¡"Los hombres no lloran"! Quizás ninguna otra frase refleje mejor el patrón tradicional de fortaleza masculina, inculcado a los hombres desde su niñez. La idea parte del supuesto de que el varón no debe, por ningún motivo, demostrar sus sentimientos ni dar señales de debilidad que pongan en tela de duda su condición de "macho". Pero, ¿es realmente el varón tan fuerte como lo pintan?
El psicólogo clínico Wálter Riso, en su libro Intimidades Masculinas , menciona tres debilidades psicológicas de los varones que ponen en entredicho esta premisa: el miedo al miedo, el miedo a estar afectivamente solo, y el miedo al fracaso.
Estos temores se evidencian cuando los varones temen llorar para no ser tildados de homosexuales; se horrorizan ante la idea de desfallecer porque "los hombres no se dan por vencidos", o suplen la necesidad de compañía femenina en los burdeles donde, además de sexo, muchos también buscan afecto.
De ahí la interrogante que plantea Wálter Riso: "Si la mayoría de los hombres siente miedo, no soporta la soledad, le agobia la idea del fracaso y no muestra el mínimo indicio de hacer abdominales, ¿de cuál sexo fuerte estamos hablando?".
Poder heredado
Para el sexólogo Mauro Fernández, desde el punto de vista político y social, el hombre sigue siendo el sexo fuerte. Esta supremacía fue heredada de la división del trabajo que obligó a la mujer a quedarse en casa para asegurar la maternidad. Sin embargo, el hombre es, desde su gestación, mucho más vulnerable, algo verificable dado el mayor índice de mortalidad infantil masculina, en comparación con el de las mujeres.
La especialista en género Alejandra Cabrera comparte este criterio y pone de ejemplo la mayor resistencia de las mujeres ante la enfermedad. "Cuando un hombre se enferma se cae, mientras la mujer aún con fiebre sigue adelante con las actividades que le corresponden."
Por su parte, la psicóloga Alejandra Volio considera que los estereotipos que rodean al hombre son vestigio de diversos conceptos de masculinidad predominantes en distintas épocas de la historia, la mayoría asociada al poder, la superioridad y la fortaleza física.
Estos van desde el extremo de considerar a la mujer como un objeto casi sin valor, en la antigua Grecia, hasta el rescate de la identidad femenina como la más sublime idealización del hombre, durante la Edad Media.
No obstante, fue a partir de los cambios surgidos a raíz de la Primera Guerra Mundial cuando se comenzó a marcar un rumbo diferente pues, ante la ausencia del hombre, la mujer tuvo que trabajar en fábricas para hacerse cargo de la manutención del hogar.
A esto ayudó también el aporte del movimiento feminista, que buscó establecer una igualdad entre hombres y mujeres como seres humanos.
"Ya no es tan mal visto que un hombre demuestre sus sentimientos y a muchos jamás se les ocurre pensar que es una debilidad", señala la psicóloga, quien resalta el papel de la mujer en el proceso de gestación de un nuevo varón pues son ellas, como madres, parte importante en el proceso de romper con los estereotipos mencionados.
¿Héroe o antihéroe?
¿Significa lo anterior que los varones ya están cansados de jugar el papel de superhombres, ajenos al sufrimiento y autosuficientes? Para Riso, esto es indudable porque una buena cantidad de ellos reclama en la actualidad su derecho a ser débiles y miedosos, y a poder hablar de lo que piensan y sienten sin que por ello se les cuestione.
Una especie de antihéroe capaz de volver la espalda al mito impuesto por la tradición patriarcal que le obliga a realizar proezas para dar sentido a su existencia.
Una mejor definición nos la da el propio Riso: "El antihéroe quiere abrazar en silencio, dormir en calma, amar intensamente, y ¿por qué no?, ser rescatado por alguna heroína valiente y atrevida, de esas que no están en los cuentos".
No obstante, Cabrera considera que este es un proceso lento pues si bien ha habido un cambio de mentalidad, se siguen repitiendo viejos patrones de conducta. "Tanto hombres como mujeres seguimos con resabios de machismo", dijo.