Durante todo un decenio se escabulló de sus perseguidores. Todos saben que la recompensa por su hallazgo –con vida o sin ella– era de $25 millones. Osama bin-Laden era una presa valiosa.
El miedo a la muerte, sin embargo, no era algo que lo torturara, pues tenía la creencia de que, cuando falleciera, se convertiría en un
Seis horas después de que se anunció la muerte de bin-Laden, el primer ministro islamista, Ismail Haniye, calificó al líder terrorista como “combatiente sagrado árabe”. Mientras tanto, en el centro de Karachi, Pakistán, los seguidores del partido Jamatut Dawa oraban por su ídolo, muerto a manos del ejército estadounidense. Para ellos, había nacido un mártir, una leyenda.
Al otro lado del mundo, la Casa Blanca celebraba el deceso del musulmán que tantas pesadillas causó en los últimos diez años. Era el cerebro y el rostro de al-Qaeda, el estandarte a derribar con la llamada “guerra al terrorismo”.
Osama bin-Laden fue el hijo del jeque Muhammad bin-Laden, un estibador analfabeto y devoto musulmán yemení que se convirtió en el contratista más cotizado de Arabia Saudí, inclusive por la familia real.
Su relación profesional con familias de élite le permitió hacer una cuantiosa fortuna, con la que alimentó a los 54 hijos que tuvo con 11 esposas.
Osama (cuyo nombre significa “cachorro de león”) fue el único hijo de la cuarta mujer de Muhammad. “Ella era conocida como ‘la esclava’ y él, como ‘el niño esclavo’”, según un artículo publicado en
El padre abandonó el hogar poco tiempo después del nacimiento de Osama, su hijo número 17, quien llegó al mundo en 1957, en Riad, la árida capital del reino de Arabia Saudí. El pequeño se quedó con su madre, de origen sirio, y su padrastro, un ejecutivo del grupo saudí bin-Laden, dedicado a la construcción.
Quienes lo conocieron en su niñez lo recuerdan como “un niño muy religioso, callado, tolerante, tímido, de carácter equilibrado, propenso a asumir el papel de organizador, pero no el de líder”, relata el corresponsal para el diario
La descripción calza con el papel que años después desempeñaría en las operaciones del 11 de setiembre del 2001. Para el atentado de aquel martes, Osama no eligió las Torres Gemelas en Nueva York como el máximo objetivo del ataque. Tampoco fue quien decidió utilizar aviones como dardos para la arremetida, ni pretendió derribar el World Trade Center en su totalidad.
Pero, durante dos años, se dedicó a planear cada detalle de la operación ideada por otros. Abandonó sus deberes de padre de 13 hijos y se volcó por entero a la lucha del
Osama tenía 13 años cuando recibió $80 millones por la muerte de su padre, quien pereció en un accidente aéreo. A los 17, se casó con la primera de sus cuatro esposas. Ella tenía 14 años. En 1978, ingresó a la Universidad Rey Abdulaziz, pero abandonó la carrera de gestión empresarial antes de graduarse. Fue el único de sus hermanos que no viajó para estudiar fuera de su patria; de hecho, en toda su vida nunca salió de Oriente Medio.
Y es que la educación quedó en segundo plano cuando, en 1979, el joven bin-Laden se sintió realmente atraído por la religión, un imán que lo sedujo hasta su muerte. El muchacho se codeó con los Hermanos Musulmanes, un grupo de islamistas recalcitrantes. Se identificó con el llamado de la “guerra santa” y se alineó con las tropas que combatían la invasión soviética a Afganistán, en Kabul, sitio que se convertiría en su nueva casa.
Ayman al Zawahiri, un
Gracias al entrenamiento de la CIA (que apoyaba la lucha contra los soviéticos), bin-Laden aprendió a recaudar fondos y repartirlos a través de sociedades fantasmas, se aleccionó en las mañas de la fuga y aprendió a construir explosivos.
En 1988, todavía tenía poder sobre parte del dinero con el que Estados Unidos financió la lucha armada de los grupos proafganos (se habla de $3.000 millones). Bin-Laden se dedicó entonces a reclutar militantes entre excombatientes de Kabul para comenzar campamentos en favor de su propia causa: el triunfo absoluto del islam, en detrimento de cualquier “régimen infiel”. Fue cuando Occidente se convirtió en su enemigo número uno por “ultrajar” el país de Mahoma y a la Meca con su invasión.
“Tengo fe en que los musulmanes serán capaces de terminar con la leyenda de la llamada superpotencia que es Estados Unidos”, dijo Osama a un periodista, según
Con el objetivo trazado, nació al-Qaeda, “la red”, un grupúsculo guerrillero que comenzó a crecer como la espuma, cruzando fronteras. Se estrenaron con un atentado al hotel Gold Mihor de Adén, en 1992, en el que murieron dos personas.
“Las víctimas realmente inocentes van directamente al paraíso, por lo que se les hace un favor”, decía el discurso de Osama y al Zawahiri. Así lograron convencer a sus seguidores de que era necesario matar para vencer.
Para entonces, Osama ya había perdido su pasaporte saudí y fue desterrado, por lo que se radicó en Sudán, donde permaneció cinco años. De allí también fue expulsado por presiones del gobierno estadounidense. Finalmente se trasladó a Afganistán, donde fue bien recibido por el jefe talibán Muhammad Omar.
En 1996, la organización promovió algunos atentados con coches bomba en diferentes partes del mundo. Dos años después, atacó las embajadas estadounidenses de Nairobi, Kenia y Tanzania, y murieron más de 200 personas. Pese a esto, todavía ni Osama ni al-Qaeda estaban en la lista de “los más buscados”.
Fue en 1998 cuando “el director” –como se le conocía– instó públicamente a sus seguidores a “matar a los americanos donde sea que se encuentren”.
En el año 2000 atacaron un buque de guerra norteamericano en la costa de Yemén y causaron la muerte de 17 personas. Fue cuando el presidente Bill Clinton lo declaró enemigo número uno de su país.
Un año después, el 11 de setiembre, firmó su propia sentencia luego de que el macabro atentado tuviera su firma.
Bin-Laden no volvió a presentarse frente a las cámaras después de aquel día en que hizo explotar el Centro Mundial de Comercio y, de paso, el honor de los Estados Unidos.
Dejó un video que se transmitió por la televisión arábica en inglés Al- Jazeera, el 7 de octubre del 2001. En él daba gracias a Dios por la muerte de miles en Estados Unidos. Luego, prácticamente desapareció de la faz de la tierra.
“América está llena de horror de norte a sur, de este a oeste, las gracias sean dadas a Dios. Lo que América está probando ahora, es solo una copia de lo que nosotros hemos probado”, publicó
El hombre más odiado por Estados Unidos no solo causaba terror a los occidentales. Su propia familia le temía a su exacerbada obsesión por el islamismo y sabían que alguna catástrofe quedaría enlazada con su apellido. “El 11 de setiembre del 2001, estaba durmiendo en casa de mi abuela, cuando uno de mis tíos vio las Torres Gemelas ardiendo y gritó: ‘¡Tu padre ha destruido a la familia!’”, dijo Omar bin-Laden, uno de los hijos de Osama que más presencia ha tenido en los medios.
Ríos de tinta en libros, imborrables imágenes del horror vivido cuando las Torres se desplomaban y hasta una canción de Ricardo Arjona, han tatuado para siempre el nombre de Osama bin-Laden en este atentado.
Para el periodista Enric González, la fama del hombre de barba larga creció durante los siguientes diez años gracias a los medios de prensa.
“Ese es el sueño de cualquier terrorista. En el ámbito del terror no importan tanto los números como el impacto. Y Osama bin- Laden lo obtuvo”.
El temor que le tenía Occidente era proporcional a la idolatría que le tributaban al otro lado del mundo. De este lado del planeta, era una amenaza que había que exterminar; del otro, la salvación del islam.
Otro periodista de
Al día siguiente, partió con un puñado de seguidores hacia las recónditas montañas de Tora Bora, cercanas a la frontera con Pakistán, en las que él mismo habría mandado a construir una red de cuevas.
Estados Unidos sabía del paradero de Osama y él estaba consciente de ello. Sin embargo, era sumamente difícil llegar hasta su escondite debido al apoyo de las tribus vecinas y tampoco era sabio dejar la embestida en manos de afganos locales, pues a la larga podían resultar allegados a al-Qaeda. Esto alargó en diez años la anhelada captura.
La primera supuesta muerte de Osama se anunció poco después de un ataque que el entonces presidente George Bush calificó como ‘terrorista’. Una cronología de
Siguió el funeral, en la Navidad del 2001, y la información complementaria del diario
Dos días después, oficiales afganos reportaron que su líder seguía vivo. Nuevamente, un mes más tarde, en Pakistán circuló otro rumor: esta vez se decía que bin-Laden había muerto de insuficiencia renal. Y en esta ocasión fue una de sus mujeres junto con un líder talibán fugitivo quienes desmintieron tal versión.
En ese mismo año, en abril, al-Qaeda afirmó ser responsable de la muerte de 21 personas en la explosión de una camioneta en Túnez. Y en octubre se atribuyó el fin de otras 202 vidas en una discoteca en Bali. La imagen del terrorista barbudo volvía a vivir.
Entre el 2004 y el 2007, la agrupación dirigida por bin-Laden protagonizó cuatro escenas más de terror. La primera de ellas fue en Madrid, y dejó un saldo de 192 muertos; la segunda en Jordania, con 57 decesos, y dos más en Londres y en las oficinas de la ONU en Argelia, con un total de 93 asesinatos.
El 1.° de mayo pasado, el director de la CIA, Leon Panetta, llamó al presidente Barack Obama y solo dijo las palabras claves: “Gerónimo EKIA”.
El enemigo número uno de los Estados Unidos había muerto en su residencia en Abbottabad, Pakistán, a los 54 años.
Hoy, mientras los estadounidenses celebran, las mecas se llenan de islamistas que le piden a su nuevo mártir que interceda por la salvación de su doctrina.