En la década de 1960, la guerra de Vietnam dividía a los estadounidenses, las quejas por la represión social eran fuertes y se luchaba contra la segregación racial. Los jóvenes protestaron contra la violencia, se quitaron la ropa y, sin importar su color, compartieron la música.
El contexto social, político y musical que vivía Estados Unidos fue determinante para que la Feria de Música y Arte de Woodstock se convirtiera en el símbolo de una generación.
Cerca de 500.000 personas se dieron cita en agosto de 1969 en la finca de Max Yasgur, en Bethel, un pueblo cercano a la comunidad artística de Woodstock, en el Estado de Nueva York; y allí, durante tres días, dieron rienda suelta a sus pasiones en una bacanal que trascendió tiempo y fronteras.
Entre el 23 y el 25 de julio próximos, un concierto con el nombre de Woodstock 99 se realizará en la abandonada base militar de Griffiss Park, en Rome, Estado de Nueva York, para conmemorar el 30 aniversario del célebre acontecimiento.
El panorama ha cambiado tanto en tres décadas, que Woodstock 99 será sin duda una reunión multitudinaria en la que los excesos y la música no faltarán, pero difícilmente tendrá la trascendencia del original.
La contracultura
Las imágenes de los soldados estadounidenses mutilados en Vietnam llenaban las pantallas de la televisión, mientras la tensión entre los Estados Unidos y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas tenían al mundo en vilo.
En este contexto, se empieza a gestar una revolución que tiene como actores principales a los jóvenes que visten coloridas ropas y, algunos, usan drogas sicodélicas.
La llamada contracultura --que se extendió a todo el mundo como el movimiento hippie-- se opone a la guerra en el sureste asiático y al estilo de vida estadounidense.
"La contracultura procuraba cambiar el patrón de comportamiento, lo que para los conservadores era ir en contra del sistema de valores", explica la historiadora Patricia Fumero.
La pugna entre los llamados hippies y las reglas establecidas era fuerte, y entró en un nuevo estadio cuando la música ingresa en la lucha.
El rock'n roll y sus variaciones empezaba a tomar un lugar más importante, y muchos cantantes se tornaron en líderes ideológicos que guiaban a este rebaño sediento de respuestas y de espacios de integración y expresión.
"La música en esa época era la vida, era un cambio, se estaba dando una revolución musical", recuerda la pintora Zulay Soto, quien desde Costa Rica vivió intensamente aquella época.
Cuatro jóvenes, John Roberts, Joel Rosenman, Artie Kornfield y Michael Lang, de orígenes e intereses muy distintos, se reunieron en febrero de 1969 y planearon un gran concierto y una feria cultural.
Entre el 15 y el 17 de agosto de ese año, la Feria de Música y Arte de Woodstock se realizó, bajo el lema "Tres días de paz y música".
La música como protesta
Woodstock reunió a más de 30 grupos y solistas en un mismo escenario, combinando géneros como el country y el folck, con el rock.
Desde los trovadores como Joan Báez (activista por los derechos humanos) y Bob Dylan, hasta The Jefferson Airplane y Grateful Dead, del denominado movimiento de la flor, la música no solo llevó acordes y melodías sicodélicas, sino también mensajes y protestas.
"Paz y amor" fue el reflejo de esos mensajes, en los que estaba implícito el rechazo a la guerra, a los conflictos raciales y la demanda de derechos civiles e individuales.
"La juventud necesitaba reunirse en algo que fuera afín a ella dentro de ese mundo tan despelotado en el que estaba viviendo", asegura el crítico de música de Viva, Alberto Zúñiga.
La música los juntó. En la finca de Yasgur convergieron blancos y negros, hombres y mujeres y hasta familias enteras, todos bailando y cantando al ritmo de Jimi Hendrix, Janis Joplin, The Who y Santana, entre otros.
La música sirvió de eje para que la contracultura se expresara. El concierto de Woodstock fue uno de los puntos más altos de la lucha de los años 60, y ese contexto social y político lo hizo trascender.
"Woodstock surgió como un negocio, pero sus asistentes y los músicos que participaron, lo transformaron, produciendo un acontecimiento artístico sin precendentes", afirmó el sociólogo Francisco Escobar.
En recuerdo
En 1994, cuando el festival cumplió 25 años, tuvo su primera conmemoración. Se realizó en la localidad de Saugerties, a 125 kilómetros de Bethel, y reunió a unas 350.000 personas.
Para ese momento, el fantasma de Vietnam asustaba menos a los estadounidenses; segmentos de su sociedad, aún conservadora, aceptaron el aborto y el matrimonio entre homosexuales y, aunque sigue existiendo racismo, un negro, el general Collin Powell, llegó a ser el presidente de la junta de jefes del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas.
Para la versión de 1999 --cuya entrada más barata cuesta $150 (¢41.850)-- el contexto ya ha sido delimitado: "este concierto está diseñado para artistas que ya son importantes o que están por serlo", declaró John Scher, uno de los tres promotores.
Esta frase denota claramente el afán comercial que tiene la actividad, en la que el rock ya no es el eje, sino parte de un programa que incluye la música que está sonando fuerte en las radios: el grounge, hip hop y hasta el rap.
Entre los participantes de esta versión están Alanis Morissette, Jewel, Sheryl Crow y los raperos DMX y Ice Cube, quienes son un éxito de ventas.
Por ahí se escucha el nombre de los veteranos Crosby, Stills, Nash and Young; el vocalista de Credence Clearwater Revival, John Fogerty --grupos que estuvieron en el original--, y Aerosmith, que, aunque no participó en la primera edición, sí es uno de los ya clásicos del rock.
El locutor de radio Raúl Saavedra, con 28 años de experiencia, sostiene que este nuevo recital es la conmemoración de un hecho irrepetible.
Para algunos, la Feria de Música y Arte de Woodstock fue una de las mayores protestas de la historia; para otros, una Sodoma y Gomorra en el siglo XX, y para los más despreocupados... simplemente la fiesta de sus vidas. Habrá que esperar para ver qué sucede con la versión de 1999.