Ser verde es muy caro, dicen algunas empresas, que produción sosteniblemente. Claro que es muy caro, porque, en vez de contaminar los ríos, el aire, producir ruido, destrozar calles, y otras consecuencias inherentes a la producción, la empresa borra su huella y para ello debe hacer importantes inversiones. Esto genera costos que ven reflejados en el aumento del precio de sus productos, lo que los hace perder competitividad en un mercado poco interesado en el costo social del consumo.
En el caso de las industrias no verdes, el precio de la contaminación es pagado por la sociedad, ya sea mediante impuestos para limpiar la contaminación, como es el caso del agua, o pagando el costo de la curación de las enfermedades que la contaminación nos causa.
Aunque supuestamente tenemos leyes que regulan la producción, algunas empresas producen sin control alguno. Hoteles que derraman sus desechos y aguas negras a los ríos o al mar. Industrias que utilizan los ríos o las cunetas públicas como su caño de aguas, usadas inundando a veces hasta las fuentes de agua locales. Cantones enteros cuyas aguas negras van directamente a los ríos. No somos una sociedad verde. Somos una sociedad que desecha su contaminación donde más cómodo le queda.
Y esto no es propio únicamente de las empresas de origen tico, sino también de algunas transnacionales que conociendo la flojera de la administración pública, aprovechan la “ventaja competitiva” que la producción contaminante proporciona. Claro que tenemos leyes, pero no se cumplen. Y a veces hacerlas cumplir por parte de la administración, implica acusaciones penales desgastantes.
Las cámaras empresariales se quejan con razón, del exceso de trámites y lentitud con que el Estado los tramita y algunos empresarios afirman que la única manera de aligerar el proceso es pagando coimas para ello. Algo es cierto respecto a las mordidas; hay empresarios que las pagan para que no se les soliciten los estudios requeridos.
Pero debemos tomar con sumo cuidado la afirmación de que el número de normas que hay que cumplir es el culpable del atraso. La Comisión de la Asamblea Legislativa que hace el estudio para eliminar la “tramitología”, debe distinguir acuciosamente dos aspectos y examinarlos separadamente. Por un lado, los requisitos que debe cumplir cualquier empresa que se instala: la ubicación en el cantón según su plan de desarrollo, exigencias para salvaguardar la salud pública, seguridad de los empleados, acceso sostenible al agua, tratamiento y disposición correcta de las aguas usadas y negras, contaminación sónica, aérea, factibilidad de las vías de comunicación usadas por la empresa, visado de los planos constructivos... Todo este marco normativo asegurará a la empresa su futuro desarrollo. Pero igualmente importante es el segundo aspecto que la Comisión debe examinar: la eficiencia y transparencia de las instituciones que aprueban los requisitos. Simplemente algunos pasos administrativos en el campo de la informática, serían de gran ayuda. Pero fundamentalmente lo que sería importante es que los funcionarios públicos hicieran su labor con dedicación y conciencia.
A juzgar por las apariciones en la prensa del director ejecutivo del C.F.I.A. se hace un trabajo en este sentido para centralizar en un solo trámite la resolución de un permiso de construcción. Temo que la Comisión Legislativa, y el coordinador del estudio que se lleva a cabo se enfoque únicamente en reducir el número de requisitos que se deben aprobar, y no ponga suficiente atención en poner orden en las instituciones públicas. Los requisitos a cumplir nos garantizan el cumplimiento teórico de las normas indispensables para mantener la salud (y la paz) social. La administración pública, debe vigilar el concreto cumplimiento de estas normas.
Mi preocupación reside en que pueden meternos gato por liebre. La eliminación de requisitos para garantizar una producción verde, es sumamente peligrosa y si bien nos puede dar ventajas comparativas (como las que tienen algunos países orientales), lo podría hacer a costa de la socialización de la contaminación.
Claro que ser verde es muy caro para la empresa, pero no serlo es a aún más caro para la sociedad. Afortunadamente las empresas verdes están ganando mercado porque la gente va comprendiendo la importancia de vivir en un ambiente sano, ecológicamente equilibrado y que respeta sus derechos humanos.