Cuando John M. Keynes dio a conocer esa frase que tan famosa se ha hecho, estaba precisamente marcando una diferencia fundamental con los economistas clásicos y neoclásicos. Por eso, que Juan Carlos Hidalgo la cite en su artículo (“Un problema disfrazado de solución”) resulta irónico y cae como anillo al dedo para, por una parte, mostrar la fortaleza y ventajas del keynesianismo, y por otra las diferencias fundamentales que nos separan a él y a mí.
Keynes advirtió claramente que, en determinadas circunstancias, la “Ley de Say” (“la oferta crea su propia demanda”) no funciona, y se produce un problema de sobreoferta en los mercados, generándose así crisis del sistema, cuya profundidad y extensión depende de elementos específicos. Con esto en mente, y preocupado por el aumento creciente del desempleo y todas sus consecuencias sociales y económicas (estamos hablando de un período en el que no habían “safety nets”, seguros de desempleo ni nada de lo que luego se dio en llamar el “Estado de Bienestar”), buscó y halló un mecanismo para evitar que estas situaciones cíclicas de la economía, pudieran mitigarse.
El mecanismo esencial es la intervención directa del Estado, mediante políticas expansivas del gasto, hasta lograr compensar mediante este gasto, la insuficiencia de demanda global generada por el sistema mismo, independientemente de los riesgos inflacionarios que ello podría tener, en el peor de los casos.
O sea, que Keynes no se aparta de una idea central de la teoría económica más clásica: que el capitalismo (los mercados dejados a su propia suerte), a largo plazo se ajustan “por sí solos”. Pero “a largo plazo todos estamos muertos...”. Por lo tanto, Keynes está preocupado por evitar esa “solución” de largo plazo, si ello es posible, y evitar así todo el sufrimiento que ello trae: desempleo masivo, pérdida de ingresos de todos los empleados, quiebra de empresas (grandes, medianas, pequeñas y micro), caída de los ingresos fiscales, poniendo en peligro aún los servicios más básicos y esenciales. También un enorme desperdicio de capacidad instalada, de oportunidades de inversión y crecimiento, etc.
Basta mirar a lo que pasó en 1929 y años subsiguientes, en el mundo entero, incluyendo Europa y EE. UU. de América, y compararlo con lo que ha pasado en estos años, para ver la enorme diferencia de una economía con “safety nets” y otros mecanismos de intervención estatal, para poder entender cuánto menos sufrimiento social es posible al intervenir adecuadamente que cuando “los mercados se ajustan solitos...”. Tampoco hoy se está haciendo todo lo que se podría hacer para reducir los efectos de la crisis.
Claro que la economía mundial de hoy es muy diferente a la de aquellos años: en tamaño, extensión geográfica, composición tecnológica, mecanismos de protección social y por ello, no obstante lo que están sufriendo millones de personas, especialmente en Europa y EE. UU., como resultado fundamentalmente de la crisis del sistema financiero por toma excesiva de riesgos de los operadores y mal manejo fiscal (particularmente en Grecia, donde el cobro de impuestos ha sido desastroso y el otorgamiento de prebendas, alarmante), ese sufrimiento es inmensamente menor que el soportado en los años treinta del S. XX.
Diferencias. Aclarado lo anterior, varias cosas resultarán más claras:
1. Entre Juan Carlos Hidalgo y yo, hay diferencias de valores: estas diferencias, no se refieren a la defensa de la libertad, de la democracia, de un Estado de derecho democrático, etc. Pero mientras que para él, en las crisis, el desempleo masivo se resolverá a su debido tiempo, para mí el Estado debe actuar de manera anticíclica para reducirlo todo lo posible, sin afectar los factores fundamentales que operan la economía. Si esto significa ampliar el gasto público temporalmente, porque hay una insuficiencia de demanda, que así sea; si lo que se requiere es una reducción del gasto y/o aumento de las tasas de interés, en mi concepción, también esto sería bienvenido. A diferencia de él y de afirmaciones que han estado de moda mucho tiempo, prefiero una inflación moderada, y aún de alrededor del 10% anual, que un desempleo alto, o sea, mayor al 6% (este número es revisable según circunstancias).
2. Hidalgo promueve un Estado mínimo y bastante anémico, incapaz de actuar para prevenir crisis económicas, amortiguarlas, acortarlas en el tiempo; mientras que yo defiendo un Estado que tenga la capacidad de actuar positivamente en estas circunstancias. Defiendo la posibilidad de tener que aplicar medidas de ajuste fuertes (combinando recorte de gasto público con aumentos de impuestos de tipo progresivo: deben pagar más, en términos relativos y absolutos, los de mayores ingresos y las empresas con utilidades más elevadas).
3. No puede atribuirme que defiendo un Estado dispendioso e ineficiente, porque por más de 25 años he defendido la tesis de la Social Democracia Remozada, que critica la expansión estatal como la estrategia y política central de los social demócratas más tradicionales (y en mi opinión superados). Reconozco en una política fiscal responsable uno de los fundamentos de las políticas públicas eficaces, y la apertura de mercados a la competencia, incluyendo con las empresas del Estado, eso sí, mediante la regulación indispensable y la institucionalidad necesaria para cumplirla, de manera que esas empresas (públicas o privadas, cada una con su propia racionalidad), cumplan los objetivos que la sociedad les requiere y no los que sus dueños o funcionarios en una perspectiva estrecha y oportunista les definen.
4. La posibilidad de aplicar medidas anticíclicas es lo que defendemos Krugman y los keynesianos. Esta es una de las mayores distorsiones de nuestras posiciones por parte de Hidalgo y sus “compañeros de ruta”. Ellos atribuyen al keynesianismo y a Krugman (su enemigo ideológico más temido) el promover un estado enorme, déficit fiscales continuos, despreocupación por las cuentas fiscales y el endeudamiento público. Pero esto es falso. Abogar por políticas anticíclicas, que pueden generar déficit temporales, es falsear el argumento y atribuirle al todo un rasgo de política frente a un problema concreto, cuya “corrección” se ha de producir una vez cambie la tendencia del ciclo del crecimiento económico.
Por lo anterior, creo que está claro que partimos de opciones valóricas distintas, y, por tanto, no se trata de aportar cifras y evidencia empírica, que por supuesto ayudan y pueden dar rigor a los argumentos. Pero lo fundamental es que, por lo menos hasta ahora, la sociedad a la que aspiramos Hidalgo y yo, son distintas en algunos aspectos esenciales y es más importante señalar y entender esas diferencias, que lo que pueden decirnos las cifras en sí.