
Es parte de la vitrina popular que todos los días adorna las añejas calzadas de la avenida central.
Entre vendedores de lotería, de globos coloridos, y más que todo entre gente, esa gente que lo mira, lo admira o ni siquiera lo advierte, se recoge casi en posición fetal arrimado a cualquier pared indiferente, para ejecutar con osadía lo único que sabe hacer: emitir alaridos inocuos y sinceros, y rasgar su pequeña guitarra que con orgullo muestra, en su tapa armónica, el nombre del país en el que existe, Costa Rica.
Es Marito Mortadela, el pequeño personaje urbano de la lengua prominente, a la que le debe su seudónimo y su fama. Me le acerco esperando no invadir el espacio que hace suyo en la vía pública. Por un momento me esquiva, pero cuando nota que el fotógrafo está ahí por él, y que la cámara se dispone en su dirección; posa, gesticula, canta y me habla. Estamos sentados en la acera, al pie de la Librería Lehmann, una de sus trincheras.
"Me llamo Mario Bolaños Quirós, tengo 14 años y nací en la panza de mi mamá", son las respuestas que brinda a las cuestiones básicas que le hago para intentar ubicarlo en el mundo de los ciudadanos.
Si no le pregunto nada, él no me habla, y cuando lo hace, sus palabras son tan escasas como las monedas que en ese momento reúne en su tarro blanco. "Vengo temprano y me voy en la noche", "vengo todos los días", ¿desde cuándo? le digo, "no sé", responde. Sabe de un inicio y de un final, es la única concepción temporal que reconoce, y ninguna otra parece importarle o preocuparle.
Decido entrarle por el lado de su actividad, porque algo me dice que ése es el que le interesa contar.
Nunca deja de rasgar su guitarra y sus dedos parecieran marcar unas pretendidas Mi menor y La menor que no las logra. Me cuenta que un amigo le regaló la guitarra y que nadie le enseñó a tocarla, él aprendió solo.
"Yo soy cantante de aquí" me dice con convicción, y cuando le pregunto qué canta, me responde con la canción “madreciiiiita queridaaaa, maaaaadre/
mamacita de mi vidaaaaaaa, yo te quieroooooo...”
Un inevitable silencio conmovió mi alocución, pero para él nunca pasó nada, siempre sigue rasgándola.
Cuando recuperé la atención, él se había levantado, había agarrado lo que tiene, su balde y su guitarra, y se había instalado con la misma contorsión unos metros más adelante sobre la misma avenida, su avenida, así, con la misma imprecisión con la que sabe de su vida, o al menos con la que me cuenta.
Era el momento de averiguar lo que para mí motivaba su expresión pública. Volví a sentarme a su lado y directamente le pregunté si todo lo que cantaba era para su madre. Fue el sí más rápido de los pocos que me otorgó esa mañana.
Mamacita de mi vidaaaaa, yo te quieroooo , sigue cantando, pero le interrumpo.
- ¿Y dónde está tu mamá?
- Está en el cielo, se la llevó Dios
Otro silencio, pero más breve.
- ¿Y cuándo se la llevó Dios?
- Ayer
Luego de eso, poco me importó seguir indagando directamente en él, me había brindado mucho de su fantasía, pero como para zafarme del letargo, le lancé una de rigor puramente metiche. ¿Marito... y cuánto dinero te ganas al día? Solo en ese momento dejó de rasgar la guitarrita, agarró el valde, me estiró la mano y me dijo algo como "no vemo má tarsito, voa tomá café" Y se perdió entre la gente.
Su realidad no percibida
José Antonio Vargas es un vendedor de lotería que se instala todos los días en la esquina noreste de la avenida central y calle 3, pero además, es un verdadero amigo de Marito Mortadela, y quien me bajó con la verdad, de la nube inocente a la que Marito me subió.
Mario Bolaños Quirós nació en San José hace 56 años, vive con su hermana que tiene 62, y desde hace 40 se dedica a eso que cada persona que lo ha visto, seguramente se ha atrevido a ponerle un nombre. Yo lo digo cantar porque él lo siente así, y... ¿Por qué no?
Al comienzo se instalaba en la parada de buses a Guadalupe, pero luego se pasó a la avenida central porque ahí está más expuesto, a todo.
Todas las mañanas llega bien peinado, limpio y con la camisa dentro del pantalón. No soporta tenerla afuera porque lo suyo es el feeling con las muchachas. A muchas les lanza algún piropo inentendible y ellas le responden con una sonrisa . Hay quienes lo conocen y lo saludan cuando pasan por ahí. Hay quienes le regalan una moneda y también quien se las roba, como los chapulines, que con frecuencia le arrancan el balde blanco con lo que tenga adentro. Sencillamente, eso puede significar para Marito, que a su llegada a casa no le den de comer.
Alguna vez vivió tres meses de un amor ficcional, en los que encargaba a una mesera de un restaurante cercano, el dinero que iba recibiendo en tandas durante el día. Pero cuando iba a retirarlo, la mesera no se lo devolvía y le enredaba con algún cuento para despistarlo. De todas formas, a él terminaba sin importarle porque la creía su novia. Eso duró hasta que su amigo, el vendedor de lotería, se lo hizo entender.
Llega la noche y no sé dónde está Marito. Su amigo José Antonio supone que debe estar alistando su balde y su guitarra para regresar al barrio Los Cuadros, en Guadalupe, donde vive.
Marito Mortadela sabe qué bus debe tomar para llegar a su casa, y sabe que cuando la vista se le empieza a poner borrosa, es porque la noche ha comenzado a caer y su ceguera parcial no le permitirá continuar. Debe retirarse para volver mañana temprano y continuar ofreciéndole canciones a su madre que murió cuando él tenía 14 años. Cuando supe eso, creí haber entendido el por qué de su infancia eterna.