Es frecuente en el diario acontecer, en casi todos los niveles sociales, escuchar esta sintomática expresión popular: !Me la juego! para expresar que vamos a hacer algo riesgoso, indebido, o incluso prohibido, bajo la errónea creencia de que es sinónimo de coraje, valentía, de quien la dice, cuando sabemos que en casi todos los casos se trata de trasgresiones a la ley, a las sanas normas y a las buenas costumbres. Veamos algunos ejemplos: “A pesar de que es día de restricción vehicular, ¡me la juego! y me llevo el carro”. “He tomado más de la cuenta, pero me la juego y manejo”. “Me tocaba la revisión vehicular en agosto y no la he hecho, pero me la juego y sigo circulando en noviembre”.
En este caso obsérvese que Riteve ha informado que hay 85.000 vehículos circulando, que no han cumplido con esta norma, y que la multa legal prevista es de más de ¢200.000. Hay casos también graves como el del funcionario público que se la juega y pide, o acepta un soborno a cambio de hacer la vista gorda ante el cumplimiento de los requisitos y normas para el otorgamiento de un contrato, poniendo a riesgo incluso vidas humanas en muchos casos en los que el no cumplimiento de las normas, puede suponer peligros de accidentes en carreteras.
¿No se la jugó acaso aquel conductor del bus que cruzó el puente sobre el río Tárcoles, sabiendo que el peso que llevaba excedía ampliamente el máximo permitido, y para colmo anunciado en un rótulo visible, a la entrada del puente? ¿No se la jugaron también muchos pasajeros que sabían de las restricciones en este caso, y las ignoraron a sabiendas de que ponían en riesgo sus vidas? ¿No se la juega el conductor que adelanta otro vehículo en zona prohibida y choca de frente con el que viene normalmente en sentido contrario, arriesgando la vida propia, la de sus acompañantes y, lo que es peor, la de los inocentes que vienen en dirección contraria manejando correctamente?
¿Dónde se origina esta conducta peligrosa? Sin la menor duda primeramente en la educación de hogar, en los valores que se le tramiten a los hijos, y sobre todo en el ejemplo que se les da. En segundo lugar en la escuela, lo que se recibe de los maestros y también de los compañeros y amigos. Como dijo recientemente don Julio Rodríguez en su columna En Vela del 29-10-10: “¿En qué ambiente se forman los niños y los adolescentes? Esta es la madre de todas las preguntas y la nada de todas las respuestas”. “¿Qué le ofrecen los medios de comunicación, las familias, los educadores, los dirigentes políticos, deportivos y religiosos? ¿Cuáles son los conceptos y valores básicos que los nutren e inducen a actuar?
¿Cuáles son los modelos que les brindamos?” Creo firmemente que la fuente de casi todos los problemas que nos aquejan, en lo personal, familiar, social, económico y político, es la crisis moral por la que atraviesa la humanidad contemporánea, y Costa Rica no es la excepción. Ella es consecuencia de dos razones fundamentales: La creciente exaltación de lo material en desmedro de lo espiritual, y el ablandamiento general de los principios éticos y la disciplina, en la crianza de hogar y en el sistema educativo. Lo que antes era prohibido y refrenado, ahora empezamos a decir que está bien, y vamos cediendo. Es difícil de encontrar un área de actividad en la que no nos enteremos a diario por los medios de comunicación, de una acusación, delito, o hecho, en el que esté presente una falta contra el universalmente aceptado código moral, o religioso, acompañado muchas veces con ¡me la juego!
Campaña por los valores. Bienvenida sea la campaña de promoción y rescate de valores que recién inicia el Grupo Nación, cuanta falta hacía! ¿Por qué no continuarla por los medios audiovisuales, con microprogramas en los que se exalten los valores, presentando como modelos a personas de vida destacada, como educadores, padres y madres ejemplares, deportistas dignos de imitar, luchadores sociales de las comunidades, científicos meritorios, emprendedores exitosos surgidos de la nada, en fin seres humanos fuera de lo común que merecen nuestra admiración, a los que se presentarán como modelos dignos de imitar, a fin de reducir la malsana influencia de tanto idolillo farandulero de dudoso género, lleno de tatuajes y piercings , generalmente drogadictos, cuyo exaltación por los medios, tanto daño le hace a nuestros jóvenes ansiosos de modelos que imitar?
Bravo a un humilde héroe: Recientemente con motivo de uno de los deslaves ocurridos en el área metropolitana, concretamente en el caso de de Palmira de Aserrí, Carlos Azofeifa, un vecino de la zona, decidió al filo de la medianoche, asumiendo su propio riesgo, ante la persistencia de las lluvias, salir a explorar río arriba, con un foco, previendo una posible cabeza de agua, y se encontró con un represamiento del cauce, con lodo, rocas, troncos y ramas, lo que le impulsó valiente y solidariamente a regresar rápidamente y avisarle a todo el vecindario, 25 familias en total, lo que estaba a punto de ocurrir, logrando que tomaran medidas de resguardo que luego le permitieron salvar sus vidas.
Carlos se la jugó en el buen uso de la expresión, arriesgó su vida explorando y luego alertando a cada vecino, tiempo que otro quizás hubiera dedicado a salvar la suya propia y sus pertenencias. Mas tarde cuando los medios se enteraron y lo llamaron héroe, negó serlo y dijo: Yo solo cumplí con mi deber. ¡Claro que eres un héroe, Carlos! y además uno con gran sentido de amor y solidaridad para con sus vecinos. He aquí un digno ejemplo de los que tanto necesitamos como modelo digno de imitar, un hombre común cargado de valor para proteger las vidas de sus amigos y vecinos. He aquí un buen uso de la expresión: ¡Me la juego! para un propósito loable. Basta ya de jugársela para trasgredir una norma, o un principio ético, sobran ejemplos. Usémoslos para promover la calidad humana y evitar el continuo deterioro de los valores, está en juego el futuro de nuestros hijos. ¿Es que hay algo más importante?