Me comentaba recientemente Jorge Brenes, profesor de la Universidad de Costa Rica, que con la palabra griega phren persisten dilemas de traducción que son irremediables. La tarea no es sencilla, ya que los antiguos griegos utilizaban dicha voz para referirse al diafragma y a sus alrededores, zona del cuerpo donde se asientan algunos órganos, principalmente el corazón.
Por ejemplo, al pasar al castellano, la raíz phren ha conformado algunos vocablos médicos que indican con exactitud, partes del cuerpo que se localizan en está región, tales como el nervio frénico y el ligamento gastro-frénico. Sin embargo, el problema radica en que a la misma vez, emplearon el término para designar a la mente.
Hoy en día, sabemos que esta se localiza en el cerebro y es la responsable del entendimiento.
Es evidente que en algún momento, la cultura griega le asignó a la mente un lugar distinto en el cuerpo, otorgando a la zona del diafragma la sede del pensamiento.
¿Habrán estado los antiguos griegos tan extraviados? ¿Será el raciocinio un proceso mental que se produce en la cabeza? ¿O será más bien que la mente miente, siendo las pasiones las que engendran y nutren lo que llamamos con tanta certeza pensamiento?
Si fuera ese el caso, la medicina moderna tendría que replantearse al menos el abordaje de enfermedades denominadas con esta raíz griega, entre ellas la esquizofrenia.
Efectivamente, su origen se encontraría en el diafragma y alrededores, mucho más lejos de la razón. Ya hace tiempo, Ludwig Wittgenstein escribió: “Sentimos incluso que si todas las cuestiones científicas fueran contestadas, los problemas de la vida ni siquiera habrían sido rozados”.