Más de veinte académicos de prestigiosas universidades estadounidenses decidieron abordar las enseñanzas filosóficas de la serie televisiva House, M. D. (Doctor House) desde todos los ángulos imaginables.
En el 2009, la Editorial Selector, de México, publicó una traducción española de La filosofía de House , de William Irvin y Henry Jacoby.
David Shore creó la serie protagonizada con mucho carisma por el británico Hugh Laurie en el rol de un médico malhumorado y genial, acompañado por su equipo del Hospital Princeton Plains-Boro.
Doctor House se ha desmarcado de otras producciones sobre temas similares y ha cosechado un público fiel. Diagnosticador experto, carente de buenos modales y a veces hasta de sentimientos, el médico House parece en general más preocupado por identificar correctamente las enfermedades que por curar pacientes.
Indagar sus motivaciones profundas resulta un enigma fascinante si consideran diálogos como el del doctor Wilson, amigo de House, con una paciente: Rebecca [paciente]: “¿Es House un buen hombre?”. Wilson: “Es un buen médico”. Rebecca: “¿Se puede ser lo uno sin lo otro? ¿No debe importarle la gente?”. Wilson: “El que le importe es una buena motivación. Él ha encontrado otra cosa”.
Gusanos. Quienes han buscado encontrar esa “otra cosa” son los responsables de La filosofía de House , William Irwin y Henry Jacoby. Irwin es profesor de filosofía en el King’s College (Pensilvania) y coeditor de otros textos sobre series de televisión, como La filosofía de los Simpson. Por su parte, Jacoby enseña la misma asignatura en la East Carolina University de Greenville, Carolina del Norte.
En el libro se nota la mano de algún sabio corrector de estilo, quien logró moderar la pasión por el lenguaje difuso propia de los filósofos y convertirlo en algo casi para todo público –o por lo menos para el mismo público de House–.
Eso ocurre al punto de que capítulos del libro atribuidos a autores diferentes, ofrecen una escritura que avanza de modo muy similar, con frases cortas y la evocación de llamativas y hasta chocantes escenas como objeto de comentario.
La apelación a lo grotesco es una de las constantes de la serie, tal como ha señalado el argentino Juan José Campanella, que dirigió varios episodios.
Por ejemplo, muchos capítulos del libro tienen el mismo estilo del firmado por Heather Battaly y Amy Coplan y referido al episodio “Distracciones”. En este, un paciente sufrió quemaduras tan graves que parece imposible practicarle las pruebas normales para establecer un diagnóstico preciso.
Los integrantes del equipo no atinan a ubicar con exactitud el lugar de la infección (¿encéfalo?, ¿piel?), que en poco tiempo podría terminar con la vida del paciente. Por ello, House dispone la aplicación de gusanos sobre el pecho del hombre para que limpien la herida al devorar la carne muerta. Esta desagradable técnica “evita que el equipo deba esperar a que las quemaduras sanen para encontrar la fuente de infección”.
El capítulo “Para siempre” alude al episodio en el que una joven hospitalizada mata a su bebé. Como siempre, los eslabones causales son retorcidos pero posibles: la mujer sufre pelagra, lo cual explica las alucinaciones, que a su vez explican el infanticidio.
La enfermedad celiaca es el origen de la pelagra de la joven, pero también de su cáncer de estómago. Tanto el procedimiento de los gusanos como el caso de la madre infanticida dan ocasión a sesudas argumentaciones filosóficas en el libro.
Otro Holmes. Un capítulo del libro que tampoco tiene desperdicio es el de Jerold J. Abrams, “La lógica de las conjeturas en Sherlock Holmes y House”. Allí se señalan múltiples puntos de contacto entre los dos personajes: “Como sospechosos de una novela policiaca, House considera farsantes y mentirosos a sus pacientes; y así mismo considera Holmes a sus clientes. Por ello, House allana sus casas, roba sus pertenencias, hurga en sus cajones...: todo para reunir pistas”.
En un similar juego de correspondencias, House cuenta con la ayuda y el contrapunto dialéctico de un equipo de jóvenes médicos: “Son los Watson de House: Cameron, Foreman y Chase, cada uno con diferente especialidad”. Si bien La filosofía de House incluye reflexiones basadas en el material de las tres primeras temporadas, esa suerte de “Watson colectivo” perdura en las posteriores.
El paralelo entre House y Holmes se prolonga en sus respectivas adicciones –el uso de la Vicodina por parte de House, y de la cocaína por parte de Holmes–, y en el hecho de que ambos personajes tocan instrumentos musicales: House el piano, y Holmes el violín.
Falso, verdadero. Debe decirse que casi tres cuartas partes del libro se dedican a cuestiones morales. Jennifer McMahon se ocupa de House y Sartre, David Goldblatt de “Una perspectiva nietzscheana”, Jeffrey Ruff y Jeremy Barris aproximan a House al budismo zen y Melanie Frappier lo compara con Sócrates mientras Peter Vernezze se pregunta: “¿Hay un taoísta en el doctor House?”.
Hasta la ética feminista es puesta en juego en el capítulo escrito por Renée Kyle, quien analiza el personaje de Allison Cameron.
Sólo la segunda sección del libro aborda un poco más, y no tanto como correspondería, las cuestiones doctrinales y de metodología de la ciencia que suelen plantear con exuberancia los episodios de la serie. En realidad, todas las temporadas de la serie conocidas ilustran con lujo de detalles la concepción del filósofo austriaco Karl Popper sobre la labor científica.
Las temporadas ilustran tal concepción pues aluden a cada paso a la noción de “falsabilidad”, de Popper, tan célebre como mal comprendida. También la aluden cuando demuelen el mito del sabio aislado en su gabinete –sin que ello impida que Gregory House sea un “solitario” en otro sentido, pero no a la hora de discutir sus conjeturas con su equipo–.
La “objetividad” de la ciencia no depende de cada científico, quien, en tanto individuo, posee los defectos de cualquiera, sino del trabajo de competencia permanente dentro de la comunidad científica.
Aquello se comprende mejor por esta nota de Battaly y Coplan: “House por lo general diagnostica mal a sus pacientes varias veces antes de descubrir el verdadero problema, de modo que termina con más opiniones falsas que verdaderas; pero finalmente es confiable pues logra opiniones verdaderas en forma de diagnósticos correctos acerca de una enfermedad”.
En cualquier caso, en La filosofía de House , los fanáticos de la serie encontrarán un material que los dejará plenamente satisfechos porque reflexiona sobre Gregory House como si fuera una persona real. Incluso, muchos seguidores confiesan que les es imposible percibir a Hugh Laurie como alguien diferente del doctor House.
Cuando, en el programa de James Lipton, Inside the Actor’s Studio, preguntaron a Laurie si había aprendido algo de medicina al tener que memorizar tantas líneas de conceptos científicos, la respuesta del actor fue que tenía el cerebro de un pececillo y olvidaba todo a los pocos minutos.
Esas declaraciones desconcertantes fueron desmentidas por el resto de la extensa entrevista. El humor y la feroz distancia analítica de Laurie parecen nutrir de credibilidad a su personaje: es que todos mienten, incluido Hugh Laurie.