fue uno de los fundadores de este establecimiento, que ya suma 109 años de historia, pues data de 1896.
Los Yamuni
De una humilde tienda a un gran almacén: la historia de esta familia.
Con el teléfono 544, el señor Bejos Yamuni, tenía registrada su tienda La Pouppé (La muñeca, en francés), en las cercanías del Mercado Central de San José. ¿Quién se habría imaginado entonces que este pequeño local llegaría ser una reconocida tienda de departamentos en el país?Definitivamente, el destino estaba escrito para este libanés, quien había llegado con su madre a Costa Rica en 1901, huyendo de la crisis económica que enfrentaba su nación. La idea de esta familia era permanecer aquí solo unos cuantos meses; sin embargo, terminaron echando raíces al hallar tierra fértil para desarrollarse como empresarios.Fue así como los Yamuni decidieron embarcarse en el negocio de la venta de encajes, plumas y telas importadas de Europa, para más tarde incursionar en la comercialización de licores, cigarrillos y llantas. Con los años, lograron establecer un nuevo local en la avenida 10, el cual se mantiene hasta la fecha, y han abiertro otros más.
Herencia italiana
Inmigrantes italianos abrieron negocios que subsisten en el tiempo.
Otros que se anclaron en Costa Rica y vieron germinar sus finanzas aquí fueron los hermanos Musmanni, italianos que arribaron al país en 1902. Primero pusieron una fábrica de fideos, cuyo número telefónico era el 482.En 1929, cuando ya eran muy conocidos por sus pastas, empezaron con el negocio del pan en un local en la Avenida Central, sin imaginar que, años más tarde, llegarían a ser la principal cadena de panaderías del país.Igual le sucedió a Ugo Scaglietti Venturati y a sus parientes, italianos que llegaron a suelo tico antes de la Primera Guerra Mundial y establecieron, en el centro de San José, una sastrería que se hizo muy popular (su teléfono era el 801) y subsistehasta la fecha como prestigiosa tienda. En Heredia, con el teléfono 10, los hermanos Negrini Protti -igualmente, inmigrantes italianos- habían adquirido fama por la panadería El Comercio, localizada en el corazón de la ciudad y que, según crónicas de 1916, estaba provista con maquinaria de punta. Esta familia también poseía otros negocios, como una farmacia que, al parecer, era de las más surtidas de esa provincia.
Casas de lujo
Una época de viviendas suntuosas con marcada influencia europea.
El acelerado desarrollo urbanístico también hizo que, para principios del siglo XX, muchas familias construyeran lujosas residencias en el centro de San José y en exclusivos barrios como Amón y Otoya. La mansión de Alejo Aguilar Bolandi (teléfono 323) era una de ellas. Para 1920, este cafetalero había ordenado construir una casa de estilo neocolonial en la esquina de la avenida 9 y calle 13. Esta vivienda aún puede apreciarse y es considerada una joya arquitectónica.La casa de Elías Pagés (teléfono 442), también daba mucho de qué hablar en aquellos años. Este comerciante español era dueño de La Alhambra (teléfono 156), uno de los almacenes más exclusivos de San José, y a la vez era el propietario de una casa "contra temblores" que construyó en un lote de 323 metros cuadrados en la avenida 7, calles 3 y 3-bis. Había adquirido este terreno en 1912 por la entonces astronómica suma de ¢5.000.Anastasio Herrero (teléfono 133), fue otro español que asombró a la sociedad de aquellos años al construir el Castillo del Moro, en Barrio Amón. Todos los materiales de esta mansión, de estilo morisco, fueron importados de España e Italia.Pero el lujo no solo se reflejaba en las fachadas de las casas que construía la burguesía costarricense. En su interior, también sobresalían detalles que revelaban un fino estilo de vida, inspirado en modas europeas. Por ejemplo, se sabe que la vivienda de Mariano Álvarez Melgar (teléfono 444), poseía un baño espectacular con todos los elementos de la "modernidad". Allí, según una tesis de la arquitecta Florencia Quesada Avendaño, había tina con ducha, lavamanos, excusado de tanque alto y varios espejos que le daban un aire muy suntuoso. En otras casas, el lujo estaba se concentraba en la sala, con los muebles de estilo victoriano; o en la habitación usada como oficina, sitio donde se recibía a muchas de las visitas. Tal fue el caso de la oficina de don José Astúa Aguilar (teléfono 308), donde el orden era una regla inquebrantable. Según describió en una oportunidad Lidy Soler, nieta de este abogado, su abuelo llevaba ahí a muchos de sus discípulos y les impartía lecciones de derecho. A su vez, llegaban a comentar asuntos de política todos los vecinos del lugar, entre los que se encontraban personalidades como "el padre Volio" y don Otilio Ulate. "Mientras ellos conversaban mi abuela les hacía un ponche con clara batida", relató Soler, al describir una estampa muy típica de la Costa Rica de antaño.
Hombres de empuje
Algunos costarricenses que se labraron un nombre en la historia patria.
Entre los primeros abonados telefónicos figuran ciertos personajes que forjaron el destino del país: expresidentes de la República, académicos, científicos, escritores, comerciantes y cafetaleros. Entre ellos, se encuentra Florentino Castro Soto (teléfono 526), quien llegó a ser uno de los hombres más ricos de mediados del siglo pasado y fue un ejemplo de cómo muchos costarricenses lograron hacer fortuna a pesar de sus humildes raíces.Este desamparadeño provenía de una familia acostumbrada a trabajar la tierra. Al morir su padre (don Santos Castro López), Florentino heredó una finca de café con un área de tres manzanas y la sacó adelante. Tanto fue su empeño, que el negocio prosperó con rapidez y, ya para principios del siglo XX, se había convertido en un pujante empresario conocido y respetado en los principales bancos de Londres. Sus terrenos se habían multiplicado (era propietario de la finca La Uruca -teléfono 661- y varios cafetales más), y ofrecía a muchos cafetaleros el servicio de transporte de su producto con carretas y yuntas de bueyes. Inscritas a nombre suyo estaban reconocidas marcas de café como La Pacífica, El Molino, la Verbena y La Margotita. Aunque la primera esposa de don Florentino, doña Natalia Jiménez, falleció muy joven, este hombre tuvo una descendencia muy numerosa. En total engendró , con ella y otras consortes, 25 hijos, a lo largo de sus 80 años de vida.Don Felipe J. Alvarado (teléfono 230) fue otro costarricense que se abrió camino e incursionó en varios ámbitos del país. Casualmente, él fue uno de los pioneros en la creación y mantenimiento de los sistemas telefónicos de Costa Rica y era el dueño de la empresa F.J. Alvarado & Co., encargada de elaborar la guía telefónica citada en este reportaje.Pero él también sobresalió en el campo de las exportaciones e importaciones al establecer la primera agencia aduanal, con oficinas en Limón, Puntarenas y San José. Además, se desempeñó en algunos cargos públicos y destacó por sus obras filantrópicas. Falleció en San José, pero sus restos reposan en el cementerio de Cartago, junto a sus padres.