Personitas llenas de energía, cariño y vida. Ojos de ilusión y esperanza. Manos fértiles en busca de un mañana. Los niños, sinónimos de inocencia y sentimientos, al igual que cualquier persona, ellos también tienen sus derechos.
Conocerlos no basta: más vale actuar y hacerlos valer. Dos estudios realizados por el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF) y la Segunda Vicepresidencia de la República (en agosto de 1996 y mayo de 1997) dejaron un sabor de optimismo.

Como lo explica Fernando Carreras, consultor del UNICEF, las pruebas reflejan que en Costa Rica existe una buena base de percepción sobre los derechos, que pueden facilitar los desafíos del siglo venidero.
Sin embargo, de ellos también se desprende la necesidad de trabajar fuertemente en cuanto a la importancia de concluir los estudios secundarios para enfrentar los nuevos retos.
Asimismo, se debe involucrar aún más a la comunidad, pues hacer valer los derechos del niño no solo le corresponde a los padres y al Estado.
Buen ambiente
La primera encuesta se realizó en agosto de 1996. Comprendió 20 preguntas y fue de carácter probabilístico. Se abarcó el Área Metropolitana y se entrevistó a 1.225 personas.
El objetivo fue conocer la concepción que tienen los adultos sobre los niños. Para ellos, los pequeños son personas que merecen respeto y comprensión. También es válido rescatar el que ven los derechos como algo inherente a los menores.
Por otra parte, el segundo estudio se efectuó en mayo de este año con las mismas características de la anterior. De ella se concluye que de cada 100 personas 70 ven en la recreación un derecho necesario como parte del crecimiento de los menores.
La protección y la no discriminación también ocupan un lugar preponderante en el desenvolvimiento del niño.
En otros campos, la educación, la salud y la alimentación figuran como los derechos más importantes para la población adulta costarricense, seguidos por el de ser amados, el respeto como personas y el tomar en cuenta sus opiniones.
Catorce frases, 14 puntos: todos necesarios para proteger la integridad y la esencia de una infancia feliz. No se trata de priorizar uno sobre otro: todos son insustituibles y vitales.