La verdad es que no se trata de cursilerías ni sensiblerías, es más bien un asunto de conciencia y humanidad. Sí, ocuparse del bienestar animal es un asunto de humanos, no de animales. Pienso que, cuando un animal pierde la vida con sufrimiento provocado, es decir, evitable, no solo él ha perdido algo, sino también aquel que lo torturó y dejó en ese mismo acto de ser persona. Podríamos decir, en una palabra, que el verdugo se “animalizó”, convirtiéndose en un predador más.
¿Qué otra cosa se puede esperar de quien disfruta del sufrimiento de otro ser vivo? Cualquier cosa. Absolutamente todo puede venir de aquel incapacitado para racionalizar el dolor ajeno. Esto es así, al menos, para los que defendemos que un ser no deja de existir, tal cual, por el simple hecho de ser animal.
Así, la insensibilidad ante la desgracia de un animal sangrante o en general, lesionado, es un síntoma de desgracias mayores, de sociopatías inocultables; en resumen, de vicio o torcimiento de aquella base sensible que nos convierte en seres humanos.
De tal manera que no puede ser buena persona quien no trata bien a los animales y, en general, a la naturaleza. No resulta problemático, a partir de ahí, entender que la insensibilidad es siempre un problema de incultura. En tanto la cultura es conciencia y viceversa, aquel que no racionaliza no está en capacidad de sensibilizarse. Así de sencillo.
Crear conciencia. Por tanto, a culturizar, que es un educar al que se le suma algo más. Debemos culturizar, como sociedad, desde las instituciones educativas de todo nivel, las familias, empresas y muy particularmente desde los medios de comunicación, para crear conciencia sobre el maltrato animal.
Aseguro que quien ve a una yunta de bueyes llorar –literalmente– cuando percibe que los animales que van delante en la fila caen muertos y le agrede el olor a sangre y el ambiente a muerte, justo antes de ver a su compañero caer al frente, no queda muy convidado a comer carne.
Siempre he pensado que esas lágrimas deben saber a traición para una pareja de animales nobles que entregaron toda su energía vital al boyero que los liquida en agradecimiento atroz, por unas monedas.
Ni qué decir de la muerte de un cerdo, que por todo lado se me parece más a un asesinato o hasta a un sacrificio azteca, que a un desenlace razonable de una actividad productiva del hombre. ¡Qué locura la que se expresa en cada mazazo que revienta el cráneo de tan inteligente animal! ¡Cuánta ironía en el filo de la daga que se hunde en el corazón de uno de los animales más nobles que el ser humano pueda criar! Tan nobles como el perro, solo que mucho más inteligentes. También se pierden las ganas de comer carne.
Son muchos más los sacrificios dantescos que vemos, permitimos y hasta promovemos como simples consumidores finales. Y los avalamos porque los incorporamos como una expresión criolla de nuestra “cultura”.
Hipocresía. En este “país verde” no nos suena comernos un delfín o una ballena. Pensamos que es de salvajes comerse un perro, un lindo tigre o matar a un elefante por su marfil, a un rinoceronte por su cuerno o a un tiburón por su aleta.
Es fácil criticar lo que nos es ajeno e incluso llegar a odiar esas prácticas deleznables que percibimos más lejanas de lo que en realidad están.
Pero ni a palos nos preguntamos, mucho menos tomamos iniciativa y nos ponemos a averiguar cómo se mata a nuestros animales en los mataderos de este país.
Hablo de nuestros caballos, nuestras vacas, nuestras gallinas y nuestros cerdos, y de cómo los maltratamos. Hablo, a fin de cuentas, de nuestro país. De cómo tratamos a los indefensos seres vivos que nos rodean.
Otro tanto igual podría escribirse, estoy claro y quizá lo haga algún día, sobre nuestra floresta, nuestros ríos y mares, e incluso, sobre nuestros suelos. Pero decidí empezar por los que sangran y lloran, e incluso a veces, si los vemos bien, hasta sonríen con los ojos. Hablo, a fin de cuentas, de nuestro país, de su inhumanidad e incultura.
Averigue usted cómo se matan animales en Costa Rica; tal vez lo que descubra cambie su indiferencia.
Sin duda alguna, saberlo lo hará más culto y, con suerte, mejor persona.