Contemporáneos, miembros de la Royal Society, una élite de pensamiento inglesa, trabajaron de manera independiente en resolver un problema al que la humanidad le había tenido pavor: cómo modelar el concepto de infinito. Quizá habían escuchado el lema de algunas asociaciones de ahorro de que “muchos pocos hacen un mucho”, pero no confiaban plenamente en él, pues sabían que si uno suma 1 + 0.50 + 0.25 + 0.125 + '.el resultado no llegaba a 2 por más términos de la progresión que agregara. En la vida había sumas de infinito número de miembros que tendían a un límite finito.
Con increíble imaginación y abstracción, por separado, sin uno saber lo que el otro hacía, y más o menos al mismo tiempo, descubrieron (¿inventaron?) el cálculo infinitesimal. Newton utilizó esa poderosa herramienta para escribir, en el año MDCLXXXIII, una obra monumental que condicionó la concepción del universo por parte de las siguientes generaciones: Philosophiae Naturalis Principia Mathematica.
Tanto Isaac Newton como Gottfried Leibniz consideraron, a diferencia de (por ej.) pensadores italianos de su tiempo, que el análisis científico y las ideas religiosas no tenían por qué estar en pugna. Que la ciencia contribuiría a descubrir y, por tanto, a admirar la obra de Dios (quien para ellos tenía como primera profesión el ser matemático).
Pero hasta aquí el acuerdo, porque Newton y Leibniz no se llevaban bien y peleaban cada vez que podían. El siguiente es un diálogo que pudo haber tenido lugar un día de tantos que se encontraron en el Purgatorio y se refiere a la forma en que Dios interviene en el universo que creó.
NEWTON. Sé lo genial que eres y por tanto estoy seguro de que coincidirás conmigo en que Dios no solo creó y puso el universo en movimiento, sino que –con su inmenso poder– interviene en él a diario. No hay hoja de un árbol que caiga al suelo, ni los planetas viajan por sus órbitas, sin su participación, pues se trata de su universo. “El nos hizo y suyos somos'”
LEIBNIZ. No estoy de acuerdo. Dios creó el universo y lo dotó desde el principio de una regla de operación, automática, de modo que Él no tenga que intervenir en cada caso.
NEWTON. ¿Lo que usted me dice es que Dios hizo el universo y luego se desentendió de él?
LEIBNIZ. Más o menos, porque en su inmensa sabiduría supo que su diseño funcionaría bien por los siglos de los siglos.
NEWTON. O sea, que Dios es un rey que no reina, o un gobernante que no gobierna, pues después de la creación no hay nada que decidir. ¿Cómo puede, entonces, ser llamado Rey o Pantokrator (gobernante o sostenedor de todo)?
LEIBNIZ. Sí gobierna, pero no lo hace a nivel micro, pues todo lo dejó muy ordenado a nivel macro. Si el mundo requiriera constantes chequeos, correcciones, afinamiento y hasta de acciones que llamamos milagros, entonces es que el diseño original no fue bueno.
NEWTON. Dios no puede haber hecho al mundo y luego olvidarse de él, como si fuera un latifundista ausente, pues entonces no sería “Omnipresente”. Él es un Rey que reina y quiere a la humanidad más, mucho más, de lo que usted sugiere.
¿A quién apoya usted, lector o lectora, a Newton, a Leibniz o (quizá) a un tal Richard Dawkins, que sostiene que el admirable universo se formó sin la participación de Dios, como si al estallar una imprenta de caracteres móviles cayera escrito Don Quijote de la Mancha o La Divina Comedia?