10 febrero, 2012

Sorprende la publicación de un artículo titulado “Las Malvinas son británicas”. No por el título en sí, ni por expresar un determinado punto de vista sobre el conflicto de las Malvinas, sino por lo superficial e irrespetuoso de sus contenidos. Juzgarán los lectores si el tono empleado, de carácter xenofóbico y despectivo: “Imagínense un mundo que hubiera sido gobernado por más de 2 siglos por un imperio español, un imperio ruso, alemán o un imperio japonés...”, son propios o elaborados por los que reinciden en tratar de contar, desde el 10 de Downing Street, una historia pero al revés.

Los hechos sobre las Malvinas son claros y bien conocidos; han servido para que el apoyo internacional sobre el derecho a la soberanía argentina, acentuado recientemente con acciones concretas de países de la región, sea contundente. Desde hace décadas, las NN. UU. vienen solicitando a las partes que se sienten a negociar. Esto no ha sido posible porque el Reino Unido desatiende el insistente llamado del máximo organismo internacional.

Importantes omisiones. Ponerse a hablar de antecedentes históricos omitiendo partes importantísimas de aquellos que no favorecen una determinada posición constituye, no solo una falta de honestidad, sino un acto inadmisible y censurable. Las disputas por las tierras del nuevo mundo fueron muchas y duraron años. Estuvieron caracterizadas por ocupaciones violentas contra las poblaciones nativas y con arrebatos, de una a otra potencia, de las establecidas colonias. Un ejemplo de esto último son las fracasadas invasiones inglesas de principios del siglo XIX para apoderarse de las colonias españolas del Río de la Plata.

La posesión definitiva de España de las islas Malvinas es el resultado de acuerdos históricos validados en 1771 por el propio Samuel Johnson, la más distinguida figura de letras de la historia inglesa. Con la Independencia, lo que era de España se convirtió en parte de los nuevos países. Las Malvinas pasaron a ser una legítima posesión de Argentina, que estableció allí una guarnición militar y un importante número de colonos que se sumaron a la escasa población nativa. La usurpación británica de las islas Malvinas se dio en circunstancias de un conflicto entre Argentina y los Estados Unidos que provocó enfrentamientos. La corbeta norteamericana Lexington ataca Puerto Soledad so pretexto de proteger el comercio de los Estados Unidos y destruye parte de las defensas argentinas. El 3 de enero de 1833 los ingleses se aprovechan y toman por sorpresa las islas, en momentos en que el Reino Unido mantenía relaciones de paz con Argentina.

Estos son los antecedentes de una historia de justos y permanentes reclamos por la parte despojada por un acto de violencia que algunos califican de simple piratería y, de prepotencia y soberbia imperial por la otra. Son hechos irrefutables que el autor del artículo de marras se los brinca de olímpica manera.

Con seriedad, se podría continuar hablando sobre las sublevaciones de criollos gauchos y nativos que quedaron en las islas. A través del debate público, respetuoso y mesurado, se pueden aclarar dudas sobre la potestad argentina sobre el archipiélago y la inmodificable geología que lo hace parte del continente, o por qué hoy las distantes islas Malvinas tanto interesan a la corporatocracia internacional. Y si lo desea, igualmente, hablar sobre los actuales habitantes de una factoría militarizada que emite certificados y licencias internacionales de explotación de riquezas energéticas y minerales. Pero hacerlo con altura.

La Dama de Hierro y la dictadura. Ignoramos las motivaciones que pudo tener el admirador del imperio británico al decir que gracias a la “Dama de Hierro” cayó la dictadura argentina. ¿Deliberada provocación, intento de denigrar frente a realidades que nos hablan de un pueblo que resistió la feroz dictadura genocida? Ignoramos también qué hacía la admirada “Dama de Hierro” mientras las madres y abuelas de Plaza de Mayo eran secuestradas y desaparecidas por reclamar la devolución de sus hijos, vivos o muertos, o de sus nietos arrebatados de los brazos de padres moribundos. Pareciera que cuando se trata de defender poderosos intereses, en cuenta los que se aferran al pasado colonial, la perversidad humana (tan bien asumida por la codicia enamorada del poder y la riqueza) no conoce ni de principios ni de valores, ni cuenta con serios argumentos; se recurre a cualquier cosa. Las islas Malvinas son de su legítimo dueño: el pueblo argentino, y no de sus usurpadores.

Mientras se escriben estas líneas, en provocativo acto, la arrogancia hiere una vez más los sentimientos de pertenencia con un desplante militar en las islas y la publicitada participación de un miembro de la Corona. El artículo “Las Malvinas son británicas” no expresa ni los sentimientos ni las convicciones de la gran mayoría de los costarricenses, que han dado y seguirán dando su activa solidaridad con los justos reclamos del pueblo argentino.