Las artes circenses fluyen por las venas de Miguel Maluenda –un hombre que creció rodeado de payasos, acróbatas, trapecios y animales – y que hoy, a sus 33 años, es la estrella del Circo de los hermanos Fuentes Gasca, donde trabaja desde hace un año y medio.
Una peluca anaranjada, una nariz negra con pintas de colores y un maquillaje sencillo que él mismo se aplica bastan para que este chileno –que proviene de una familia que desde hace varias generaciones hizo del circo su pasión– se transforme en el payaso Mikie Maluenda.
“Cada pintada de un payaso es la firma”, sostiene Miguel. “Intento lograr el efecto de tristeza o de alegría con mi cara”, agrega, quien lo logra con accesorios pequeños y sin tanto maquillaje.
Es así como vestido de rojo con blanco este hombre se acerca diariamente a decenas de personas con un show que él mismo crea y que refleja el tipo de humor que lo ha inspirado: Charles Chaplin, Mario Moreno Cantinflas y Roberto Gómez Bolaños.
Inicios. Pero antes de convertirse en payaso, Miguel trabajó con animales, hizo acrobacias, se subió al trapecio y participó en la orquesta de uno de los circos en los que ha estado, por lo que también sabe tocar trompeta... “es que aquí uno hace de todo y luego perfecciona su don”, relata.
Empezó en el circo familiar cuando apenas tenía cinco años y con el que ha llegado a Centroamérica, México y EE.UU. Fue en ese camino que Miguel descubrió que quería ser payaso. Lo explica en una simple frase: “Sacarle risa a los niños no se compara con otra cosa”.
También fue en ese recorrido, por este mundo circense, que conoció hace unos ocho años a su esposa, una coreógrafa que decidió unirse a la nómada vida de los circos. Con ella procreó a Miguelito, quien ya tiene cinco años.
Hoy, con este niño se repite la historia que Miguel vivió cuando era pequeño, con la diferencia de que mientras él debía ausentarse de la carpa para ir a estudiar, Miguelito –al igual que los hijos de los artistas del circo– asiste a la escuelita que va de ciudad en ciudad bajo la tutela de un profesor reconocido por el Ministerio de Educación mexicano.
En fin, “aunque trabajamos mucho, nuestra vida es más libre” y nos acostumbramos a ir de un lado a otro”, finaliza Miguel.