Fernando Diez Losada
Las funciones básicas de la mayúscula inicial pueden reducirse a tres: principiante, individualizante y diacrítica. La función principiante se refiere al uso de la mayúscula inicial en palabras que comienzan un escrito o una idea nueva dentro de un texto (después de punto y, en ocasiones, de dos puntos o de puntos suspensivos: lo importante es que se trate de una nueva idea, sin conexión con lo expresado anteriormente). Esta función es la que ofrece menos dificultades y genera menos errores.
La función individualizante se relaciona con la obligación de escribir con mayúscula inicial los sustantivos individuales. La norma académica abarca los nombres propios de personas físicas: nombres legales (Antonio, García) , familiares (Pepito), sobrenombres y apodos (Alfonso el Sabio, El Greco) ; instituciones, corporaciones y establecimientos en general (Organización de las Naciones Unidas, Banco Nacional, Ministerio de Hacienda, Sección de Importaciones) ; animales (Rocinante, Micifuz) ; objetos (la Estatua de la Libertad, la Tizona) ; zonas y accidentes geográficos (América, China, El Cairo, el Amazonas) ; cuerpos siderales (el Sol, la Luna, Venus); títulos de obras literarias, cinematográficas, etc. -siempre que el nombre no sea muy extenso- [pero ¿cómo medir esa extensión?] (La Divina Comedia, Los Diez Mandamientos, Refranero Castellano); épocas o períodos históricos (Siglo de Oro, Edad Media); fiestas (Navidad, Jueves Santo)...
Hasta aquí esta función individualizante no parece ser demasiado engorrosa. Sin embargo, las dificultades y vacilaciones no tardan en presentarse, sin que la Academia se refiera a ellas ni, mucho menos, las resuelva.
Personalmente (y siempre en espera de una clara determinación académica) soy partidario de la minúscula en los casos dudosos. Creo que en los ejemplos: océano Pacífico, islas Canarias, cordillera de los Andes, río Sena, plaza de España, calle de Alcalá, teatro La Opera, hotel Tropical, almacén El Tesoro..., los nombres genéricos (océano, islas, cordillera, río, plaza, calle, teatro, hotel, almacén) deben iniciarse con minúscula porque no forman, en realidad, parte integral de la denominación técnica de la entidad geográfica, de la zona urbana o del establecimiento.
Asimismo, esta función individualizante de la mayúscula en los nombres propios no sería lógico que se aplicara, como suele hacerse con frecuencia, a expresiones como producto interno bruto (por más que ostente las consabidas siglas PIB), balanza de pagos, depósito a plazos, sociedad anónima, zona franca y otras muchas expresiones técnicas de actualidad, que pertenecen obviamente al campo de sustantivo común.
Finalmente, la función diacrítica de la mayúscula inicial se aplicaría a un reducido grupo de palabras en una determinada acepción de ellas con el fin de evitar cualquier posible ambigüedad. En este sentido, un caso claro es el de estado. El Diccionario manual de la Academia advierte que "cuando se refiere al organismo político superior, se escribe con mayúscula": Golpe de Estado. (La edición actual del DRAE asigna también minúscula a la acepción de estado como división geopolítica: el estado de Yucatán; el estado de la Florida.)
Pero no cantemos victoria antes de tiempo. El uso de la mayúscula seguirá provocándonos -a usted y a mí- dolores de cabeza mientras la Academia no se decida a poner el huevo.