De la boca de ese varón (no califica para denominarlo hombre) salieron esa tarde las palabras más soeces que he escuchado en mi andar de medio siglo.
El blanco era una muchacha ante quien el “tipejo” desnudó todos sus más bajos instintos y abyecciones, dada su incapacidad de captar la atención de ella con algún tributo o gesto.
Esa tarde, mientras esperaba el bus a Tibás, esa joven fue humillada y agredida verbalmente por la única razón” de tener una muy linda figura.
Qué positivo, entonces, que otro de esa calaña –el ebanista Luis Enrique Sossa– tenga que pasar cuatro años y medio en la cárcel por irrespeto y abuso sexual contra una muchacha.
Sossa se arrogó el “derecho” de tocarla en sus partes íntimas, y no tengo la menor duda de que posteriormente se llenaría la boca contando y presumiendo del logro ante sus amigos.
Por dicha, el asunto tuvo otro final: fue pillado en el acto y sentenciado a prisión por el Tribunal de Flagrancia de Goicoechea, San José.
La sentencia envía un mensaje muy claro a otros como Sossa: no son inmunes a un castigo y hay mujeres dispuestas a denunciar y a defender su integridad y pudor.
Constituye, al mismo tiempo, una llamada de atención sobre la urgencia de inculcar, desde el hogar, el valor del respeto a las demás personas, de manera que los hombres sepamos valorarlas a ellas en toda su condición humana.
Es una tarea más difícil de lo imaginable, toda vez que el pesado legado machista que ha moldeado la sociedad atribuyó, por delegación automática, el predominio del varón y a ella un papel de subordinación.
Para dicha de mujeres y hombres, la situación ha ido cambiando, aunque con lentitud y no sin antes chocar contra focos de resistencia que aún perduran. Y es que si hay algo difícil de modificar, son las estructuras mentales.
Leyes como las que sancionan la paternidad irresponsable y la agresión y homicidio femenino son recursos que el Estado y la sociedad impulsan con el propósito de avanzar hacia una justa convivencia.
Por supuesto, lo anterior no basta. El cambio pasa necesariamente por una concepción diferente de lo que deben ser las relaciones entre ellas y ellos.
La base está en el respeto, que implica dejar atrás la idea del derecho de posesión que el varón ha creído tener.