El drama asoma doquiera que lo invocan: la noche del 4 de marzo de 1960, el llamado “American Baritone”, Leonard Warren, se desplomó sobre el escenario del viejo Metropolitan Opera House, ubicado entre Broadway y la calle 39 de Manhattan. El cantante había terminado de acometer vigorosamente el aria Urna fatale del mio destino ,precedida por el recitativo –en esta ocasión premonitorio– Morir, tremenda cosa , del tercer acto de la ópera maledetta : la sombría Forza del destino , de Giuseppe Verdi.
El barítono –de padres rusos (su verdadero apellido era Warrenoff)– sorteó con bravura experimentada los verdianos escollos de una romanza claramente expuesta para su intérprete.
Durante su trance fatal, tal vez hizo revista de su vida en breves instantes; algunos dicen haberlo escuchado toser roncamente y, por último, musitar un plañidero “Help me!, help me!”. Tras ello se desplomó sobre el cuerpo herido de su mortal enemigo, Don Álvaro, encarnado por el tenor Richard Tucker.
Luego de un tenso silencio, el propio director del “Met” salió a anunciar la muerte del artista. La función evidentemente no continuó.
Así narró los hechos el costarricense Jorge Enrique Guier, quien a la sazón estudiaba en la Universidad de Nueva York. El historiador y abogado asistió a la escena fatídicaesa noche y sus palabras las hicimos nuestras para revivir esta historia.
Exhalación escénica. El mundo lírico no volvió a ser el mismo a partir de esa ocasión. Se sabe que muchos grandes escenarios incluyen ahora aparatos desfibriladores entre su equipo de primeros auxilios para socorrer a los cantantes ante las contingencias de un género demandante física y psíquicamente. Algunos también cuentan con médicos aprestados a intervenir en caso necesario.
El canto lírico es pródigo en accidentes de tal naturaleza. Poco tiempo después del hecho que nos ocupa, el glorioso tenor sueco Jussi Bjöerling –nacido en 1911 al igual que Warren– sufrió un ataque al corazón en el escenario londinense del Royal Opera Covent Garden.
Sin embargo, sin la suerte de aquel de morir en escena, Bjöerling lo haría unos meses después en su país natal. El acontecimiento tal vez haya truncado una de las más brillantes carreras de la historia lírica universal.
Por otra parte, uno de los tantos mitos de la historia de la ópera es el que se refiere a la muerte de Enrico Caruso. La fábula tal vez haya nacido como consecuencia de la famosa escena final del filme protagonizado por Mario Lanza, The Great Caruso , en el cual se presume falsamente que el gran tenor napolitano habría dado el paso supremo sobre el escenario.
Empero, hay algo de cierto en el mito: Caruso se desplomó en escena –víctima de una oculta pleuritis– en la Brooklyn Academy, donde la Compañía del Metropolitan Opera representaba L’elisir d’amore , de Donizetti, la fatídica noche del 11 de diciembre de 1920. Se dice que fue la primera vez en que una función del Metropolitan quedaba inconclusa. Sin embargo, el tenor italiano no falleció en esa oportunidad sino seis meses después, en su Nápoles natal.
Canto y conjuro. “Quien canta sus males espanta”, se dice frecuentemente. Convendría advertir, no obstante, que tal vez el canto no espanta las adversidades pero sí recluta de su lado y redime automáticamente a los espíritus malignos que pululan en ese cien veces bendito campo magnético que se llama escenario.
Como bien dijo el poeta lírico alemán Friedrich Hölderlin: “Solo al canto le está dado revelarnos los secretos Arcanos”. Sin embargo, al mismo tiempo, duramente hay que aceptar que ese médium entre los dioses y los mortales que es el intérprete es también un ser humano común que sufre de nervios, hipertensión arterial, o cualquier otra enfermedad fatal.
Un relato con ribetes de leyenda nos cuenta que cuando Leonard Warren quedó abatido sobre el escenario, el Chirurgo –obligatorio personaje de relleno– exclamaba: “Lieta novella, è salvo, è salvo, o gioia!” (¡Feliz noticia, se ha salvado, oh alegría!). Algunos de sus compañeros de escena (entre los que destacaba la inigualable Renata Tebaldi) vieron en el singular episodio un presagio inefable de salvación eterna para quien había gozado la rara fortuna de morir en escena.
El emotivo homenaje que posteriormente rindieron a Warren sus compañeros –Tebaldi, Tucker, Sereni y Hines– fue el preludio del final de esa enorme sala de teatro que, según confiables relatos, representaba el epítome de la acústica natural: el Metropolitan Opera House.
Es bien sabido que este monstruo arquitectónico fue injustamente demolido poco tiempo después y reedificado en el moderno Lincoln Center. Los ribetes de poesía que analogaron la muerte del gigante con la del seráfico artista lírico alcanzaron matices legendarios.
En contraste, ¿acaso existirá en la historia lírica un episodio más pueril que la desventurada muerte del gran Fritz Wunderlich? Su deceso fue atribuido a una caída provocada por los cordones de sus zapatos, lejos de la escena, justo pocos meses antes de su anunciado debut en el mismo fatídico escenario.
Final de poesía. ¿Es imaginable acaso un final más bello para la gloriosa carrera de un artista lírico que el de Leonard Warren? Por ventura, ¿no merecían los malogrados Kraus y Pavarotti un final de estas alternativas y no una triste y progresiva extinción a manos de un prosaico cáncer de páncreas?
El torero que perece en la arena ante su enemigo tiene acceso sin escalas a la inmortalidad de la leyenda, como fue el caso de Manolete o el lorquiano Ignacio Sánchez Mejías.
Quizás Napoleón I y su oscuro sobrino Luis Bonaparte (Napoleón III) escudriñaron un heroico final para sus aventureras existencias cuando, el primero en Waterloo y el segundo en Sedan, buscaron infructuosamente y con arrojo suicida que la poética Parca los incluyese en las bajas de una batalla que juzgaban irremisiblemente perdida.
El artista, el guerrero y el “toreador”, enfrentados perennemente a la muerte súbita, a la cuerda floja y al monstruo de las mil cabezas, terminan viendo, en ese desenlace común, el hecho familiar e inevitable que les hará alcanzar la inmortalidad de los elegidos.
Al mismísimo borde de la leyenda, la muerte repentina de Leonard Warren –encarnando al maligno Carlo de Vargas– no es otra cosa que ese Deus ex macchina que resuelve la enrevesada trama de una vida dedicada al más bello de todos los quehaceres, el canto lírico, y demuestra los alcances eternos de su desarrollo más allá de toda duda.
EL AUTOR ES INTÉRPRETE LÍRICO COSTARRICENSE. DE 1995 A 1999 FUE DIRECTOR DE LA COMPAÑÍA LÍRICA NACIONAL. ES ABOGADO Y PROFESOR EN LA UCR.