Los bandidos del mar que en siglos pasados surcaron los oceános en busca de tesoros ajenos son hoy rescatados por las leyendas como aventureros osados, pícaros y encantadores que solo existen en los libros de historia o de cuentos.
Sin embargo, en pleno siglo XXI, una nueva versión de piratería –que dista mucho de la imagen que se guarda de sus antecesores– ha florecido desde Sumatra (Indonesia), hasta Somalia (África), con despiadados mercenarios del mar provistos de sofisticadas armas para ejecutar sus atracos.
Su último golpe, el pasado 25 de febrero, volvió a poner el tema en la palestra de la seguridad marítima mundial, en especial porque fue ejecutado contra un buque que llevaba ayuda huma-nitaria de Naciones Unidas hacia el noreste de Somalia.
El buque NV Rozen descargaba 1.800 toneladas métricas de alimentos para la región semiautónoma de Puntland, en Somalia, cuando fue asaltado, informó Stephanie Savariaud, portavoz del Programa Mundial de Alimentos (PMA), de la ONU.
No está claro si algunos de los 12 tripulantes –seis de Sri Lanka y seis de Kenia– resultaron heridos durante el ataque; el hecho es que todos fueron secuestrados y, al cierre de esta edición, se ignoraba qué suerte habían corrido.
Esta es la tercera embarcación de la ONU raptada en aguas somalíes desde el 2005, una de las tantas evidencias de que el flagelo ha arreciado en la última década, con un serio agravante: los piratas se han profesionalizado y el motivo de sus ataques se ha diversificado: secuestran desde buques cargados de comida hasta cruceros llenos de turistas.
En un amplio reportaje sobre la situación publicado en la revista National Geographic en junio del 2006, se afirma que los piratas modernos atacan principalmente a los buques de carga, pero también lo hacen con los de pesca.
Robos, secuestros... Los bandoleros más viles pueden no interesarse en la carga que se transporta. Se suben al barco y detienen a la tripulación para robar grandes cantidades de efectivo que muchos barcos llevan para la nómina y las tarifas portuarias.
Los delincuentes más sofisticados son miembros de bandas organizadas que reemplazan y toman control del timón y, a menudo, retienen a la tripulación para cobrar un rescate. En algunos casos, los piratas han forzado a la tripulación a salir del buque para después dirigirse hacia algún puerto, donde pintan la nave y le dan una nueva identidad mediante papeles falsos.
Informes de la Oficina Marítima Internacional –OMI ó IBM, por sus siglas en inglés– indican que, en la última década, los ataques a naves de transporte y turismo por parte de piratas se incrementaron en un 500 por ciento. Estos asaltos pasaron de 52 casos denunciados en 1995 a 245 registrados en el 2005.
El promedio anual del último decenio habla de unos 207 ataques denunciados por año. Estas estadísticas corresponden a hechos denunciados y registrados oficialmente por las autoridades marítimas de los estados afectados por estos delitos.
A mediados del 2006, según el reportaje de National Geographic ), al menos 63 personas habían sido tomadas como rehenes en secuestros a barcos, el doble de la cifra reportada en el mismo período del año anterior.
“Profesionales”. De acuerdo con una publicación del 26 de febrero pasado en The New York Times , un agravante es que muchos de los piratas actuales son verdaderos “profesionales”: luchadores entrenados que a menudo visten trajes militares de fatiga y usan lanchas rápidas equipadas con teléfonos satelitales y equipos de GPS.
Generalmente llevan armas automáticas y algunos están provistos de plataformas de lanzamiento de cohetes antitanques.
Su modus operandi es variado, y se ha ido perfeccionando con el tiempo. Por ejemplo, hay un tipo de ataque que se realiza mediante un esfuerzo coordinado entre varios botes para asaltar a un solo buque. “Un barco puede atacar desde el frente”, explica el capitán Pottengal Mukundan, director de la OMI. “Mientras el puente de mando trata de evitar el choque, otros dos botes se acercan por atrás y los piratas se suben al barco”.
La amenaza siempre latente de un ataque ha obligado a las víctimas potenciales a trazar las estrategias más diversas con tal de repelerlos.
El Cielo di Milano navegaba, en agosto del 2005, a 137 kilómetros de las costas de Somalia cuando dos embarcaciones intentaron asaltarlo. El buque italiano actuó con rapidez y pudo dejar atrás a sus perseguidores. La tripulación puso los motores a toda máquina y activó el sistema antiincendios para evitar, con los chorros de agua, ser abordados. Los piratas abrieron fuego con sus ametralladoras. Hubo suerte y ninguna bala penetró el casco del transporte de 24.000 toneladas. Su carga: gas.
Otras embarcaciones instalan vallas eléctricas que impidan abordajes desde el exterior. Sin embargo, los petroleros no las pueden utilizar por motivos de seguridad.
Y es que, según Jayant Abhyankar, subdirector de la OMI, de un tiempo para acá, ha habido un notable incremento en ataques a buques cisterna. “Son blancos lentos y fáciles de abordar, tienen tripulaciones pequeñas, su carga es muy lucrativa y pertenecen a compañías dispuestas a pagar rescates”, explicó.
Para Abhyankar, el hecho que hace de la piratería un negocio rentable es que “las posibilidades de ser atrapado son mínimas. Pueden salirse con la suya”. Agrega que otro problema es que, muy a menudo, las compañías no informan sobre los incidentes porque les puede suponer un encarecimiento del seguro.
Pérdidas millonarias. Otros datos aportados en un especial de Discovery Channel aseguran que, cada año, se pierde un monto aproximado de $15.000 millones a causa de la piratería.
Todas las fuentes coinciden en que el estrecho de Malacca, sobre las costas de Indonesia, es el principal foco de la piratería mundial. Las embarcaciones cargueras se ven forzadas a navegar lentamente a través del angosto pasadizo que une a Indonesia con India y China, lo que los hace muy vulnerables.
Las marinas de Indonesia, Malasia y Singapur han incrementado significativamente sus patrullas en el área para combatir el problema.
De acuerdo con National Geographic , hay indicios de que el combate a la piratería, por parte de las autoridades indonesias, ha logrado algunos resultados. Hasta ahora, han arrestado a varias bandas de piratas.
Pero si la situación ha mejorado un poco en Indonesia, ha empeorado en las aguas que rodean Somalia.
The New York Times reportó que, en junio del 2006, un barco llamado Semlow transportaba arroz hacia el noroeste de Somalia, como parte del Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas, cuando un grupo de piratas armados lo atacaron a media noche. Robaron la mercancía y secuestraron a la tripulación, conformada por diez hombres. Estuvieron cautivos tres meses antes. ‘‘Estos piratas son mucho peores que aquellos de los libros de historia’’, declaró uno de los tripulantes, Juma Muita, al periódico neoyorkino. “Están mejor armados, y exigen un rescate además de nuestras mercancías”.
En otro incidente, también en en Somalia, los piratas engañaron a un barco cerca de la costa al disparar bengalas de auxilio. Y a finales del año pasado, un lujoso crucero con unos 300 turistas, fue atacado por pistoleros somalíes que viajaban en lanchas de motor. Aunque los piratas atacaron al crucero con pistolas automáticas y granadas, no pudieron subir al crucero.
Por supuesto, no todos los casos tienen un final tan pacífico.
De hecho, la situación lleva ya muchos años de ser un quebradero de cabeza para la ONU.
De acuerdo con un informe del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), la piratería en el sudeste de Asia es tan antigua como la propia navegación.
Para los “refugiados del mar” vietnamitas, representó un terror imprevisto, y para quienes intentaban protegerlos, fue un serio problema.
En 1981, año en que llegaron a Hong Kong 452 barcos que transportaban a 15.479 refugiados, las estadísticas del ACNUR eran un modelo de horror: 349 barcos habían sido atacados un promedio de tres veces cada uno; 578 mujeres habían sido violadas, 228 mujeres habían sido secuestradas, y 881 personas habían muerto o estaban desaparecidas.
De vuelta al tema de la sofisticación del armamento The Washington Post subraya como un verdadero agravante el poderío tecnológico que poseen y ejemplifica: frente a la costa de Somalia, una banda de piratas apagó los motores de sus tres pequeñas lanchas, enganchó una escalerilla a un carguero indio y exigió la rendición de la tripulación, según contaron las víctimas del ataque.
En lugar de espadas y catalejos, los piratas blandieron las modernas herramientas de su oficio: granadas de mano, celulares, gafas infrarrojas y rifles de asalto AK-47. Encerraron a los miembros de la tripulación en la cabina del buque, golpearon a algunos y exigieron un rescate de medio millón de dólares.
Con la esperanza de ser rescatados, los tripulantes garabatearon la palabra “ayuda” en tablones de madera que arrojaron al mar a escondidas.
Un barco que los piratas habían intentado ocupar antes envió un mensaje de socorro que fue retransmitido al USS Winston S. Churchill, un destructor con misiles teledirigidos que surcaba las aguas cercanas.
Tras cinco días, marinos estadounidenses liberaron a la tripulación y diez jóvenes somalíes fueron detenidos y llevados a una cárcel de alta seguridad en Mombasa, Kenia, el puerto más cercano.
El Post coincide en el creciente aumento de ataques piratas en las peligrosas aguas frente a la costa de Somalia, un caótico país que desde 1991 no cuenta con policía, ejército, armada ni guardia costera.
“Los tentáculos de la anárquica Somalia finalmente tocaron al resto del mundo”, declaró al Washington Post Harjit Kelley, un comandante de la armada, keniano y jubilado, que colabora con un grupo de seguimiento de Naciones Unidas para Somalia.
“No les interesa bajo qué bandera están navegando. Seguirán matando para cobrar rescate y robar la carga”.
Expertos navales dicen que “señores de la guerra”, hombres poderosos y de influencia en Somalia, contratan a pescadores para que cometan actos de piratería y luego cobran cientos de miles de dólares a cambio de los secuestrados.
Como es de esperarse, estos “contratistas” utilizan el dinero para comprar armas y equipos más sofisticados, con lo cual cada vez acumulan más poder.
El problema es tan grave que la OMI les envía señales diarias a los barcos para que se mantengan al menos 330 kilómetros alejados de la costa somalí. Funcionarios de ese ente explican que los piratas buscan atacar a los barcos dentro de los 19 kilómetros fuera de la costa de Somalia, pues los criminales saben que ningún barco de rescate de otro país puede, de manera legal, seguirlos más allá de esa frontera.
Es tal la magnitud de la amenaza que se ha creado un sitio web de seguridad que ofrece un informe semanal de piratería que permita a los interesados monitorear el conflicto, alertar a otros y prevenir ataques.
El creciente número de ataques piratas incluso forzó a Estados Unidos a prestar más atención a Somalia, considerada durante largo tiempo como un centro de actividades de Al-Qaeda. Aunque no hay datos de inteligencia que vinculen a los piratas con grupos terroristas, diplomáticos y expertos han advertido que los piratas podrían ser fácilmente contratados para cometer actos de terrorismo en el mar. En atención a lo anterior, la Marina de los Estados Unidos comenzó el año pasado a patrullar las aguas internacionales de Somalia como parte de sus actividades antiterroristas en la región.