Hay una extraña tendencia en algunos escritos que van apareciendo por ahí que abordan temas que sus autores parecen desconocer, o bien que resultan como producto de un abordaje derivado de un inadecuado acceso a ciertas fuentes. Dan la impresión de que se trata de algo así como un decir por decir. Eso, sin duda, es muy fácil, pero también poco serio.
Recientemente, Víctor Ramírez ha escrito Sexo y religión (La Nación, Página Quince, 28-04-2010). Unas líneas que, aparte de caer en un empobrecedor reduccionismo que hace de la religión una moral sin más, incurre en algunas afirmaciones que vale la pena comentar aquí. Haré unas cuantas notas al margen de lo escrito por don Víctor, siguiendo su mismo orden de ideas.
Desatino histórico. Primero digamos algo sobre Pablo. Este apóstol ni abre vertientes ni hereda tradición alguna que considera abominable la sexualidad humana. Menos aún, genera una corriente de reflexión que asocie a la vivencia de la sexualidad exclusiva y necesariamente a la idea de procreación. Lo específico de la moral paulina es la cuestión acerca del bien global del ser humano al que se llega por la vía del discernimiento inteligente: “examinad todo y retened lo bueno”, dirá. El mosaico de la propuesta moral paulina es complejo y nada se comprende si nos salimos de él. Ciertamente, de cara al mundo heleno, Pablo llega a afirmar como superiores y más humanas (y cristianas) unas costumbres sobre otras, pero es claro que de ahí a poner al apóstol a ser el forjador de una moral sexual completa y hasta con matices casuísticos ya a fines del mismo siglo I es, aparte de inexacto, un desatino histórico.
Desconocimiento. De ninguna manera el “escalafón católico” de pecados muestra, luego de Pablo, la supuesta hegemonía de la faltas de tipo sexual y tampoco luego del siglo IV se incurrió en no condenar más que aquello que caían en la esfera de lo íntimo. Afirmar lo primero es pasar por encima de toda la historia de la reflexión en teología moral (que desde la obra pionera El Pedagogo en adelante muestra preocupaciones y reflexiones mucho más complejas e integrales que las que preocupan a don Víctor), y decir lo segundo es mostrar que se desconoce radicalmente el contenido de la tradición temática patrística y magisterial posterior a la segunda generación cristiana y que abordaba temas que, sin dejar de lado la moral de la persona, iban también de frente hacia temas relacionados con la moral fundamental y la moral socio-económica.
Razón pueril. Reducir el origen del celibato a solamente razones de naturaleza patrimonial y sucesoria es, al menos, insuficiente. Hoy día ni uno solo de los cuatrocientos mil sacerdotes que hay en la Iglesia asumirían este compromiso por una razón tan pueril como la anotada. Las razones reales y verdaderamente dadoras de sentido a la institución del celibato, tanto en la modalidad latina como en la griega, hunden sus raíces en el mismo nuevo testamento y en la praxis de los primeros monjes orientales. Móviles estos que van mucho más allá del destino que pudieron tener los muchos o pocos bienes que podían poseer y manejar los sacerdotes casados en el ambiente previo al concilio de Elvira del 306.
Solo modas. La visión que aparece reflejada en Sexo y religión acerca de la manera en que la Iglesia enfrenta ciertas cuestiones morales es incompleta. Se anotan solamente unos cuantos temas bien seleccionados que son, ciertamente, difíciles. El artículo los deja flotando, mientras tanto la teología moral los estudia con gran seriedad teológica y humana, buscando vías de solución realistas e integrales, que aspiran a ir más allá de modas pasajeras que, a la postre, son solo eso, modas.
Reflexión seria. ¿Cambiar en temas como anticoncepción, divorcio, familia, celibato, etc.? No creo que ello vaya a darse, al menos, en los extremos que esperaría don Víctor. Sin embargo, sospecho que él mismo no está al corriente acerca del presente estado de la cuestión con respecto a los temas indicados y que hoy son cuestiones que largamente se tratan en facultades de teología, revistas y otros foros. Es necesario valorar el aporte en esta línea de tantos teólogos, moralistas y pastoralistas que hoy se empeñan en una reflexión seria que el magisterio valora y, eventualmente, puede llegar a asumir en la medida en que sean logros consecuentes con el dato normativo revelado.
Enfrentamiento. En la parte final del artículo a que me refiero, don Víctor Ramírez se vuelve hacia el tema de los encubrimientos de cara a actos ocurridos hace unas dos o tres décadas. Es esta una cuestión harto ventilada y aclarada a la fecha y, por tanto, ya no vale la pena retomar una temática explicada suficientemente en lo contextual y en todo cuanto dice relación con sus implicaciones morales y legales. Ah, ¡y nada de esencias hipócritas! Nadie como la Iglesia ha enfrentado el tema de los abusos a menores. Otras instituciones ni siquiera tienen, a la fecha, intención alguna de poner sobre la mesa un tema que, como ese, irremediablemente les toca.
La vía cristiana. El desenlace de la situación presente –que don Víctor dice no imaginar– será solo uno: el que el Papa ha planteado en su carta a los católicos irlandeses, no otra.
Ese desenlace consiste en reparar, sanar y renovar. Es esa la vía cristiana de hacer estas cosas: entre la exigencia que no busca excusas y la esperanza de la conversión de quien falla y debe asumir en todos sus extremos las consecuencias de sus actos. No existe otra ruta.