Henri Cartier-Bresson, el “ojo del siglo XX”, quien fuera considerado como uno de los padres del fotoperiodismo y que retrató a personajes y acontecimientos históricos, vivió el último y definitivo “instante decisivo” de su vida, en la localidad francesa de Cereste, donde murió a los 95 años.
Cartier-Bresson, debilitado y sin comer en los últimos días, falleció el lunes y fue enterrado ayer –el día cuando se difundió la noticia de su muerte– en Montjustin, no muy lejos del Mediterráneo con el que se sentía tan identificado pues, según decía irónicamente, había sido concebido durante el viaje de novios de sus padres en un hotel de Palermo.
Momento justo
Cartier-Bresson se hizo famoso por estar en el lugar preciso en el momento adecuado, un talento natural que le permitió capturar en celuloide lo que denominaba “el momento decisivo”.
Durante una carrera en la que viajó a 23 países, el fotógrafo documentó la Guerra Civil de España; la liberación de París en la Segunda Guerra Mundial; la muerte de Mahatma Ghandi, en la India, y la caída de Pekín en manos de las fuerzas de Mao Zedong, en el año de 1949.
En 1954, se convirtió en el primer fotógrafo occidental que pudo entrar a la Unión Soviética después de la muerte del dictador José Stalin, que había ocurrido el año anterior.
Treinta años después, Cartier-Bresson se deshizo de su cámara, una antigua Leica alemana, y se decidió a la otra pasión de su vida: el dibujo.
El año pasado, la Biblioteca Nacional de Francia albergó una retrospectiva de su obra, agrupando 350 imágenes clásicas y dibujos, casi 30 años después de que él abandonara la fotografía.
El fotógrafo decía que la cámara es “la prolongación” del ojo.
Aborrecía los flashes y prefería que se mirara con sensibilidad sus imágenes.
Por eso, afirmaba que en ocasiones le hubiera gustado escribir pies de foto falsos: “Para que la gente mire con sus ojos, no con el cerebro”.
El fallecimiento de Cartier-Bresson consternó al mundo nacional e internacional del fotoperiodismo (Vea recuadro aparte).
De hecho, la noticia de su muerte desencadenó una cascada de reacciones y homenajes entre sus colegas de profesión, pero también entre las más altas autoridades francesas, como el presidente Jacques Chirac, quien señaló que con la muerte de Cartier-Bresson el país había perdido “un genio de fotógrafo, un verdadero maestro”.
El primer ministro francés, Jean-Pierre Raffarin, destacó por su parte que el fotógrafo será recordado como “el que erigió una técnica figurativa al nivel de práctica artística”.
Mientras tanto, el titular de Cultura, Renaud Donnedieu de Vabres, lo consideró como “uno de los más grandes fotógrafos de nuestro tiempo” y “un espíritu profundamente inconformista que quería ir al encuentro de los hombres”.
Ojo contemporáneo
A Cartier-Bresson se le asocia con acontecimientos clave de la historia del siglo XX por sus retratos de Fidel Castro o Ernesto Che Guevara; sus fotos de Pablo Picasso, Henri Matisse o el matrimonio Pierre y Marie Curie, pero también por las de muchos anónimos personajes capturados en sus múltiples viajes.
Nacido en la localidad de Chanteloupe, en las afueras de París, el 22 de agosto de 1908 y en medio de una familia de industriales, Cartier-Bresson se interesó desde muy pequeño por el dibujo y la pintura. Sus primeros pasos los dio con el cubista André Lhote.
A los 22 años de edad, se marchó a Costa de Marfil, a vivir de la aventura.
Trabajó como cazador, y, lo que fue más importante para su carrera, tomó sus primeras fotografías en una transición desde la pintura que, como contaría más tarde, tuvo que ver con su pasión por la vida y por el instante.
De vuelta en Francia para curar unas fiebres, se compró en Marsella una Leica, la cámara que ha quedado asociada con la imagen del fotoperiodista.
En el París culturalmente en ebullición de los años 30, estuvo en contacto directo con la crema y nata del surrealismo, y trabajó como asistente de directores de cine como Jean Renoir y Jean Becker.
Su actividad profesional se fue encaminando al fotorreportaje, gracias a su carácter de trotamundos, que le llevaba a pasar del exotismo del África negra a la coronación de Jorge VI de Inglaterra, o hasta los dolores de la Guerra Civil Española.
Poco después se vio implicado personalmente en otra guerra, la Mundial: movilizado por el ejército francés, fue capturado por los nazis en 1940, y logró escaparse tres años más tarde, lo que le permitió ser uno de los que inmortalizaron con su cámara la liberación de París.
El fin de esa contienda fue la ocasión para que fundara la agencia Magnum, que le dio la independencia suficiente como para continuar siendo el testigo de primera línea de la historia.
Tras su retiro de la fotografía en 1974, se justificaba diciendo: “La fotografía es un instrumento. No hay que hablar mal, me gano el pan con ella, pero nunca me ha preocupado. Me ha gustado hacer fotos, lo que es diferente. El dibujo implica una participación total”.
Aunque en el año 2000 había creado con su mujer, la también fotógrafa Martine Frank, la fundación que lleva su nombre para reunir su obra, siempre quitó importancia a su trabajo, que se negó a considerar un arte.
“La foto –decía– es para mí el impulso espontáneo de una atención visual perpetua, que capta el instante y su eternidad. El dibujo, por su grafología, elabora lo que nuestra conciencia ha captado de ese instante. La foto es una acción inmediata, el dibujo, en cambio una especie de una meditación”.