
Siempre que se cuentan historias de miedo, se habla de lo que le pasó a algún amigo de alguien que el narrador conoce. Este no es el caso. Me pasó a mí y todos los días lo recuerdo, o más bien me hacen recordarlo los puñitos de arena y las hojas que nunca dejan de aparecer en mi casa, en mi carro o en cada lugar que frecuento.
Tendría yo unos ocho años... Sí, eso creo porque estaba en tercer grado de la escuela. Era octubre, y en El Valle –así se llama el lugar– llovía como si el cielo llorara por las desgracias de todo el mundo, pero en especial las mías y las de la gente de El Valle.
Sí, las desgracias de ese Valle eran muchas; entre ellas, la principal quizá era la pobreza', una pobreza que salía de los huesos y se mostraba en todo su esplendor en las costumbres y en la forma de vida de todos los que allí sobrevivíamos.
Una de esas costumbres –no por tradición, sino porque no quedaba más remedio–, era ir a la escuela caminando por caminos de barro.
Algunos tenían la suerte de que la escuela quedaba relativamente cerca, a diez o quince minutos a pie; pero, para mi amiga María de la Ánimas y yo, la suerte no era tanta. Debíamos caminar más de cuarenta y cinco minutos y, en medio de todo el trayecto, cruzar un río.
La pobreza de la comunidad no había permitido construir un puente, por lo que había que cruzar a pie el río, o a caballo en el mejor de los casos. Muchas veces nos cogió la noche, esperando a que el río bajara. Eso era lo peor que nos había pasado hasta el momento, sobre todo cuando no era Luna llena ya que, si no fuera porque conocíamos el camino de memoria, nos hubiera sido muy difícil llegar a la casa en medio de la penumbra, y posiblemente habríamos ido a dar a alguna cueva de los coyotes; pero María de las Ánimas y yo siempre nos acompañábamos y nunca nos había pasado nada. Sin embargo, ese día, un miércoles de octubre, me tenía reservada la peor experiencia de mi vida una que me sigue hasta el día de hoy.
María de las Ánimas salió temprano. No quiso esperarme porque el cielo ya amenazaba con descargar sus lágrimas sobre nuestro amado Valle, y su madre le había dicho que, si me esperaba, iba a ser castigada.
Rapidito empezó a llover, y no me quedó duda de que apenas le habría dado tiempo de cruzar. Pensé en su dicha y me lamenté de no haber sido yo la que salió temprano.
Ni modo. Cuando llegó mi hora, salí de la escuela en medio de un aguacero que aporreaba cuanto se le pusiera en medio como si algo se le debiera.
Evidentemente, el río ya estaba crecido. Entonces me senté en una piedra a esperar que bajara la corriente.
Estaba viendo el río correr cuando a la par mía estaba de pie María de las Ánimas. Estaba toda mojada; era así, colocha, como yo, y me acuerdo de que entre los colochos tenía arena y hojas. Le pregunté qué le había pasado, pero no me contestó; nada más me dijo:
–¿Por qué no cruza?
–Me da miedo ahogarme –contesté.
Ella, muy tranquila, balbuceó:
–No se preocupe, no le va a pasar nada; yo ya crucé tres veces y la corriente no está tan fuerte. La estaba esperando para ayudarla por si le daba miedo.
Realmente quería pasar y llegar a mi casa rápido pues ya entre mi capa se estaba colando el agua.
Por cierto, me pareció raro que ella no tuviera puesta la suya. Le pedí que cruzara primero, para luego, cuando estuviera al otro lado, animarme yo.
Así lo hizo; cruzó muy fácilmente y desde el otro lado me llamó para que me animara. En el momento en que yo iba a cruzar escuché un grito que decía: “¡Cuidado: está muy crecido!”.
Volteé a ver hacia atrás y vi a don Ernesto, un vecino, que venía en un caballo. Cuando volví la mirada al otro lado del río, María de las Ánimas ya no estaba. Me pareció muy extraño, pero el silencio se apoderó de mi corazón y mi boca y no mencioné nada a mi vecino. Don Ernesto me ayudó a cruzar en su caballo y me llevó hasta la casa.
Cuando llegué, mi mamá estaba muy preocupada y dio gracias a Dios por verme. Después me contó la tragedia. Todo el pueblo estaba río abajo buscando a una niña de la escuela que había sido arrastrada por una cabeza de agua.
Sí. Hasta el día de hoy aparecen a diario puñitos de arena y hojas a mi alrededor que me recuerdan cuán enojada está María de las Ánimas por aquel fatal miércoles de octubre en el que no me animé a pasar con ella' al otro lado.