La belleza de una mujer está en sus cicatrices, no en su cuerpo. Ella tenía muchas, precipicios ocultos por el maquillaje para disimular la vida oscura de una niña huérfana, que soñaba con ser una mariposa o acaso una mariposa que soñaba con ser niña.
“Cursum perficio, aquí acaba el viaje”, se leía en la fachada de su casa en Brentwood. Condenada como una cariátide a soportar el peso de una existencia desgraciada, hoy hace medio siglo agitó sus alas en caída libre hacia la inmortalidad.
Zarandeada por la vida, bamboleó entre la inocencia y la lujuria; huyó siempre de sí misma, aterrorizada y triste, buscando más que nada en el mundo, un poco de cariño.
Apenas nació, el 1 de junio de 1926, Norma Jeane Baker fue dejada en manos de unos vecinos de su madre Gladys, más interesada en su trabajo de cortadora de negativos y de buscona en las callejuelas de Los Ángeles.
Antes de ser quien fue tuvo otros nombres: Carole Lind, Clare Norman o Marilyn Marlowe, hasta que Ben Lyon –un cazatalentos de la Fox– le impuso uno que la llevaría al Panteón de Hollywood: Marilyn Monroe.
Surgió así un mito que se resiste a morir, porque cada año la maquinaria mediática revuelca sus cenizas para revivirla y generar millones de dólares por cuenta del misterio de su vida y de su muerte, ocurrida el 5 de agosto de 1962.
Truman Capote dijo de ella: “A veces podía ser etérea y en otras la camarera de un café cualquiera”. Reducida a los papeles de rubia tonta, aún hoy críticos como Val Hennesy, del Daily Mail , la consideran “una actriz irremisiblemente mala, una mujerzuela autocomplaciente, una niña malcriada disfrazada de mujer y una estrella emperifollada y descerebrada.”
En Marilyn & Me , el publicista Larry Schiler, reveló que durante una sesión de fotos para la revista Look , en 1960, donde posó desnuda en una piscina, la actriz le confesó: “Todo tiene que ver con los desnudos. ¿Es eso lo único para lo que sirvo?...Me encantaría demostrar que puedo hacer publicidad sin tener que enseñar mi culo.”
La Monroe siempre fue una mujer incómoda para sus amantes, sus maridos, sus fanáticos y la industria del cine, que intentó meterla en cintura, pero nada hizo para frenar su carrera hacia la autodestrucción. Solo le tendieron una mano Dean Martin –quien abogó para que no la despidieran de su último filme Something´s got to give – , Clark Gable –el padre añorado– y Marlon Brando, otro desheredado.
Pese a las puñaladas que muchos le dan a su cadáver, pocas luminarias disfrutan de tanta veneración como Marilyn. El vestido blanco que usó en La tentación vive arriba lo subastaron en casi $4.8 millones; por el rojo con lentejuelas que lució en Los caballeros las prefieren rubias pagaron $1.2 millones y vendieron hasta unas radiografías del tórax. Todo lo que tocó, se vende como oro en polvo.
A medio siglo de muerta, sigue más viva que nunca. En 1999 la revista People la escogió como la mujer más sexy del siglo XX, porque exudaba melancolía, incomprensión, sensualidad, seducción, romance, poder, misterio y tragedia.
Amada y deseada A los 12 años Marilyn parecía de 17 y al contonearse por la acera todos volvían la nuca tras esas curvas mortales, para mirar aquella jovencita que a la vuelta de la esquina, sería una gran estrella de cine.
Marilyn fue el sueño americano hecho realidad, que se levantó desde la pobreza, el abandono y el rechazo materno, afrontó una niñez traumática y una juventud plagada de abusos sexuales por quienes debían haberla cuidado, según contó en My Story , su autobiografía póstuma publicada en 1974.
Grace McKee, una especie de madre de crianza, le inoculó el veneno del glamour y el encanto del cine; llenó de fantasías la cabecita de Norma Jeane y la llevó a imponer sus manos sobre las huellas de Jean Harlow, en el Paseo de la Fama, para que algún día llenara el vacío que dejó la malograda rubia platinada del celuloide. Marilyn muy pronto comprendió que en Hollywood pagaban cien dólares por un beso y 50 centavos por el alma y era el imperio de la mentira, las medias verdades y el engaño. “Aquí –escribió– la castidad de una muchacha es mucho menos importante que su peinado”.
Como iba a todo galope, a los 16 años la casaron con Jim Dougherty, un marinerito que solo quería una esposa, una vida normal y no aquella crisálida a punto de estallar. Mientras el marido se fue la guerra, ella buscó un trabajo en la Radio Plane Company, donde mataba las horas barnizando y encolando piezas de aviones teledirigidos sin piloto.
Ahí la sorprendió el destino bajo el aspecto de David Connover, un fotógrafo del ejército que capturaba instantáneas de mujeres guapas en las fábricas de municiones para las campañas de propaganda que alegraban las solitarias noches de los soldados en las trincheras.
Con un poco de suerte, un conocido aquí, un besito por acá y tal vez un revolcón por allá, Marilyn salió en la portada de la revista Yank el 26 de junio de 1946 y se abrió paso en el resbaloso mundo de las modelos y el cine.
El espaldarazo definitivo lo recibió de la revista Playboy , que la sacó en la tapa de su primer ejemplar en diciembre de 1953 y le pagó 500 dólares.
En ese momento Marilyn llegó a una encrucijada: por un lado el Olimpo de neón y por otro una existencia sin fama y sin gloria. Escogió el primero y se convirtió, a la vuelta de una década, en la criatura de ficción que diseccionó Joyce Oates en casi mil páginas de Blonde , una monumental novela que recrea “la soledad, el amor, el deseo, la inseguridad y el miedo de este personaje de leyenda que se convirtió en mito erótico para ser amada y deseada”.
Rubia tonta Libre del marido, a los 20 años hizo de todo para ganarse el pan; desde posar para más de 30 portadas de pasquines hasta enfrentar a Darryl F. Zanuck, zar de la 20th Century-Fox y obsesionado con las jóvenes y bonitas aspirantes al estrellato. Zanuck pensó que “no valía la pena invertir en una modelo bonita” –según Richads Havers en Marilyn –; aún así en 1946 “firmó un contrato por $75 semanales y puso su primer pie en Hollywood.”
Al cabo de un año le suspendieron la paga porque la Fox había gastado miles de dólares en su formación y solo había conseguido tres papeles insignificantes, en uno decía “¡Hola!” y en otros dos no aparecía ni medio minuto.
Anduvo dando tumbos y logró salir en Ladies of the Chorus y Amor en conserva , con una escena de 39 segundos al lado del libidinoso Groucho Marx. Tras la promoción de esta última cinta conoció al hombre que cambiaría su vida: Johnny Hyde, codueño de Morris Agency.
Hyde estaba separado de su mujer y sostuvo un “affaire” con Marilyn. Movió todas sus conexiones para conseguirle papeles, le aclaró el pelo hasta darle el tono rubio platinado, le pagó varias cirugías estéticas en la barbilla y le quitó algunas manchas en el rostro. Todo iba sobre rieles hasta que su mentor murió de un ataque cardíaco y ella de nuevo quedó en la cuneta.
En 1952 la revista Photoplay la eligió como la “mayor promesa de Hollywood” y el vaticinio fue tan preciso que sería la actriz más rentable desde Shirley Temple. Un año después filmó tres películas clásicas. Con Niágara demostró su talante dramático para el suspenso; Los caballeros las prefieren rubias certificó su faceta de comediante, además de cantar y bailar; finalmente se encumbró con Cómo casarse con un millonario . Esta trilogía la condujo a obtener, en 1954, el Globo de Oro a la mejor actriz.
Le seguirían otras películas, no tan exitosas, Río sin retorno –de Otto Preminger– y Luces de candilejas –de Walter Lang–; sería en 1955 que se consagraría con La tentación vive arriba , con la celebérrima escena en que la enagua le sube hasta la cintura debido al aire que sale de las rejas del metro, en la imagen más sensual que recuerdan los cinéfilos.
Ese año lo aprovechó para estudiar en el Actors Studio, de Lee Strasberg, que la trató como un padre; logró participar en obras como Un tranvía llamado deseo , de Tenessee Williams, y Anna Christie , de Eugene O’Neill.
Pero, las burlas y el menosprecio de los críticos, que la consideraban una rubia tonta, caló en su frágil personalidad y acrecentó su adicción a los calmantes, la impuntualidad, los roces personales y una seguidilla depresiva la arrastró a varias clínicas psiquiátricas.
La sombra de sus dos fracasados matrimonios, con Joe DiMaggio y Arthur Miller; el “ménage à trois” con John F. Kennedy y su hermano Robert; la endometriosis que la tiraba al piso del dolor, las lavativas constantes para contener el sobrepeso, las primeras arrugas bajo los ojos, los surcos en las mejillas y aquella cicatriz de siete centímetros en el vientre por una operación de vesícula, la hizo decir a la revista Life , en su última entrevista antes de morir: “Yo solía reír tan fuerte y con tanta alegría”.
El 5 de agosto de 1962 Marilyn Monroe, que nunca usaba ropa interior, se vistió con su Chanel Nº5 y se fue de la mano de Norma Jeane Baker, buscando a una niña que se durmió sin que le dieran el beso de buenas noches.