De una familia de abogados salió este médico ilustre. Su madre quería que estudiara Derecho para reemplazar a su padre, que murió antes de que él naciera. Su abuelo también fue abogado: el Lic. Francisco Aguilar Barquero, a quien le tocó ejercer la presidencia de la República cuando cayó la dictadura de los Tinoco. Aguilar Barquero fue un gobernante transitorio, se le encargó el mando mientras se llamaba a elecciones para poner un presidente constitucional.
Durante ese corto período, el presidente colocó en el Ministerio de Educación a don Joaquín García Monge y en el Ministerio de Fomento a don Nicolás Chavarría, abuelo de Jorge Rossi Chavarría. El presidente Aguilar Barquero, para llegar a la Casa Presidencial, se iba a pie desde su casa hasta la avenida central y ahí cogía el tranvía para llegar a su trabajo.
No obstante los deseos de la madre de que su hijo se hiciera abogado, Manuel dijo que sentía predilección por la Medicina y su primera operación fue una vez que a su hermana había que ponerle una inyección y no aparecía quién lo hiciera. Él se ofreció de voluntario y se la puso.
Estudios. Siguiendo con su propósito de estudiar Medicina, logró reunir fondos con algunos regalos en efectivo que sus familiares le dieron cuando terminó el bachillerato. Así tomó la decisión de irse para México junto con su compañero de colegio Federico Baltodano, quien se disponía a estudiar Ingeniería en aquel país. Federico le dijo que en la Universidad de México ayudaban a los estudiantes de escasos recursos aunque no fueran mexicanos.
El viaje a México fue toda una odisea: todavía no había vuelos regulares de aviación y ellos, Federico y Manuel, se fueron en un barquito pequeño e incómodo desde Puntarenas hasta Guatemala, para buscar desde allí la frontera con México y llegar en un tren a la capital de aquel país. Ahí no más, un taxista les ofreció llevarlos a la pensión en que se iban a hospedar y viendo que eran novatos inexpertos, se los llevó a dar una gran vuelta por el centro de la ciudad para cobrarles cuatro veces más de lo que les hubiera costado un servicio directo al lugar de su destino.
Los primeros años en México los pasó bastante bien, con un presupuesto limitado, pero estudiando mucho y aprendiendo bastante. Al llegar al tercer año, la Facultad mandaba a sus estudiantes a realizar asistencias a los médicos de la Cruz Roja.
De esa experiencia nos cuenta un capítulo amargo: en cierta ocasión, llega un muchacho con su madre intoxicada por algo que había tomado; la madre, bastante delicada, queda en manos de los asistentes y el hijo se sienta por ahí en la sala de espera. Un par de horas después, el muchacho solicita permiso para ver a su madre, y uno de los asistentes lo pasa adelante. El muchacho entra, ve a su madre y su primera pregunta es: —¿Y el anillo? —¿Cuál anillo? —El que traía mi madre en esa mano. —Nosotros no hemos visto ningún anillo en ninguna mano— contestó uno de los asistentes.
El muchacho salió de la sala y se fue a poner la queja en una agencia de policía. Al momento llegaron tres oficiales haciendo preguntas y registrándolo todo. Finalmente, decidieron llevarse detenidos a los tres asistentes, entre los cuales iba el estudiante costarricense Manuel Aguilar. Cuatro días después, los compañeros estudiantes de la Facultad se dieron cuenta de lo que pasaba y se fueron a protestar a la agencia de policía, reclamando que no había ningún cargo formal contra ellos. Ante la insistencia, a la Policía no le quedó más remedio que dejarlos en libertad. Algunos días después lograron enterarse de que quien se había robado el anillo era el mismo hijo de la señora.
Anécdota. Ya graduado y ejerciendo su profesión en Costa Rica, nos cuenta el doctor en un libro que publicó hace unos seis o siete años, que en San José, durante la Semana Santa, escasean los médicos, porque se van muchos para las playas y a los que se enferman no les queda más remedio que acudir a cualquiera de los que se han quedado en San José.
Un Viernes Santo le resultó a él muy pesado: primero se le presentó una muchacha muy delgada con apendicitis; hubo que operarla, pero como era muy delgada, la operación duró cuatro minutos y la herida fue de tres centímetros. Luego llegó un gordo de esos que usan la faja por debajo del estómago con la misma dolencia: la operación duró tres horas y media y la herida fue de veinte centímetros.
Ya cansado del trabajo del día, lo llaman como a las cuatro de la tarde para atender una emergencia en el Hospital San Juan de Dios.
No le quedó más remedio que tomar su carro y dirigirse al hospital; cuando iba por el parque Central, a una turba de fieles que iba para la procesión del Santo Sepulcro le pareció que aquello de andar en automóvil un Viernes Santo era pecado mortal y se abalanzaron contra el auto rayándolo y golpeándolo. El doctor bajó el vidrio para explicarles que él era médico y se dirigía a atender una emergencia, pero no lo dejaron ni hablar. Tuvo que esperar hasta que se fueran para poder seguir su trayectoria y atender a la enferma que lo esperaba en el hospital.
Así es la vida de un médico abnegado, responsable y dispuesto a quitarle la clientela al cementerio todos los días. Adiós doctor Aguilar Bonilla, gracias por tu amistad y que Dios te tenga en el cielo. Nos veremos pronto.